La crueldad infantojuvenil hacia animales: cosas de niños?

Escrito por Nuria Querol i Viñas. Publicado en Violencia infantil-juvenil.

Cada vez que no tomamos en consideración el maltrato a los animales, somos partícipes de una actitud moralmente injusta (Solot, 1997) y "perdemos una oportunidad de identificar un comportamiento que podría ser un precursor de violencia contra los humanos" (Merz-Perez et al.,2001, p. 571).

 

Núria Querol i Viñas
American Society of Criminology
International Society for the Study of Personality Disorders
Academy of Behavioral Profiling

 

 

La delincuencia violenta:tipologías, prevención y tratamiento. Universitat de Barcelona. Julio 2006

La crueldad infantojuvenil hacia animales: ¿cosas de niños?


Revisión histórica. Revisión bibliográfica. Prevalencia. Relación con trastorno de conducta y personalidad antisocial. Relación con agresiones sexuales. Estudios en población penitenciaria. Exposición a crueldad. Background. Factores etiológicos: motivaciones, maltrato infantil, teorías. Prevención y tratamiento. Conclusiones.


“Los asesinos...muy a menudo son niños que nunca aprendieron que está mal sacarle los ojos a un cachorro”
Robert K. Ressler en “El que lucha con monstruos”


"Un animal no puede defenderse; si tú estás disfrutando con el dolor, disfrutando con la tortura, te gusta ver cómo está sufriendo ese animal... entonces no eres un ser humano, eres un monstruo."
José Saramago, Premio Nobel de Literatura 1998



“La verdadera bondad del hombre sólo puede manifestarse con absoluta pureza y libertad en relación con quien no representa fuerza alguna. La verdadera prueba de la moralidad de la humanidad, la más profunda, tal que escapa a nuestra percepción, radica en su relación con aquéllos que están a su merced: los animales”
Milan Kundera en “La insoportable levedad del ser”



Agradecimientos: Quisiera expresar mi más profundo agradecimiento a los Dres. Ascione, Bekoff, Cuquerella y Heide por su desinteresado y constante apoyo, y por ser un ejemplo constante de que la excelencia científica no va reñida con la generosidad.



LA CRUELDAD INFANTOJUVENIL HACIA LOS ANIMALES: ¿COSAS DE NIÑOS?

BREVE REVISIÓN HISTÓRICA


El interés por el estudio de la crueldad hacia los animales no es un fenómeno propio de la actualidad sino que ha despertado la preocupación desde hace siglos, en algunos casos como expresión de una condena moral al maltrato hacia un ser sientiente (Dawkins, 1980;Bekoff, 2003, 2004; Singer, 1999; Lafora, 2004;Regan, 2006) y en otros por el temor a una extensión del comportamiento violento hacia la especie humana. Santo Tomás de Aquino, si bien no tenía una preocupación hacia el sufrimiento de los animales per se, recomendaba la condena social al maltrato animal ya que según él "siendo crueles hacia los animales, uno se acaba volviendo cruel hacia los seres humanos". En el siglo XVII, el filósofo John Locke escribía "el acostumbrarse a atormentar y matar a bestias, endurecerá gradualmente las mentes hacia los hombres; y aquéllos que se complazcan en el sufrimiento y la destrucción de criaturas inferiores, no serán aptos para ser compasivos o benevolentes hacia aquéllos de su propia clase" (1693, Sec.166)

Resulta particularmente interesante la serie de grabados del artista británico William Hogarth (1697-1764) titulada "Los Estadios de la Crueldad" (Shesgreen 1973). La prolífica y detallada representación de diferentes actos de tortura hacia animales, que finaliza en un asesinato (la novia del protagonista de los grabados, Tom Nero), es una sugerente conexión que establece Hogarth entre el maltrato a los animales y otros factores sociales con su futura relación con el mundo.

Los novelistas y escritores también han reflejado la conexión entre la violencia hacia los animales y los humanos, siendo algunos ejemplos bien conocidos por el gran público: "El gato negro" (Poe, 1843), "El gran Santini" (Pat Conroy, 1976), "El señor de las moscas" (William Golding, 1959), "Las Crónicas de Narnia" (C.S. Lewis) y "Sacrifice" (Andrew Vachss, 1991).

Desde el punto de vista de la comunidad científica, Mead (1964) afirmaba que la crueldad hacia los animales era un síntoma de una personalidad violenta y que sin un diagnóstico a tiempo podría conducir a “una larga carrera de violencia episódica y asesinato” (p.22). Las primeras investigaciones sobre la relación entre la crueldad hacia los animales y los humanos, tuvieron lugar hace 40 años. Estos estudios concluyeron que existía dicha relación de grado mediante el análisis de población penitenciaria (Hellman & Blackman, 1966; Felthous & Yudowitz, 1977; Kellert & Felthous, 1985; Merz-Perez, Heide, & Silverman, 2001; Merz-Perez & Heide, 2003; Ressler, Burgess, Hartman, Douglas,& McCormack, 1998).

Arluke and Lockwood (1997),destacaban la creciente sensibilización de la sociedad hacia otras formas de violencia menos conocidas, expresando la necesidad de ampliar los estudios sobre el particular. Según Bryant, (1979), la violación de las normas relativas al trato humanitario de los animales "seguramente constituyen los actos más ubícuos de entre los actos de desviación social " (p. 412). Los animales son, a menudo, uno de los sectores más desprotegidos y más susceptibles de ser víctimas disponibles e indefensas, con escasa capacidad de respuesta, lo que, al igual que a otro tipo de víctimas, les hace especialmente vulnerables (Berkowitz, 1996; Urra, 1997; Echeburúa, 2004). Los crímenes hacia los animales son contemplados como incidentes aislados (Flynn, 2000). En ocasiones,la aparición en los medios de algunos casos especialmente sobrecogedores de crueldad hacia los animales unido a la mayor sensibilidad de la sociedad en general, han conducido a la demanda de leyes más estrictas, sobre todo la consideración del maltrato a los animales domésticos como un delito en vez de una falta. En España, a pesar de ser un país no especialmente respetuoso con el trato a los animales (Lafora, 2004), entró en vigor la modificación de artículo 337 del Código Penal en octubre del 2004 en respuesta a una espectacular campaña, liderada por la Fundación Altarriba, después de conocerse la tortura a 15 perros en una protectora de Reus (Tarragona). Ocho Estados en EEUU autorizan expresamente en sus estatutos relativos a la crueldad hacia animales, las evaluaciones psicológicas, o el tratamiento psiquiátrico. En California se exige la evaluación psicológica si se pide la libertad condicional después de una condena por abuso a animales (Loar, 2000). En Colorado se exige evaluación psicológica a partir de la segunda ofensa, y en Virginia Occidental después de la segunda ofensa. De todos modos y, según un informe reciente elaborado por la Animal League Defense Fund, sólo hay leyes que puedan considerarse excelentes en California, Illinois, Maine, Michigan y Oregon (ALDF,2006). En España aún no existen recomendaciones relativas a una evaluación psicológica de un maltratador de animales ni una infraestructura específica (a excepción del SEPRONA) que permita educar a la población ni intervenir cuando sea necesario, en contraste con los cuerpos de inspectores humanitarios de otros países (RSPCA, SPCA, ASPCA,etc.), lo cual contraviene uno de los principios de la efectividad de las leyes: la certeza de la pena ( Redondo, 2006 y otros). En este sentido, destaca la reciente encuesta elaborada por la empresa Ikerfel en que el 84 por ciento de los españoles españoles encuestados cree que no se castiga el maltrato a los animales.

No obstante, las dificultades para hacer efectivas las leyes no son, ni mucho menos, exclusivas de España (Iburg, 2000; Animal Legal Defense Fund, 2006).

Sin embargo, según apunta Hensley (Hensley & Tallichet,2005) no todos los sociólogos y criminólogos han logrado entender completamente la importancia del maltrato a los animales, tanto empíricamente como teóricamente (Agnew, 1998; Beirne, 1995, 1996, 1999). Beirne (1995), por ejemplo, afirma que "muchos no ven que haya objeto de estudio del abuso físico y psicológico a animales" (p. 22). Ascione (2001), uno de los más reputados expertos considera que el maltrato a los animales es “una forma significativa de comportamiento agresivo y antisocial que podría añadir una pieza más al puzzle del conocimiento y la prevención de la violencia juvenil" (p. 11). Además, como Lockwood y Ascione (1998) apuntaron, los actos de crueldad hacia animales son considerados como crímenes menores (Flynn 2000), limitando la cantidad de información sobre la naturaleza, extensión y dinámica de la crueldad hacia los animales. Todas estas consideraciones sugieren que la crueldad hacia los animales constituye un fenómeno complejo que requiere una investigación más pormenorizada. Se necesitan más estudios que permitan identificar las características del perpetrador y las circunstancias que rodean el acto de crueldad. ¿La exposición a crueldad hacia animales conduce a la comisión de actos futuros violentos hacia animales? Si así es, ¿depende de la edad de la persona testigo de la crueldad y la relación con el maltratador? En otras palabras, ¿qué condiciones están asociadas con el aprendizaje y la posterior comisión de actos de violencia contra animales?

REVISIÓN BIBLIOGRÁFICA

Debido al reconocimiento de la crueldad hacia los animales como un paso potencialmente previo a la comisión de actos violentos hacia humanos, tanto los clínicos como los investigadores han procurado definir este fenómeno.

Los clínicos incluyeron la crueldad hacia los animales como uno de los síntomas del trastorno de conducta (conduct disorder) por la American Psychiatric Association en su edición del 1987del Diagnostic Statistical and Manual of Mental Disorders III–R. La crueldad hacia los animales se considera, además, un criterio diagnóstico (aunque no exclusivo) fiable (Spitzer, Davies & Barkley, 1990). En la versión posterior del DSM-IV (1994), un trastorno de conducta era definido como un "patrón repetitivo y persistente de comportamiento en que los derechos básicos de los otros o las normas sociales son violadas" (p. 85) con la presencia de 3 (o más) criterios durante los 12 últimos meses con uno al menos durante los últimos 6 meses. De los 15 criterios, sólo el A5 está relacionado con la crueldad hacia los animales y no ofrece una definición amplia de lo que se considera crueldad, lo cual supone uno de los obstáculos en el estudio de este tema (Cuquerella,Querol,Ascione, Subirana, 2003 y otros).

Los investigadores empezaron desde entonces a perfilar una definición y una manera de medirla: "representa un comportamiento objetivable y definible que acontece en un contexto social igualmente definible" (Lockwood & Ascione, 1998, p. 443). En una encuesta elaborada por Ascione, Thompson, y Black (1997), la crueldad hacia los animales se medía en términos de frecuencia y severidad. Guymer, Mellor, Luk, and Pearse (2001) desarrollaron el primer instrumento de screening para identificar específicamente la crueldad hacia los animales usando la definición de Ascione (1993) de crueldad hacia los animales " comportamiento socialmente inaceptable que causa de manera intencional un sufrimiento, dolor o distrés inecesario y/o la muerte del animal"(p. 228) No se incluyen, por tanto, y aunque causen sufrimiento innecesario a los animales, comportamientos más socialmente aceptados como la caza legal, la ganadería intensiva, la cría de animales por su piel, la experimentación con animales, espectáculos con animales (corridas de toros, rodeo, circo, zoos...). La definición de crueldad hacia los animales también debería incluir, según varios autores, los actos de maltrato por negligencia cuando existe una intencionalidad de causar daño (Ascione, 1993, p. 228; Vermeulen & Odendaal, 1993, p. 249), diferenciándolo, por tanto, del "hoarding" o Síndrome de Diógenes con animales (Patronek, 1999; Fundación Altarriba 2006). Existe además una diferenciación a tener en cuenta según se trate de animales invertebrados, vertebrados de sangre fría y vertebrados de sangre caliente (Ascione, Thompson & Black, 1997).

Guymer et al. (2001) desarrollaron un instrumento que comprende nueve dimensiones de la crueldad hacia los animales: severidad, frecuencia, duración, ubicación temporal, diversidad de animales, intención de causar daño, encubrimiento del acto, comisión en grupo o aislamiento, y empatía.

PREVALENCIA

Hay pocos estudios hasta la fecha que hayan examinado la prevalencia de crueldad infantil hacia animales. En uno de sus primeros trabajos, Tapia (1971) describió las historias de niños entre 5 y 15 años derivados para evaluación. Su análisis encontró que los niños participaban en varias formas de maltrato a animales y que seis años más tarde, el 62% continuaba exhibiendo este comportamiento (Ringdon & Tapia, 1977). En otro estudio, se midió la cifra de crueldad hacia animales en una muestra de niños de clínicas de salud mental y una muestra no clínica (Achenbach & Edelbrock, 1981) así como informes maternos a través de la Child Behavior Checklist (CBCL). La muestra clínica presentaba cifras de 10-25% comparadas con el 5% de la muestra no clínica. Las investigaciones con menores (14-18 años) en régimen penitenciario revelaron cifras del 14 al 22% (Ascione, 1993). Un estudio comparó las cifras y las características de la crueldad hacia animales en una muestra clínica y una no-clínica (comunitaria) (Luk et al, 1999): la crueldad estaba presente en casi un tercio de la muestra clínica y en un 1% en la comunitaria. Los investigadores vieron también que los niños presentaban cifras más altas que las niñas, y que los niños crueles tendían a presentar, en mayor frecuencia y severidad, síntomas de trastorno de conducta, pobre dinámica familiar y percepciones elevadas de sí mismos. Se sugiere la hipótesis de una asociación entre esta elevada autopercepción y crueldad hacia animales con la presentación de rasgos psicopáticos en la vida adulta (Frick, O’Brien, Wooton & Mc Burnett, 1994).

Las experiencias infantiles de crueldad hacia animales no están limitadas a muestras de delincuentes juveniles sino que se ha detectado en otros tipos de muestra. En un estudio en adolescentes, casi el 50% explicaba haber experimentado crueldad hacia animales (Flynn, 2000). La mitas de éllos habían sido testigos y un 20% lo habían cometido. Los tipos de crueldad más frecuente eran la muerte de animales abandonados y la tortura. Los individuos que fueron testigos, mayoritariamente relataban un acto, mientras que los perpetradores explicaban más de uno.

TRASTORNO DE CONDUCTA

Este trastorno se caracteriza por patrones persistentes de ruptura de normas sociales asociados a daño físico a otras personas, propiedades, robo, y serias violaciones de las normas (DSM-IV, 1994). El trastorno de conducta es más prevalente en los últimos años (APA, 1994). Aproximadamente un 2-9% de los niños en EEUU son diagnosticados de este trastorno (Mc Mahon & Estes, 1997). Las cifras suelen ser más elevadas en niños que en niñas. Los síntomas se presentan típicamente en la niñez tardía hasta la adolescencia y pueden continuar hasta la vida adulta. De los niños diagnosticados de trastorno de conducta, el 25 % han sido, o son en el presente, crueles hacia los animales (Arluke et a. 1999).

En el meta-análisis de Frick et al. (1993), la crueldad hacia los animales se consideró uno de los síntomas más precoces (a la edad de 6.75 años). Es interesante destacar la importancia de este hecho ya que un inicio temprano de los síntomas suele ir asociado a una pobre prognosis del trastorno de conducta (APA, 1994). Los niños que cometen actos de crueldad hacia animales es más probable que tengan problemas de conducta más severos que los que presentan otros síntomas (Luk, Staiger, Wongg & Mathai, 1999). Los niños con trastorno de conducta presentan mayores cifras de crueldad hacia animales que otros grupos (Achenbach, Howell, Quay & Conners, 1991).

TRASTORNOS DE PERSONALIDAD

Gleyzer, Felthous, y Holzer (2002) hallaron en sus investigaciones una relación entre el trastorno anti-social de la personalidad y tener antecedentes de crueldad hacia animales, por lo que recomendaron a los clínicos la consideración del estudio de la frecuencia, motivaciones, tipos de animales maltratados y naturaleza del maltrato.

AGRESIONES SEXUALES

En una muestra de violadores varones y pedófilos se encontraron mayores cifras de crueldad infantil hacia animales: 48% en violadores y 30% en pedófilos comparados con una muestra si antecedentes violentos (Tingle, Barnard, Robbins, Newman & Hutchinson, 1986). Ascione concluye que se encontraron antecedentes de crueldad con animales en exhibicionistas (30%), acosadores sexuales (36%), acosadores sexuales encarcelados (46%), violadores convictos (48%) y asesinos adultos (58%) (Ascione, 1993)

Un estudio muy conocido, en este caso en una muestra de 36 asesinos y agresores sexuales (Ressler et al. 1998), concluyó que el 36% habían cometido actos de crueldad hacia los animales en la infancia, el 46% había sido cruel durante la adolescencia y el 36% persistía en la conducta en la edad adulta.

En una muestra de jóvenes víctimas de abusos sexuales que presentaban enfermedad mental grave, se observaron mayores cifras de comportamiento sexual inadecuado, abuso de sustancias, reacciones post-traumáticas, síntomas disociativos y crueldad hacia animales ( McClellan J, Adams J, Douglas D, McCurry C, Storck M., 1995)

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ESTUDIOS EN MUESTRAS PENITENCIARIAS

Numeros estudios se han servido de muestras de población penitenciaria para analizar la relación potencial entre actos de crueldad hacia animales y violencia hacia humanos (Felthous & Yudowitz, 1977; Hellman & Blackman, 1966; Kellert & Felthous, 1985; Merz-Perez & Heide, 2003; Merz-Perez et al., 2001; Miller & Knutson, 1997; Rada, 1975; Ressler et al., 1998; Schiff, Louw,& Ascione, 1999; Cuquerella, Querol, Ascione & Subirana, 2003 ).

Desafortunadamente, los recientes estudios apuntan a las limitaciones que predecían ya Kellert & Felthous, (1985) de estudios que han utilizado muestras pequeñas, han considerado indirectamente el fenómeno de la crueldad hacia los animales o bien adolecen de algunas deficiencias metodológicas como el uso de parrillas en vez de entrevistas personales (p. 197)

Merz-Perez y Heide (2003) afirman que la crueldad hacia los animales por sí misma es una expresión compleja de violencia y que su investigación requiere rigor metodológico y claridad conceptual. De manera más específica, Arluke y Lockwood (1997) apuntan que las investigaciones futuras deberían enfocarse al estudio demográfico del maltratador y la frecuencia del maltrato.

Hasta la fecha, sólo unos pocos estudios han examinado la crueldad hacia los animales como un comportamiento recurrente (Kellert & Felthous, 1985; Miller & Knutson, 1997; Merz-Perez & Heide, 2003; Merz-Perez et al., 2001), han estudiado los efectos de la exposición a maltrato a animales y posterior comisión de actos violentos (Miller & Knutson, 1997; Merz-Perez & Heide, 2003; Merz-Perez et al., 2001) y la edad en que empieza la crueldad hacia los animales.

Kellert and Felthous (1985) fueron los primeros investigadores que proporcionaron una investigación en profundidad sobre el contexto y la dinámica que subyacen en los actos de crueldad hacia animales. Entrevistaron a 102 criminales (32 con comportamiento agresivo, 18 moderadamente agresivo, y 52 no agresivos) y a 50 no-criminales en Kansas y Connecticut sobre su comportamiento antisocial, su pasado, su entorno, su relación con los animales (incluyendo 16 tipos específicos de crueldad hacia éllos). Los participantes explicaron un total de 373 actos de crueldad hacia animales; un 60% de los cuáles participaron en al menos uno. Los investigadores descubrieron más tarde que el 25% de los criminales violentos cometieron cinco o más actos de crueldad hacia los animales comparado con el 6% de los criminales moderados o no agresivos y ninguno de los no criminales.

Análisis estadísticos revelan una asociación significativa entre la frecuencia de crueldad hacia los animales en la infancia y el posterior comportamiento agresivo hacia humanos. Merz-Perez y Heide (2003) destacan que la frecuencia indica un patrón en la escalada violenta en forma de crueldad hacia animales.

EXPOSICIÓN A CRUELDAD

Referente a la exposición a crueldad hacia animales, Miller y Knutson (1997) entrevistaron a 314 presos (84% hombres) en el Iowa Medical and Classification Center que habían cometido delitos y encontraron que el 66% habían herido o matado animales o bien habían sido testigos de alguien que lo había hecho. Los entrevistados respondieron a preguntas tales como " quién estaba involucrado, qué animales fueron maltratados, qué sucedió, el número de incidentes, y si hubo consecuencias" (p. 71). Más del 40% de los presos habían presenciado un maltrato y más del 50% habían sido testigos de la muerte de un animal a manos de otro individuo. Aunque sólo el 16% admitió haber maltratado un animal, el 31% admitió haber matado a un animal abandonado. A pesar de que no se encontró ninguna asociación entre el haber sido testigo o haber cometido un acto de crueldad hacia animales y los cargos criminales, los investigadores elaboraron sus conclusiones con algunas reservas ya que destacaron que la tasa basal de exposición a crueldad hacia animales era muy alta (71%) para la muestra estudiada.

En la investigación de crueldad hacia animales y violencia subsecuente, Merz-Perez y Heide (2003) recopilaron información de 45 presos violentos y 45 no violentos encarceladors en Florida en una cárcel de máxima seguridad (ver también Merz-Perez et al., 2001). Su estudio usó un amplio rango de variables de crueldad hacia los animales incluyendo la frecuencia y la observación de comisión de un acto de crueldad por parte de un miembro de la familia, amigo, conocido, o extraño. Cuando examinaron la medida de frecuencia de crueldad hacia animales, su análisis apoyó la relación entre actos previos de crueldad hacia animales y actos posteriores de violencia hacia humanos. Los presos violentos explicaron haber sido testigos en un porcentaje ligeramente mayor (75) que nos no violentos(67), aunque la diferencia no es estadísticamente significativa.

Sin embargo, Merz-Perez y Heide (2003) también concluyeron en base a sus datos cualitativos que varios de los participantes violentos de la muestra habían sido testigos del mismo maltrato por parte de un amigo en repetidas ocasiones. También destacaban el hecho de que algunos de los participantes, tanto violentos como no violentos, " explicaban abuso que incluía la victimización de animales de compañía que habían sido maltratados o matados por una figura parental" (p. 123). En conclusión, urgieron sobre la necesidad de investigar los efectos de la exposición a crueldad hacia animales cometida por otros.

En un reciente estudio (Hensley C, Tallichet SE, 2005) elaborado en dos prisiones de media seguridad y en una de alta seguridad en EEUU, en una muestra de 261 individuos, se observó que los participantes que habían maltratado o matado animales de manera repetida habían sido expuesto a actos de crueldad hacia animales a una edad más temprana y con mayor frecuencia habían sido testigos de un amigo maltratando un animal ( también en Cuquerella,Querol,Ascione, Subirana, 2003). Los presos que habían sido testigos de crueldad a una edad más temprana, también comenzaban antes a perpetrar actos crueles. Este hecho implica que el inicio y la frecuencia de la crueldad hacia los animales puede haber sido fruto de la influencia por los miembros del entorno social primario. Debido a que la exposición temprana era un factor significativo en la comisión inicial y recurrente de actos crueles en dicha muestra, se hipotetiza sobre la posibilidad de que los presos hubieran sufrido un proceso de desensibilización en su infancia temprana. Los presos podrían haber sentido placer mediante la participación en múltiples actos de crueldad (Sears 1991;Holmes et al. 1998). La exposición a crueldad hacia animales así como a otras formas de violencia en edades tan tempranas y el hecho plausible de desensibilizarse a éllo los convierte potencialmente en más tendentes a cometer también actos de violencia interpersonal (Wright & Hensley, 2003).

BACKGROUND

En lo que se refiere a la historia personal, las experiencias y la edad de los maltratadores de animales, Coston y Protz (1998) sugirieron que existe una transmisión intergeneracional de violencia hacia humanos y animales describiéndolo como "una orden de actos agresivos que incluyen la ausencia de empatía, que pasa del cabeza de familia al niño a través de los animales" (pp. 154-155). Es de sobra conocido el trabajo de Robert K. Ressler y sus colegas (1998) en que examinaron diversas características del comportamiento de 36 asesinos y agresores sexuales. De los 36 hombres, 28 presentaban características comunes en la infancia, siendo una de éllas la crueldad hacia los animales. Más concretamente, el 36% habían cometido actos de crueldad hacia los animales en la infancia, el 46% había sido cruel durante la adolescencia y el 36% seguía siéndolo en la edad adulta. Una asociación que llamó la atención en dicho estudio, a pesar de que ya había sido descrita anteriormente (Mac Donald 1963, Hellman & Blackman 1966) es la conocida como tríada de Mac Donald o tríada homicida que consiste en la asociación de enuresis, piromanía y crueldad hacia animales. La capacidad de predicción de la tríada ha sido también motivo de estudio (Wax & Haddox, 1974) y ha generado algunas dudas en ciertos investigadores (Barnett and Spitzer, 1994; Lockwood and Ascione, 1998:245–246). Algunos estudios más recientes han encontrado dicha asociación en criminales ( Cuquerella,Querol,Ascione, Subirana, 2003) y especialmente entre dos ítems de la tríada: piromanía (entendida como un comportamiento vandálico) y la crueldad hacia animales (Douglas 1999; Slavkin, 2001; Ascione, 2001; Becker KD, Stuewig J, Herrera VM, McCloskey LA 2004; Dadds, 2006). Ressler (1998) apunta también a la especial asociación entre crueldad hacia los animales y los actos vandálicos y la necesidad de que haya un sistema de feedback negativo lo más temprano posible con el propósito de poner fin a estos comportamientos indeseados.

FACTORES ETIOLÓGICOS

MOTIVACIONES (auto-informes y entrevistas)

La primera clasificación de los motivos por los cuáles los niños eran crueles con los animales la proporcionó el estudio de Kellert y Felthous en una muestra de criminales y una de no criminales (Kellert & Felthous, 1985), y se identificaron nueve motivos: 1) para controlar al animal, 2) como represalia contra el animal, 3) para satisfacer prejuicios contra otras especies o razas, 4) para expresar agresión, 5) para aumentar la propia agresividad, 6) para sorprender a la gente por diversión, 7) como represalia contra otra persona, 8) como desplazamiento de la hostilidad de una persona hacia un animal, 9) sadismo no específico (Kellert & Felthous, 1985, p.1122-1124). Una de las limitaciones que presenta esta clasificación es que se basa en datos retrospectivos por lo que es difícil saber con precisión cuáles eran las motivaciones en el momento del maltrato.

Otros investigadores se han dirigido al estudio de la motivación directamente en los niños (Ascione, Thompson & Black, 1997; Boat, 1995). Se apunta la interesante posibilidad de que los padres u otros adultos puedan utilizar la educación sobre el trato respetuoso y humanitario hacia los animales para eliminar la conducta cruel (Ascione, 1999).

Una muestra de niños en situación de riesgo relataron varios motivos: intento de identificarse con el agresor, imitar el comportamiento observado, modificar el estado de ánimo (diversión), someterse a la presión de compañeros (peer pressure) o experimentar estimulación sexual (Ascione et al. 1997). Se ha observado que la comisión de actos de crueldad hacia animales es un requisito de las pruebas de admisión en algunas bandas juveniles (Ascione, 1999). Un reciente estudio describe el maltrato a animales en las fraternidades de las Universidades Americanas ligado al “peer pressure” (Hoover, 2003). El desarrollo de las nuevas tecnologías está dando lugar a nuevos enfoques en el estudio de la violencia, destacando especialmente las grabaciones de agresiones/tortura/muerte con teléfonos móviles, el posting en páginas web,etc. En los últimos tiempos, aparecen en los medios de comunicación, casos de niños/adolescentes que graban torturas a animales y las difunden a través de sus teléfonos móviles y diversos foros en internet ( En Inglaterra: adolescentes lanzando repetidas veces a un gato desde una azotea (BBC); En Sudáfrica: tres chicas y un chico torturando con fuego a un ratón comprado en una tienda y quemándolo vivo (The Mercury); En EEUU:jóvenes quemaron vivas a varias zarigüeyas y colgaron en vídeo en una página de humor (The Messenger); España: menores grababan destrozos al material urbano, palizas a perros, golpes a otros menores, y lo colgaban en su página web “El Río sin Ley”, previo montaje musical). En estos casos, la visualización del material permite conocer la dinámica que se establece entre los diferentes miembros de la pandilla, así como poder oír sus comentarios sobre los actos que están perpetrando. Desafortunadamente, en éstos y otros casos estudiados o valorados por haber sido llevados a juicio, los niños o jóvenes no sólo no han mostrado arrepentimiento por lo que estaban haciendo sino que reían y daban muestras de encontrar placer en el maltrato, emitiendo además comentarios crueles o despectivos hacia sus víctimas.

OTROS FACTORES

En ocasiones, el estudio de la crueldad infantil hacia animales ha implicado al contexto familiar y, en menor grado, los factores asociados al niño. En muestras de adultos crueles con animales, se recogen a menudo historias de abusos sexuales en la infancia (Felthous, 1980; Kellert & Felthous, 1985; Prentky & Carter, 1984; Tapia, 1971).

Los adolescentes maltratadores de animales presentan una relación parental, familiar y con compañeros más negativa que los no maltratadores (Miller & Knutson, 1997).

La crueldad hacia animales es más frecuente en hogares con episodios de violencia doméstica (Ascione, 1993; Querol, N., Cuquerella A, Ascione F., Subirana, M. 2004) y alcoholismo o abuso de otras drogas por parte de los progenitores (Felthous & Kellert, 1987). Por tanto, la detección del maltrato al animal puede ayudar también al descubrimiento de más comportamientos violentos y hacer posible una intervención más precoz (Flynn, 2000; Shapiro, 1996; Querol, N., Cuquerella A, Ascione F., Subirana, M. 2004).

Existen pocos estudios centrados en factores específicos que ayuden a explicar el desarrollo de crueldad hacia los animales en niños. Un estudio encontró niveles bajos de 5-HIAA en el LCR de una niña de 12 años que maltrataba pájaros y hámsters (Kruesi, 1989). Como es bien sabido, en el estudio del comportamiento es francamente complicado discernir entre los efectos ambientales y la contribución genética, por lo que los factores infantiles estarán siempre influídos por el contexto familiar o de su entorno.

En familias disfuncionales, los niños pueden aprender que los animales pueden ser maltratados e incluso que la conducta agresiva es aceptable hacia humanos (White & Shapiro, 1994). Algunos niños se identifican con el agresor (que puede maltratarlos a ellos o al cónyuge además de a las mascotas) y se convierten ellos mismos en agresores (Gil, 1994).

Un estudio de la New Jersey Public Child Protection Agency, revela que en el 88% de las familias donde se había maltratado a niños, también se había maltratado a animales. En el 66% de los casos el progenitor agresor había matado o herido a la mascota para inculcar disciplina al hijo (DeViney, Dickert & Lockwood,1983)

TEORÍAS SOBRE EL DESARROLLO DE CRUELDAD INFANTIL HACIA ANIMALES

Existen diversos estudios sobre el desarrollo del trastorno de conducta (Dodge, 1990; Goldstein, 1988; Lytton, 1990; Slutske et al., 1997). Lytton (1990) sugiere que los factores infantiles (genéticos, reactividad autonóma) interaccionan con los factores ambientales (control o rechazo parental) condicionando el desarrollo del trastorno de conducta. Otro modelo de interacción es el presentado por Goldstein (1988) conocido como modelo de vulnerabilidad-estrés. Según el modelo, los factores ambientales pueden predecir el inicio del trastorno estando presente una predisposición genética en el niño. Dodge (Dodge, 1990, p.701) argumenta que las teorías deberían incorporar una visión integradora de ambos factores, hecho que confirmaron Slutske y sos colegas (1997) al encontrar que los factores genéticos y los ambientales eran igualmente importantes. Su teoría apunta a que los factores de riesgo se encuentran por igual en individuos normales y subclínicos y no únicamente en los que presentan el trastorno. A pesar de estas teorías, no existe heterogeneidad en la población de niños diagnosticados de este trastorno (Frick et al., 1994) e incluso se apunta a que ciertos factores puedan estar más asociados con algunos clusters del trastorno de conducta más que con el trastorno en su conjunto (Frick et al. 1993). Algunos investigadores han combinado algunos de los factores específicos anteriores para desarrollar una teoría etiológica del maltrato a animales (Arluke & Levin, 1999; Ascione & Lockwood, 2001; Dunlap, 1989). Ascione y Arkow (1999) sugieren que la teoría ecológica sugerida por Bronfenbrenner y Marris (1997) podría explicar con más precisión cómo se desarrolla el abuso hacia animales en niños. La propia biología del niño, los factores ambientales proximales y distales específicos del trato a los animales interaccionan para desarrollar la propia conceptualización del trato a los animales por parte del niño. La teoría de Kohlberg (1984) del desarrollo del pensamiento moral en los niños fue incorporada para extender el pensamiento moral relativo a los animales en los niños (Dunlap, 1989) concluyéndose en un estudio que las habilidades para resolver dilemas morales relativos al trato a humanos y a animales se desarrollaban de manera concurrente. Este hallazgo sugiere una relación entre cómo el niño trata a los animales y a los humanos, y apoya los razonamientos de que los crímenes inter-personales pueden tener su raíz en el maltrato a animales. Numerosas teorías sugieren que el maltrato a los animales se desarrolla desde un contexto familiar violento y del hecho de ser testigo de actos violentos. La teoría del desarrollo de aprendido del comportamiento anti-social de Patterson, De Baryshe & Ramsey’s (1989) sugiere que el comportamiento infantil de estos niños vendría modelado por patrones parentales punitivos, la ausencia de habilidades sociales y la falta de apego (Hoffman, 1993; McCord, 1991; Schurman-Kauflin, 2000, pp. 119-124). Los niños podrían emplear estos patrones punitivos y aversivos para controlar a sus animales.

Muchos niños que son testigos de maltrato a animales por parte de una figura parental acaban desarrollando también este comportamiento (Ascione, 1998; Boat, 1995). La crueldad parental proporciona un modelo de comportamiento inapropiado hacia los animales por parte de los niños. Existen ejemplos de asesinos en serie que podrían haber sufrido este proceso, como es el caso de Henry Lee Lucas quien a la edad de 10 años fue testigo como el novio de su madre puñalaba a una ternera y abusaba sexualmente de ésta mientras estaba agonizando. A los 13 años empezó a capturar pequeños animales y desollarlos aún con vida por diversión. Sus primeras experiencias sexuales consistieron en la captura de animales y la realización de rituales sexuales que incluían la tortura y la muerte (Merz-Perez et al. 2001). Su escalada violenta progresó durante 30 años en los que apuñaló, mutiló y asesinó a mujeres, siendo considerado uno de los asesinos en serie más notorios de la Historia de la criminología (Wright & Hensley, 2003). Otro depredador sexual, Keith Hunter Jesperson, relata entre sus primeras experiencias la tortura y muerte de animales y cómo su padre le exhortaba a éllo. En unas declaraciones desde la Oregon State Penitentiary explicaba el placer que le producía ver el miedo en los animales mientras los torturaba y cómo llegó un punto en que matar no significaba nada, empezando sus fantasías de experimentar con seres humanos. Existen datos similares en otras biografías de asesinos en serie que torturaban animales en su infancia, siendo algunos de los más conocidos: Jeffrey Lionel Damher, Arthur Shawcross, Ted Bundy, Edmund Emil Kemper III, Carroll Edward Cole, Albert de Salvo, Peter Kurten, Richard Trenton Chase, David Berkowitz, Patrick Sherrill, etc. (Wright, J., & Hensley, C. , 2003; Querol, N., Cuquerella A., Ascione F., Subirana, M., 2002; Ressler, 1998). De entre los asesinos de masas y “school shooters” son también estudiados los antecedentes de crueldad hacia animales en los casos de Eric Harris y Dylan Klebold, Kip Kinkel, Mitchell Johnson y Andrew Golden, Michael Carneal, Luke Woodham, Brenda Spencer, Lee Boyd Malvo, entre otros. Resulta especialmente estremecedor el caso de Woodham, quien reconoció en su diario haber desmembrado vivos a ranas y gatos y haber golpeado, quemado y torturado a su perro Sparkle hasta la muerte, describiendo el acto como “pura belleza” (Ascione, 2005;Querol, N., Cuquerella A., Ascione F., Subirana, M., 2002). Huelga decir que en el estudio de las biografías de asesinos en serie y de masas, no es únicamente la crueldad hacia los animales uno de los eventos destacados sino que existen en numerosas ocasiones varios factores de vulnerabilidad implicados que juegan un papel relevante en su psicogénesis (Hickey, 1991;Ressler, 1998, Cuquerella A. 2004; Querol, N., Cuquerella A., Ascione F., Subirana, M., 2002 y otros)

Felthous (1980) elaboró una conceptualización psicoanalítica para explicar el impacto del maltrato parental en el niño y la subsecuente crueldad de éste hacia los animales. El niño proyectaría su agresividad hacia su agresor a través del animal. “Una figura parental abusiva se convierte en objeto agresivo de identificación y un modelo de aprendizaje del comportamiento agresivo” (Felthous, 1980, p.175). En uno de los casos ilustrativos, después de que un niño fuera golpeado por su madre, se escondió en el porche con su gato y lo estranguló hasta a muerte. Otros investigadores también han encontrado datos que apoyan el fenómeno del desplazamiento de la hostilidad a un animal en un entorno hostil (Boat, 1995; Schowalter, 1983). Otra teoría postulada es que existe algun factor en contexto familiar que elimina el desarrollo de la empatía. De este modo, una exposición a la violencia que conduzca a la interferencia en el desarrollo de la empatía en el niño, podría predecir un comportamiento cruel hacia animales. La empatía y la autoestima se consideran factores protectores con asociaciones negativas con la conducta antisocial, que mediarían además los efectos de la impulsividad, el psicoticismo y la búsqueda de sensaciones (Baron & Kenny, 1986;Romero et al., 1999b; Sobral, J., Romero, E., Luengo, A., Marzoa, J., 2000). Flynn (1999) encontró que adolescentes que maltrataban animales tenían más probabilidad de maltratar a sus parejas y a ejercer castigos corporales a sus hijos. Sugirió que la comisión de actos de crueldad hacia animales en la infancia podría haber conducido a la ausencia de empatía y las actitudes subsecuentes respecto al trato hacia niños o su cónyuge. De todos modos, cabe la posibilidad de que la falta de empatía hubiera estado ya presente antes del comportamiento cruel hacia animales. Para una compresión más completa e integradora del fenómeno, es por tanto esencial recopilar el máximo de información sobre las motivaciones, la actitud ante los animales, el ambiente familiar y una historia previa de violencia ( Haden, S.& Scarpa, A., 2005).

PREVENCIÓN Y TRATAMIENTO DE LA CRUELDAD INFANTIL HACIA ANIMALES

Existen algunos programas de prevención e intervención para niños y adultos que han cometido actos de crueldad hacia animales. AniCare Child es una intervención cognitivo-conductual basado en las técnicas utilizadas para el tratamiento de maltratadores de pareja. AniCare Child es el primer tratamiento que se centra en el comportamiento juvenil cruel hacia animales e incorpora fundamentos teóricos del attachment y elementos psicodinámicos. Se enseña a los niños a conectar con los animales y a expresar adecuadamente sus emociones. Se describen también intervenciones correctivas. En general, el niño aprendre a darse cuenta de sus emociones y a ser responsable de su comportamiento. AniCare Child es único también en el sentido que puede tratar a niños que han sido testigos de crueldad, aunque desafortunadamente los estudios de validación de su eficacia están aún en progreso.

La mayor cantidad de conocimiento sobre el tratamiento de los niños/adolescentes crueles con animales proviene del uso de animales en los programas y la enseñanza del trato humanitario hacia éllos. La educación humanitaria ayuda al desarrollo de la comprensión del niño y de sus actitudes hacia los animales (Ascione, 1999). Ascione (1992) encontró que este tipo de tratamiento estaba relacionado con un aumento de las tendencias empáticas en una muestra de niños en bajo riesgo. La eficacia del tratamiento está pendiente de ser evaluada en una muestra clínica.

Otros programas diseñados para niños con un historial de agresión y su trato hacia los animales son: The People and Animals Learning (PAL) program (De Grave, 1999) y el Green Chimney’s (Ross, Jr., 1999). El PAL consiste en tres semanas de tratamiento para niños en riesgo de 10 a 13 años. Aunque no se diseñó específicamente como un programa de intervención para niños crueles con animales, se les enseña responsabilidad, respeto por éllos mismos y los otros, y aprenden la importancia de ser amables y respetuosos hacia los animales.

El Green Chimney’s es un programa de eficacia evaluada (Ascione et al., 2000) de un año de duración en una granja-escuela diseñado para niños agresivos. A los niños que han sido crueles hacia los animales, se les enseña a tratarlos de manera humanitaria y aprenden a describir sus sentimientos mientras trabajan con los animales, hablan sobre su ira y van construyendo rasgos empáticos.

En España se están desarrollando diversos programas de educación humanitaria tanto para tratar directamente con los niños como para formar a profesores que a su vez lo implementarán en las aulas. Especialmente destacable resulta el programa aplicado en por PRODA en el Instituto de Educación Secundaria S.Vte Ferrer de Godella (Pais Valencià) ya que además alberga jóvenes de 14 a 17 años con medidas judiciales de internamiento. Los psicólogos del centro habían referido que los alumnos presentaban escasas habilidades sociales, retraso escolar, pobre autocontrol y escasa capacidad de concentración. Después de la evaluación a través de cuestionarios y entrevistas, se observó un aumento de las posturas solidarias, aumento de la capacidad empática, especial identificación con los animales abandonados, rechazo hacia las escenas de maltrato a animales (contrastando con la tolerancia mostrada en las primeras sesiones). Los educadores refirieron menor frecuencia y duración de agresiones entre el alumnado, y menor nivel de activación. En estos momentos el programa está pendiente de ser implementado y evaluado en otras regiones de España (PRODA 2002-2003).

CONCLUSIONES

En resumen, podemos concluir que las investigaciones sobre la crueldad hacia los animales son aún insuficientes para comprender la dimensión del fenómeno (Hensley C, Tallichet SE, 2005), hecho que podría atribuirse, entre otros aspectos a que el fenómeno se produzca en una especie distinta a la nuestra (Beirne, 1996).

La investigación de los factores relacionados con el comienzo y la frecuencia de la crueldad hacia los animales constituye una oportunidad de explorar y desentrañar sus influencias y sugerir posibles soluciones y estrategias preventivas. El trabajo de Ascione sugiere además que el ser testigo de actos de crueldad puede empezar a erosionar el desarrollo emocional y moral del niño (Merz-Perez & Heide, 2003), con lo que la intervención temprana sería asimismo esencial para evitar dicho proceso.

La inclusión de la crueldad hacia animales como ítem diagnóstico en el trastorno de conducta (DSM-III y IV) sugiere la posibilidad de ser un factor crítico en la conceptualización de los problemas del niño y un posible predictor de comportamiento criminal violento (Flynn, 1999). La exposición a crueldad hacia animales es más elevada en muestras clínicas y está relacionada con contextos familiares negativos

(Duncan & Miller, 2002), síntomas más severos de trastorno de conducta (Luk et al., 1999), y posiblemente, violencia interpersonal en la edad adulta (por ejemplo, Merz-Perez et al., 2001; Miller 2001).

Todas estas consideraciones llevan a la conclusión lógica de la necesidad del trabajo integrado de diversos colectivos (padres, educadores, maestros, asociaciones de protección animal, trabajadores sociales (Zilney 2001), veterinarios (Landau 1999, Green & Gullone, 2005), pediatras (Muscari 2001), agentes de la autoridad, magistrados y abogados (Davidson, 1998) etc., junto con el desarrollo de líneas de investigación por parte de sociólogos, criminólogos y psicólogos para proporcionar unas bases teóricas para comprender cómo se produce el inicio del maltrato infantojuvenil a los animales (Agnew, 1998) e iniciar una intervención adecuada (Lewchanin, S. & Zimmerman, E., 2000; Shapiro, K., 2005).

Cada vez que no tomamos en consideración el maltrato a los animales, somos partícipes de una actitud moralmente injusta (Solot, 1997) y "perdemos una oportunidad de identificar un comportamiento que podría ser un precursor de violencia contra los humanos" (Merz-Perez et al.,2001, p. 571).

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