Lázaro Covadlo- Escuela de crueldad

Escrito por Nuria Querol i Viñas. Publicado en Violencia infantil-juvenil.

lazaro Pocas imágenes son tan reconfortantes como la de un niño que juega con su mascota, pero no siempre es así.






EL MUNDO - Catalunya
7/6/2002

LA ULTIMA
Escuela de crueldad


LAZARO COVADLO
Pocas imágenes son tan reconfortantes como la de un niño que juega con su mascota, pero no siempre es así. En un rincón del patio de un instituto secundario de Cataluña se instaló una gata y parió cuatro preciosos cachorrillos. Tres de ellos todavía andan por ahí, pero hubo uno al que un alumno le aplastó la cabeza. Lo hizo con intención y a la vista de los compañeros, ante los que pretendía mostrar su dureza de carácter. Fue sancionado
con una semana de expulsión.
Los profesores hoy por hoy van sin rumbo. Hace algunas décadas el peso de la severidad pedagógica caía sin miramientos sobre los alumnos díscolos. Eran tiempos en los que la letra entraba con sangre. Como la cosa pareció excesiva, se pasó al otro extremo y los estudios se convirtieron en un viva la pepa, pero en vista de que tan extrema permisividad fue desastrosa, ahora intentan volver
las aguas a su antiguo cauce, aunque, eso sí, sin pasarse, eh, sin pasarse. En la actualidad se admiten ciertos usos disciplinarios cuyos resultados no arreglan el mejunje en que se ha convertido la educación por mor de las nuevas
medidas. En resumen, que lo de ahora es ni chicha ni limoná.

Ahora bien, utilizar el castigo escolar con un pobre chico al borde de la psicopatía es un absurdo digno de Kafka, porque el muchachito requiere atención urgente y no correctivos, que en su caso serán inútiles. Es evidente que tiene atrofiado el órgano de la compasión y la bondad, y esa carencia no tarda en ser descubierta en el medio social, que suele marginar a esta clase de minusválidos.
A éstos, ya de adultos (y a veces antes), les da por vengarse del mundo:
excelente abono para un nuevo semillero de neonazis, violentos del fútbol, aficionados a la bomba lapa o el tiro en la nuca, y demás carne de presidio. Los psiquiatras y psicólogos han descubierto que muchos criminales en serie ya mostraban indicios de extrema crueldad a edad temprana: utilizaban animales como objetos de entrenamiento para la ejecución de posteriores aberraciones.Y claro, la sangre de tales víctimas nunca se contabiliza.

Tiemblo por el futuro del chaval que masacró al gatito; tiemblo por sus futuras probables víctimas. Este chico puede que aún tenga cura (rezo a mis dioses personales por que así sea), pero la terapia no pasa por expulsarlo una semana del centro escolar. A este chico hay que hacerlo revisar y se debe intentar amarlo. Tal vez esto último sea lo más urgente. Pero, ¿qué puede hacerse cuando el paisaje social de un país (que es el más importante establecimiento
educacional; el que nos forma a todos) ha optado por la escuela de la crueldad, que consiste en hacer sufrir o dejar que sufran seres vivientes con capacidad de
sentir dolor, miedo y tristeza? ¿Qué ejemplo pueden extraer los niños y adolescentes de tanta escabechina sangrienta como la que percude esta Península?
Porque todos sabemos que por más que un conmovedor póster nos muestre un entrañable perro en medio de una carretera y se proclame que él nunca lo haría, cada tanto siguen arrojándose cabras desde los campanarios y no dejan de
ahorcarse perros de caza. Todos sabemos que es costumbre telúrica asistir a la matanza del cerdo como espectáculo público y probar la puntería con palomas.

Ahora mismo nos encontramos en otra temporada de carnicería taurina, con tantos notables de la patria asistiendo complacientes a la fiesta gore y cutre de cada año. Así podremos verlos en la prensa y la tele, podremos ver cómo ellos se divierten con la matanza y nos sirven de modelo; sobre todo a nuestros hijos.
¡Bravo!

Mis hijos, por suerte, aunque salieron traviesos y no son estudiantes ejemplares, el mayor problema que me dan con respecto a los animales es que no paran de querer traer a casa a todos aquellos que encuentran abandonados por el
mundo. Agradezco a mis dioses personales el que sean tan sanos y estén tan bien dotados para la vida y el amor. Pero bueno, uno que no es animalista y ni siquiera es humanista (¡líbreme el cielo!), y apenas es un vitalista, en el
sentido de que está a favor de la vida en todas sus manifestaciones (sobre todo la evolutiva), no puede menos que apiadarse de tanto bicho que sufre. No sólo de
los animales con alas o con cuatro patas: más que nada de los bípedos que se dedican a martirizarlos; también de los notables a los que les divierte el sufrimiento animal y lucen sonrisas y ropa de última moda en las gradas de sol o
de sombra. Porque es seguro que sufren. ¿O serán discapacitados de los sentimientos?

www.covadlo.com