Creación de Mujeres y Naturaleza

Escrito por Nuria Querol i Viñas. Publicado en Relación.

Mujeres y Naturaleza somos una asociación y red de simbiosis cooperativa entre mujeres muy diversas en edades, estudios, cultura, trabajos, aficiones, y lugares de residencia. Nos une un sentimiento común de afinidad y de afecto hacia el conjunto de los seres vivos y nuestro planeta terrestre, y queremos luchar contra la alienación respecto a la naturaleza y la ausencia de interacciones respetuosas con ella.

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ASOCIACIÓN MUJERES Y NATURALEZA

¡ QUEREMOS VIDA Y NO MUERTE !

Mujeres y Naturaleza somos una asociación y red de simbiosis cooperativa entre mujeres muy diversas en edades, estudios, cultura, trabajos, aficiones, y lugares de residencia. Nos une un sentimiento común de afinidad y de afecto hacia el conjunto de los seres vivos y nuestro planeta terrestre, y queremos luchar contra la alienación respecto a la naturaleza y la ausencia de interacciones respetuosas con ella. Como mujeres que somos, reconocemos nuestra esencial identidad de ser seres vivos y de ser parte de una humanidad más amplia que habita en nuestra casa planetaria y en convivencia con el resto de animales y ecosistemas. También reconocemos que la conservación e integridad de la naturaleza en la que nacemos y de la que dependemos, es una tarea urgente y necesaria para la supervivencia global de nuestras sociedades humanas, y para poder gozar de unas condiciones dignas y suficientes de bienestar y salud. Como mujeres y como parte de la naturaleza que como seres vivos somos, nos sentimos comprometidas y responsables con el mundo vivo de nuestro frágil planeta, cada vez más amenazado y esquilmado a causa de nuestros destructivos estilos de vida y formas de producción y consumo. No tenemos una visión idealizada ni romantizadora de la naturaleza, ya que sabemos que es el ejercicio de una violencia estructural y de una violencia directa el medio central que crea y sostiene su actual sometimiento.

Como mujeres plurales y distintas que somos, y como habitantes de una misma limitada casa común y terrestre que no conoce fronteras ni separaciones radicales, nos sentimos solidarias y particularmente afectadas por un mundo vivo que padece y 3

sufre. Sabemos que lo que a la naturaleza le suceda también nos ocurrirá a nosotros, como seres vivos y parte de ella que somos. Como mujeres, al igual que la naturaleza somos productoras y regeneradoras de la vida, y realizamos el trabajo diario de su cuidado y protección en los contextos y relaciones cotidianas en los que estamos inmersas. Tenemos la certeza arraigada de que en el fondo formamos parte del mismo mundo vivo, y celebramos que toda la humanidad nace de la fuerza creativa de las mujeres y de la naturaleza. Pero como mujeres que somos, reconocemos que también somos víctimas específicas del inmenso daño y dolor infringido a la naturaleza. Nuestros cuerpos y nuestra salud se resienten de manera singular ante las numerosas contaminaciones y riesgos presentes en las actuales formas de vivir de nuestras sociedades. Como mujeres que celebramos nuestros vínculos comunitarios y de conexión con el mundo físico al que pertenecemos, hemos decidido establecer redes estables y conexiones múltiples que nos asocien y unan en profunda amistad a pesar de nuestras diferencias, porque sabemos que del poder del abrazo y la fuerza de la empatía entre nosotras constituye una buena manera de afrontar las duras verdades de la opresión y el sufrimiento que afectan a la naturaleza y a los seres humanos. Nuestro trabajo y objetivos diarios están en querer impulsar nuevas formas de convivencia, conocimiento y reflexión que aporten la sabiduría práctica necesaria para satisfacer con éxito nuestras necesidades vitales haciendo las paces con el planeta.

¿Por qué una asociación sobre "Mujeres" y sobre "Naturaleza"?

MUJERES Y NATURALEZA es una asociación creada con la finalidad de contribuir a la defensa de la salud del planeta y de los seres humanos.

La destrucción del mundo vivo es nuestra principal preocupación y responsabilidad. El mundo vivo está fatalmente herido de muerte a efecto de las consecuencias colaterales del desarrollo. La civilización industrial y la economía globalizada desestabilizan y empobrecen los delicados y complejos dinamismos de un planeta vivo del que dependemos. Está en juego algo tan valioso y necesario para el conjunto de la humanidad como es la vida natural, y con ello la propia calidad de vida y la habitabilidad humana en nuestra casa terrestre. Malgastamos energía, contaminamos con venenos y superpoblamos el planeta como una plaga. Ante el rápido empeoramiento progresivo de la salud de la Tierra tal y como muestran numerosos informes científicos, nuestro planeta vivo amenazado se convertirá a lo largo de las futuras décadas en un problema local y mundial de primer orden, será nuestra primera prioridad y principal preocupación a medida que aumente su destrucción y empeore su salud, pues nuestras vidas dependen de que el planeta que habitamos se mantenga sano. Para corregir y suavizar las enormes consecuencias cancerígenas de los errores humanos en nuestros intercambios con ecosistemas naturales han de darse enormes esfuerzos de todo tipo desde una nueva ética y valores ecológicos que incluyan la protección de la hermandad viva no humana que habita el planeta como prioridad en todos los ordenes institucionales, sociales, culturales, y en las mismas formas de producción y de consumo, así como en la política internacional y europea. Se trata en definitiva de una nueva alfabetización ecológica para tiempos de urgencia con el fin de favorecer cambios efectivos en nuestras pautas y estilos de vida en guerra contra un planeta vivo, finito, y malherido.

Respuestas lentas e insuficientes en un medio de vida lleno de tóxicos de todo tipo. El problema ecológico está en la vida cotidiana.

Nuestra mala relación con la naturaleza nos enfrenta a nuevos problemas civilizatorios de supervivencia global que requieren

urgentes soluciones en todos los ordenes sociales. A la vista de la imparable destrucción de los fundamentos ecológicos de nuestra existencia, y dado que nadie puede salvarse individualmente es urgente la acción común y colectiva, ya que las consecuencias del daño al mundo natural no tienen fronteras sociales, ni políticas ni territoriales, y sus daños se expresan diferencialmente según grupos, edad, sexo, y condiciones específicas de vida. Pero nuestras sociedades modernas no parece que hayan captado aún las graves implicaciones de las progresiva destrucción ambiental sin freno y el reto urgente de nuevos proyectos y formas de vivir y pensar, y no parece que estén bien equipadas en sus instituciones, legislación o pautas socioculturales para afrontar con mínimo éxito el reto común de iniciar la transición hacia formas de vivir más adaptadas y armoniosas con las necesidades del mundo vivo.

Las instituciones y leyes van por detrás. La inercia, la escasa conciencia ambiental, y la falta de innovación y creatividad, caracterizan a las políticas ambientales emergentes en la actual época de globalización económica. Es desde la propia sociedad civil desde donde surge el pensamiento y una diversidad de iniciativas prácticas y proyectos a favor de la protección ambiental.

Mujeres y Naturaleza, una acción colectiva encarnada en la sociedad civil a favor de los valores y la nueva ética ecológica.

Como mujeres y como seres vivos que somos, sabemos que nuestras relaciones con el mundo natural son específicas y singulares en función de nuestros cuerpos y en función de las divisiones y formas de desigualdad sexual que aún persisten en nuestras sociedades. El mundo material y vivo palpita ocultamente en la mayoría de nuestras interacciones e intercambios diarios, en nuestros cuerpos, roles y papeles sociales ejercidos como madres, esposas, trabajadoras, consumidoras y ciudadanas. A pesar la actitud de confianza depositada en las 6

costumbres y hábitos de vida hoy día, hasta en los ambientes más próximos y cotidianos están presentes un nuevo y numeroso ejército de sustancias desconocidas, de materiales, objetos y artefactos muy a menudo tóxicos y dañinos para nuestra salud y la salud de los ecosistemas naturales, y de los que apenas tenemos conocimiento y defensa. Desde Mujeres y Naturaleza nos sentimos partícipes y comprometidas en la tarea de impulsar sinergias y promover el conocimiento, el debate y la sensibilización socioambiental, y con ello contribuir a la transición hacia formas de vida social realmente capaces de hacer las paces con el planeta. 7

Mujeres con la Naturaleza. Algunas razones Mara Cabrejas Departamento de Sociologia y Antropologia Social. Universitat de València

ÍNDICE

a) Mujeres y hombres somos seres vivos de un planeta vivo

b) El pensamiento dicotómico de la dominación de las mujeres y la naturaleza.

c) El desarrollo: un mito masculino de superioridad humana

d) El encierro en una burbuja: la ilusión del mundo perfecto de Matrix

e) La opresión patriarcal y la destrucción de la naturaleza van juntas

f) Las mujeres como la naturaleza son productoras y cuidadoras de vida

g) Los saberes de conexión y el invisible trabajo femenino

h) Ciencia ciudadana a favor de las mujeres, la naturaleza y la gente

i) Culturas femeninas a favor de la vida y no la muerte

j) Las mujeres en las economías rurales de subsistencia son guardianas de la biodiversidad

k) Justicia ambiental y desigualdades en el consumo planetario

l) La emancipación de las mujeres y de la naturaleza

van juntas

m) La espiritualidad de conexión con la naturaleza

n) Feminizar el mundo para liberar a la naturaleza y a la gente

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a) Mujeres y hombres

somos seres vivos de un planeta vivo El mundo vivo está fatalmente herido de muerte a efecto del progresivo dominio del utilitarismo industrial, y su posible protección y cuidado ya no puede reducirse a una visión romantizadora de la naturaleza que proyecta un pasado idealizado cuando al mismo tiempo se debilita y destruye violentamente. Nuestra mala relación con la naturaleza nos enfrenta a nuevos problemas civilizatorios de supervivencia global que requieren urgentes soluciones a la vista de la imparable destrucción de los fundamentos ecológicos de nuestra existencia, y dado que nadie puede salvarse individualmente ya que las consecuencias del daño al mundo natural no tienen fronteras políticas ni espaciales. La civilización industrial desestabiliza los delicados y complejos dinamismos de un planeta vivo, en el que la vida y el medio físico han evolucionado como una sola entidad que ejerce capacidades autoreguladoras que mantienen una constancia en temperatura y elementos químicos adecuados para la vida y las sociedades humanas, y ha generado fenómenos emergentes como son la biodiversidad, la conciencia, y difícilmente explicables por completo bajo las categorías lineales de causación de simplificados modelos explicativos. Nuestro planeta vivo Gaia incluye partes animadas con partes inanimadas, la biosfera junto a un sistema fisiológico de regulación dinámico del clima y la química lo ha mantenido apto para la vida durante más de tres mil millones de años. La propiedad de la autoregulación del sistema Gaia es compartida con el mundo vivo, opera en medio de una serie de constricciones medioambientales esenciales para lograr la estabilidad del sistema natural como son la depredación y la disponibilidad de nutrientes, la composición de la atmósfera, los océanos y el clima.

Malgastamos energía, contaminamos con venenos y superpoblamos el planeta como una plaga. Ante el rápido empeoramiento progresivo de la salud de la Tierra, nuestro planeta vivo amenazado se convierte en un problema de primer orden y debe ser nuestra primera preocupación, pues nuestras 9

vidas dependen de que el planeta que habitamos se mantenga sano. Para corregir y suavizar las enormes consecuencias cancerígenas del maltrato y errores humanos seguramente ha de darse un enorme esfuerzo internacional para cambiar nuestras pautas sobreconsumidoras y nuestros estilos de vida opulentos y en guerra contra un planeta vivo ya malherido y fragilizado a consecuencia de las necesidades e inventiva humana. Se trata de un desafío nuevo sin precedentes, la supervivencia civilizatoria está en juego y no tenemos apenas preparación, ni instituciones adecuadas, ni la sabiduría y prudencia necesarias cuando domina un pensamiento atomizado y reduccionista en campos tan estructurales como son la ciencia, la economía, o la política. Para afrontar los nuevos problemas de supervivencia será necesario salir del encierro de nuestro paradigma cultural dualista que elimina el valor de la vida ecosistémica y obvia el hecho básico de que la supervivencia humana se da en una esfera material y finita, en un cuerpo complejo de multiplicidad de interdependencias y límites que enlazan nuestros mismos cuerpos con el cuerpo de la Tierra. Nuestras particulares y estrechas creencias modernas sobre la riqueza, el bienestar, la naturaleza, o el progreso humano, no son universales, y están muy alejadas de los valores de otras concepciones culturales. Para los antiguos pueblos indios, la naturaleza es madre y no solo una fuente de materias primas al servicio humano, es un sujeto con necesidades propias, una materia animada, un espíritu materializado. Para muchos grupos étnicos en África el mundo en su totalidad es un único entramado sin supremacía del espíritu humano lo que obliga a la prudencia en su trato, y la idea de comunidad engloba a los seres humanos junto al resto de animales, antepasados y fuerzas del cosmos. La ausencia de derechos de propiedad privada y del concepto territorial de espacio en estas culturas ha propiciado históricamente la desposesión y colonización de las tierras de las comunidades indígenas. Pero lo que hace el imaginario hombre-máquina moderno a la Tierra de no frenarse radicalmente seguramente acabará por impregnarlo todo y sufriremos sus efectos en nuestros actos más cotidianos ya que existe una conexión general y somos parte de la naturaleza. 10

La integridad y salud de nuestro cuerpo como seres vivos que somos depende a la vez del cuerpo de la hermandad viva no humana con la que compartimos nuestra casa terrestre. Nuestro cuerpo no ha de seguir siendo trascendido y abstraído mediante modernas concepciones y creencias idealistas que niegan nuestros vínculos con el resto del mundo vivo. El cuerpo de las mujeres es finito y encarnado físicamente como el de los hombres, y como el de resto de animales. Las relaciones entre mujeres y hombres implican también interacciones entre nuestros cuerpos orgánicos y el resto de biodiversidad. Todas y todos los seres humanos somos seres vivos con un cuerpo físico afectado por las circunstancias biofísicas de nuestras experiencias inmediatas y más allá de ellas, puesto que dependemos de la integridad y diversidad de los sistemas vivos terrestres. Mujeres y hombres contamos con una base material y una viva propia particular que dignificar y proteger con salud y bienestar, y como seres vivos que somos necesitamos satisfacer necesidades materiales básicas y por ello no es posible nuestra desconexión de los metabolismos de la biosfera. Las sociedades humanas también somos naturaleza, y tenemos que satisfacer las infranqueables necesidades de producción de la diversidad de la vida general y su regeneración.

La violencia contra el medio natural acompañó la construcción histórica de los estados modernos desapareciendo paulatinamente la metáfora y el simbolismo de Tierra Madre con su fuerza benefactora, y su sentido ha sido sustituido por concepciones que entronan el protagonismo de los humanos, el orden y la dirección de las elites masculinas, la razón, el progreso ilimitado, la ciencia y tecnología, las nuevas instituciones políticas de regulación y sus leyes. La Tierra como fuente de sentido, santidad, y supervivencia, será desacreditada y reemplazada por nuevas imágenes de materia inerte y desechable, sin integridad y sin alma, que ayudarán a su explotación, y con ello aparecen nuevos actores masculinos fundadores de la vida en sociedad como son el padre de familia patriarcal, el obrero asalariado, o el estado soberano, desencarnados de los lazos con la Tierra, de las comunidades y de las leyes naturales. Los estados asumen 11

históricamente el proyecto modernizador que se encargará de proveer lo necesario para satisfacer las necesidades de la población mediante el acceso a la economía liberal como trabajadores y padres de familia en la producción económica y el empleo, y como consumidores en el mercado globalizado de recursos ambientales convertidos en masas de objetos, desechos, mercancías y dinero que en realidad son fruto de la creciente depredación de ecosistemas locales y globales. Desde los años 90 se viene dando un cambio liberalizador y re-mercantilizador en el papel de los estados y en las economías nacionales a favor del libre juego de las fuerzas económicas, de las empresas transnacionales y de las instituciones económicas mundiales como son el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, reduciéndose así la mediación y protección social del estado al tiempo que se intensifican los procesos destructivos masculinos contra la Tierra. El dominio del libre intercambio económico hace caer las largas distancias y muchas fronteras antes infranqueables, multiplica la extracción, los desechos y el movimiento de recursos ambientales desde cualquier parte del planeta, y al tiempo desestabiliza los intercambios y el consumo de bienes ambientales antes circunscritos e integrados en las relaciones humanas de cercanía, en la comunidad compartida o en las economías locales.

En su dinámica expansiva, fragmentadora y homogeneizadora de todo tipo de diferencias, el libre mercado mundializado se alimenta del desarraigo y la desconexión con el suelo y la Tierra, con la propia comunidad de origen y cultura. Destruye la abundancia y riqueza de vínculos humanos y de bienes ambientales locales, desarraiga del lugar, de la propia comunidad local, del suelo y de los propios antepasados al tiempo que genera nuevas formas socioculturales de división, desigualdad y conflicto. A más integración de la economía globalizada mayor desarraigo ecológico, cultural y existencial de los pueblos colonizados, exteriores e interiores a las propias sociedades y grupos humanos que quedan despojados de sus antiguas identidades y vínculos. Implica también un mayor desamparo y 12

desesperación para las experiencias vitales en nuestras sociedades opulentas y solitarias del mundo industrializado. Los suelos, las ciudades y calles, los alimentos, el agua, el aire, las medicinas, la vivienda,... presentes en nuestros intercambios cotidianos se han llenado de una multiplicidad de mercancías y productos procedentes de los mercados globales al tiempo que un nuevo ejército de sustancias tóxicas y venenos de todo tipo contaminan y enferman nuestros cuerpos y el cuerpo de la Tierra. Se trata de las nuevas condiciones de fragilidad y desamparo ecológicos en la aldea global que establecen nuevas formas de agresión y violencia en medio de un gran vacío ético y cultural al eliminar todo tipo de valor y prioridades que obstaculicen el libre juego mercantil. Este desarraigo de la Tierra y el creciente desamparo humano es hoy también una característica cultural que hereda y se abastece de dogmáticas religiones modernizadoras del estado, la economía, y las instituciones públicas, al sacrificar las necesidades centrales de la vida de la naturaleza y de la gente. Este progreso modernizador que es productor de expulsiones de hogares y de refugiados ecológicos, sociales y culturales, está construido sobre las ruinas de antiguas concepciones hoy vistas como "atrasadas" y caducas, y que consideraban la Tierra como madre sagrada, útero de vida en la naturaleza y en la sociedad humana, y cuyos vínculos ancestrales de carácter inviolable funcionaban como principios éticos ordenadores de autolimitación. La santidad de la Tierra ponía constricciones y límites a la acción humana.

Pero las actuales prioridades sociales de la acción pública e institucional están a favor del libre mercado económico, de la creciente mercantilización y productividad económica, y de la destrucción de la vida como efectos colaterales de la masculina modernización industrial. Un cristalizado consenso político, económico y sociocultural en torno a una concepción estrecha de la productividad, la riqueza y la competitividad económica domina hoy la esfera pública de relaciones y los sistemas principales de regulación de nuestras sociedades humanas. Se 13

trata de una acción pública ejercida por elites masculinizadas y dominada por hombres concretos que se orienta a la transformación irresponsable de los entornos ecológicos en su búsqueda de beneficio monetario a cualquier precio, sobreexplotando la naturaleza y generando a su vez un creciente deterioro de los bienes de la Tierra, la extinción de la biodiversidad y contaminaciones de todo tipo que no tienen fronteras ante las que detenerse. Ante los irreversibles daños generados a los equilibrios dinámicos e interdependientes del planeta, urge un cambio de las prioridades en todos los órdenes sociales para reorientarlas hacia la producción de vida y una mejor convivencia con las necesidades del mundo natural. Esta enorme tarea exigirá una nueva alfabetización ecológica con prácticas de cooperación y trabajo junto a la naturaleza y no frente a ella, adoptando las autorestricciones que sean necesarias para la adaptación a los límites naturales infranqueables y a la integridad de los ciclos de la biosfera y los ecosistemas. El planeta no es un simple tablero de ajedrez para libres movimientos y jugadas aisladas del resto del cosmos. Lo que hoy nos ocurre está más cerca del ecocidio y del genocidio por mucho que se quieran invisibilizar con lenguajes y retóricas los efectos del deterioro irreversible de muchos de nuestros nichos y símbolos de vida más arraigados. Desde el reconocimiento y compromiso radical con la supervivencia y la vida, las necesidades fundamentales y comunes a todos los seres humanos no se pueden separar de las necesidades e integridad de los ecosistemas y de los seres vivos de la Tierra, su satisfacción es por tanto de interés general y planetario más allá de divisiones e intereses particulares, y han de convertirse en objetivo prioritario de toda acción social, ética y política. b) El pensamiento dicotómico de la dominación de las mujeres y la naturaleza 14

La moderna civilización industrial que afirma en sus discursos hegemónicos la defensa del bienestar y de la mejora colectiva, a su vez rompe y fragmenta en la práctica la simbiosis de nuestra existencia biológico-social. Una violencia estructural y directa constituye la forma de relación central que crea y sostiene la explotación de la naturaleza y de las mujeres por el patriarcado industrial bajo la superficie y el barniz de los derechos democráticos, o de las llamadas políticas ambientales que buscan dar imposibles soluciones locales de reparación a los problemas estructurales de destrucción ambiental. Al mismo tiempo que el cuerpo de la Tierra es visto como materia prima para la añoranza sentimental de al vida natural, espontánea y plena, a la vez es destruida o acorralada intensivamente incluso bajo los marketings comerciales teñidos de verde. La naturaleza viene a representar hoy día un tipo de género moral que encarna idealizadamente aquello que cada vez falta más en nuestras vidas cotidianas. También los ideales de la feminidad vistos bajo al mirada masculina vienen a encarnar los valores del afecto, la emotividad, la autenticidad, la fusión plena, la maternidad, al tiempo de que son estrictamente excluidos en las esferas públicas de relación y de los ámbitos de decisión y gobierno. Estas añoranzas romantizadas sobre las mujeres y la naturaleza son reacciones propias de la dureza de corazón del racionalismo moderno y de sus estilos de vida insensibles y derrochadores basados en el "usar y tirar". Se trata de dos sistemas históricos muy imbricados que ponen en marcha similares búsquedas mistificadoras de lo natural y de lo femenino, pero no de las mujeres y la naturaleza reales y auténticas.

La emancipación de las mujeres y la necesidad de la protección de los ecosistemas terrestres amenazados exige romper con el pensamiento moderno de la falsa desconexión y separación binaria entre mundo humano y el mundo natural. En sus diferentes ópticas teóricas y de acción ciudadana, los feminismos ecológicos vienen desarrollando respuestas más informadas y responsables con la crisis ecológica de supervivencia civilizatoria que padecemos y con las divisiones sexuales del orden patriarcal, 15

al añadir una perspectiva singular que reconoce las interdependencias entre las mujeres y la naturaleza. Amplían y revisan los feminismos de la igualdad y de la diferencia o culturales, al identificar las intimas relaciones existentes entre la opresión de la naturaleza y la opresión de las mujeres. Este pensamiento y la diversidad de luchas ciudadanas que lo expresan en muchas partes del mundo se desarrolla a partir del reconocimiento de la doble explotación patriarcal que padecen las mujeres y la naturaleza bajo específicas y diversas formas culturales de naturalización de las mujeres y de feminización de la naturaleza. Los feminismos inspirados ecológicamente en sus muy diversas tonalidades parten de la idea central de que la dominación de las mujeres y de la naturaleza están íntimamente conectadas en base a las formas patriarcales de hacer y percibir el mundo y desarrolladas históricamente. Cuestionan el racionalismo masculino y la violencia oculta que ejerce al establecer divisiones radicales y rangos de valor entre los propios humanos y en sus relaciones ecosistémicas con el mundo vivo. La dominación patriarcal moderna tiene una raíz simbólica y valorativa común con la dominación de la naturaleza. Ambas se basan en un tipo de pensamiento e ideas dogmáticas y reduccionistas que configuran una cosmología que dicotomiza y simplifica la complejidad de un mundo que en realidad es dinámico, interconectado y multidimensional. Las modernas concepciones patriarcales establecen una artificial división y oposición jerárquica entre las dos partes centrales en las que se divide el mundo, considerando que una de ellas es superior a la otra y la convierte en canon de todo tipos de valoraciones. La parte masculina es considerada superior, y al tiempo prospera a expensas de la otra parte femenina o natural considerada inferior, y dependiente.

La dicotomización violenta y separadora entre la naturaleza y los seres humanos propia de una cultura fuertemente antropocéntrica, es en este sentido equiparable a la división entre hombres y mujeres establecida por el orden patriarcal que divide la sociedad en dos tipos de humanidades netamente separadas y diferenciadas 16

a partir de las características sexuales anatómicas estableciendo relaciones de desigualdad y dominio entre ellas: la masculinidad aplicada a los hombres y la feminidad aplicada a las mujeres. Ambos dualismos, entre la sociedad y la naturaleza, y entre las mujeres y los hombres, tratan en el fondo de un común esquema de concepción y percepción simplificadora que permanece ciego a la diversidad compleja e interconectada de nuestra existencia. Simplifican el mundo de forma binaria mediante relaciones de separación, desconexión y subyugación de ese otro percibido y declarado como objeto externo y ajeno, y no solo como diferente, sino como apropiable para poder sobrevivir la parte dominadora mediante relaciones de injusticia, inequidad y dominio. La violenta cultura del patriarcado industrial interpreta la diferencia fundante del mundo físico y social al que pertenecemos como si fuera una jerarquía llena de uniformidad mecanicista, y esta polaridad y división radical artificialmente creada se convierte en fuente de valor y guía en todos sus campos de acción. Esta forma de ver y encerrar la diversidad de nuestra existencia en rígidas representaciones y compartimentos, se funda en una arbitraria desigualdad y visión dominadora que dualiza y jerarquiza, convierte a la naturaleza en simples recursos para los intereses exclusivamente humanos, y convierte a las mujeres en seres humanos inferiores y dependientes.

b) El desarrollo: un mito masculino

de superioridad humana

Un profundo sentido y aspiración de mejora humana indefinida, y un soberbio e ignorante sentido de superioridad y control humano sobre la naturaleza, son característicos de la modernización en Europa desde fines de la Edad Media. La secularización progresiva de los ideales humanos y su puesta en práctica por una sociedad patriarcal y una expansiva economía capitalista dejan a la intemperie y solos a los seres humanos modernos que se autoadjudican los nuevos poderes de intervención y dirección sobre el mundo a la vez que pierden su confianza y fe en los poderes divinos de la salvación eterna, y con ello van creciendo 17

sus preocupaciones por la seguridad y la supervivencia en un mundo ahora percibido en radical desconexión con una naturaleza separada y hostil. Los cielos dejan de estar poblados por poderes invisibles y fuerzas espirituales, y pasan a ser concebidos como un universo mecánico, uniforme, predecible, modificable, fuente inagotable de recursos para los intereses humanos, y desprovisto de significado existencial profundo. Las esperanzas antes dirigidas a Dios se desplazan al plano terrenal y a la historia humana, y el futuro comienza a ser entendido en su nueva versión moderna y laica como un camino de progreso y mejora ilimitada si den los pasos adecuados. La naturaleza es vista desde entonces como inferior y subordinada a los intereses humanos, y es convertida en objeto mecánico de conocimiento, dominio y control a la vez que es despojada de dignidad y del reconocimiento de sus necesidades intrínsecas al ser considerada tan solo bajo el prisma de una racionalidad instrumental: como un simple recurso más al servicio de los intereses humanos. La cultura masculina y antropocéntrica se expresa también en el hoy muy extendido y singular mito moderno del desarrollo. Esta peculiar y engañosa creencia concibe la historia, el futuro y los cambios humanos como si fueran una carrera de avance lineal y de mejora humana paulatina mediante las recetas del mercado y el crecimiento económico ilimitado. Se trata en definitiva de una dañina religión dogmática institucionalizada por todas partes ya que parece guiar todo tipo de acciones y decisiones humanas, a pesar de que hoy revela sus lados más oscuros puesto que en sus orientaciones y acción práctica comporta problemas fundamentales para supervivencia y la conservación de la vida planetaria en su integridad y diversidad ecosistémica.

El actual sistema mundial de regulación económica, política y cultural se orienta desde esta optimista y mítica creencia del desarrollo como si fuera la única medicina salvadora para todo tipo de problemas y males. El mito moderno del desarrollo es reforzado a la vez por una dominante concepción reduccionista y 18

mecanicista del conocimiento científico y de sus avances tecnológicos junto al persistente dominio masculino y patriarcal en nuestras sociedades industriales. La expansión de la industrialización a escala mundial junto a nuestra erróneas creencias sobre el desarrollo constituyen las causas básicas de la actual crisis de supervivencia socio-ecológica global en un planeta vivo cada vez más débil y menos acogedor para la superpoblación humana. El mito moderno del progreso implica globalmente un deterioro y expolio crecientes de la naturaleza a efecto de unas actividades e instituciones humanas irresponsables y sobreconsumidoras de los limitados bienes medioambientales del planeta. Esta fe moderna en el progreso acumulativo y el paraíso terrenal también se trata de un tipo de creencia antropocéntrica basada en supuestos fáusticos de máxima autonomía, libertad y poder humano debido a que se autopercibe desde un pensamiento dicotomizador como separado y superior en relación al mundo vivo al que otorga un lugar subordinado y de dominio destructivo. Un rasgo moderno de nuestra mala convivencia civilizatoria con el mundo vivo no es solo la expansión y dominio de la economía neoliberal por todos los rincones del planeta o la enorme aceleración y escala del asesinato en masa de la biodiversidad terrestre, sino que lo llamativo es que se haga en nombre de ideas prepotentes y prejuicios "especistas" sobre el bienestar y progreso cuyo fin declarado es la esperanza de elevar y mejorar la condición humana. La particular idea moderna de progreso responde a un hábito cultural peculiar de negación y devaluación de nuestra constitutiva conexión y dependencia humana con el resto de mundo vivo, y con ello su temeraria ceguera ante el sobrepasamiento de los límites biofísicos de la supervivencia humana en el planeta. Sus creencias antropocéntricas erróneas entienden que los animales no humanos y los ecosistemas naturales carecen de valor y necesidades propias, y por tanto los derechos y la protección no les incumbe, y que en todo caso sólo cobran sentido y valor secundario cuando se consideran al servicio humano. 19

Una de las consecuencias que comportó el nacimiento de la modernidad occidental en Europa fue la muerte de la naturaleza al eliminar los postulados orgánicos y animistas del cosmos, y fue uno de los efectos de más envergadura que comportó la primera revolución científica del siglo XVII con el éxito de la formalización del nuevo método experimental y mecanicista de indagación del mundo natural. La naturaleza comenzó entonces a ser entendida de forma mecánica, como un simple sistema físico de partes y partículas inertes, manipulables, analizables, y solo movidas por fuerzas externas pero no propias o inherentes, lo que a su vez comportaba la eliminación de restricciones y controles éticos a su estudio científico exhaustivo, su conquista y explotación intensiva a manos de los humanos. Desde el siglo XVII con el nuevo pensamiento científico de pensadores como Bacon, Hobbes, Descartes, Locke, o Newton, se vino desarrollando progresivamente una visión desencarnada y racionalista del mundo que se autoadjudica faústicamente unos nuevos sobrepoderes humanos ajenos a los viejos poderes divinos. La existencia humana pasa a ser entendida entonces sin los vínculos y dependencias con el mundo vivo en el que están, dando valor superior y prioridad a la razón y la cultura humana frente a otras características que son consideradas secundarias y de menor rango, como son la imaginación, la intuición, el cuerpo, las pasiones y afectos, la naturaleza.

A diferencia de otras sociedades y culturas premodernas que ubicaban el pasado como centro de ordenación del presente, y que entendían el mundo como estático e inalterable en sus tradiciones y normativas de comportamiento, las creencias modernas sobre el bienestar humano están ancladas en las ideas del progreso continuado y entendido como una historia indefinida de cambio y de mejora humana acumulativa, pero que impulsa a la vez actitudes de dominio destructivo y superioridad sobre la naturaleza. En los siglos XVI y XVII la filosofía moderna del individuo y la subjetividad humana despoja las ideas sobre la participación tradicional de los humanos en el orden cósmico y en los planes divinos o de la naturaleza, y adjudica los antiguos 20

poderes divinos exclusivamente a los humanos que son concebidos como portadores de nuevos poderes prometeicos de dirigir el mundo y la historia abierta. Se trata de una ambiciosa fe en los poderes de dominio de los humanos sobre la existencia con capacidad de conducir hacia un progreso ilimitado y continuado de mejora y avance de carácter material, intelectual, económico y tecnológico. Con este antropocentrismo de la cultura moderna la naturaleza sufre un desencantamiento progresivo y pasa a ser concebida mecánicamente sin significado propio y sin cualidades valiosas en sí mismas que haya que proteger. La trama y complejidad del mundo vivo es ideada como simple objeto inerte, manipulable, aislable y sometida al control y la artificialización bajo los exclusivos intereses humanos. La existencia humana se percibe así como desconectada y no aliada con la estructura profunda y esencial del mundo natural. De madre y diosa reverenciada, la naturaleza pasa a ser vista como una enemiga con poderes temibles a la que hay que someter y torturar para extraer sus recursos y secretos mejor guardados, tal y como ya apuntaba F. Bacon en los inicios del método científico-experimental en su utopía tecnológica Nueva Atlántida en la que describe y elogia la moderna forma de conocimiento empírico-experimental de las ciencias físico-naturales y sus aplicaciones tecnológicas encaminadas a obtener el control y manipulación de la naturaleza a manos humanas, y que es equiparada al mundo femenino de las brujas sometida al exterminio y la tortura por la Inquisición frente al nuevo mundo masculino del progreso y inmensos los poderes del conocimiento científico. Otro reconocido padre fundador de la filosofía moderna como fue Descartes, en su obra del "Discurso del método" también afirmaba que los objetivos de la ciencia y cultura humana están en ser dueños y señores de la naturaleza, y define a la Tierra y el universo como simples máquinas.

En el siglo XIX y XX dos tipos de cosmovisiones e ideologías en conflicto como son el liberalismo y el marxismo se sustentan también en este mito común del progreso. La versión capitalista entiende la historia como un camino ascendente hacia el paraíso 21

de la libertad humana y la abundancia ilimitada de riqueza material, y la versión marxista diseña un futuro de avance y mejora hacia la igualdad y fraternidad entre los humanos junto a la utopía de satisfacción completa de todas las necesidades humanas. Un importante padre fundador de la ciencia de la sociedad como fue Max Weber describió los procesos de "desencantamiento" del mundo moderno a efecto de los procesos históricos de racionalización instrumental, burocratización y materialismo en la carrera hacia el progreso. Las ciencias sociales en el siglo XIX también iniciarán su pensamiento sobre las sociedades industrializadas bajo los presupuestos mitológicos y dogmáticos del progreso moderno. Pero nuestros modos de vida confortablemente asentados en las creencias modernas sobre el bienestar y el progreso humano hoy generan numerosos trastornos sobre nuestra casa terrestre al alterar dramáticamente las necesidades y frágiles equilibrios de la biosfera, ya que incorporan a los principios de la violencia en nuestras relaciones y coevolución socionatural, como son: el crecimiento ilimitado, la desconexión de la naturaleza, la homogenización y el empobrecimiento de la biodiversidad, la menor seguridad y mayor inhabitabilidad humana sobre el planeta vivo dañado. Esta ceguera fáustica masculina de la cultura moderna sobre el poder humano es ignorante de nuestra identidad terrestre como seres vivos que somos, y es ciega a nuestras múltiples constricciones e interdependencias con el mundo vivo del que formamos constitutivamente parte como condición de supervivencia. Se trata de una particular cosmovisión de aislamiento y poderes ilimitados de la inventiva humana que hoy se ha extendido a la mayor parte del planeta. Esta errónea idea de progreso también ayuda a liberar a los humanos de posibles constricciones éticas en sus interacciones con el mundo biofísico, ayudando con ello a la irresponsabilidad en su trato y al creciente deterioro y destrucción de los ecosistemas vivos que sustentan irremediablemente las sociedades humanas. 22

Pero la naturaleza gaiana es un sujeto genuino, con actividad, dinamismo y necesidades propias para su regeneración creativa, su bien y valor supremo está en que su existencia es sistema fundante para toda existencia y acción humana y social. La naturaleza es fuente primaria de vida material y espiritual, y por consiguiente es ajena a utilidades particulares o de simple beneficio económico. Hoy nos encontramos ante la imperiosa necesidad de abandonar los excesos materialistas y hacer giros hacia la consideración del valor y la igualdad básica de todos los seres vivientes, ya que los seres humanos somos miembros de comunidades de vida más amplias y no circunscritas a nuestra especie, y dependemos como el resto de seres del funcionamiento biofísico del resto de hermandad viva y ecosistemas.

Urge reinventar nuestras identidades con actitudes de cuidado y protección hacia el mundo viviente, con relaciones más humildes y capaces de intensificar nuestros sentimientos de pertenencia conectada con la trama de la vida, integrando y reconociendo nuestros lazos con ella Tendremos también que superar y ampliar las formas de protección ambiental iniciadas en la primera época del industrialismo, que en el siglo XIX comenzó a preocuparse por algunas mejoras higiénico-ambientales mediante la conservación de acotados espacios naturales y algunos paisaje para el disfrute de la aristocracia y la burguesía, o mediante luchas ciudadanas como las que se dieron en USA e Inglaterra en defensa de leyes proteccionistas y derechos de preservación mediante santuarios y reservas naturales. También degrada la naturaleza el ambientalismo practicado por las políticas liberales de protección ambiental que aplican lo criterios de la rentabilidad y el beneficio económico a los capitales naturales. Las nuevas promesas de las ideologías ambientalistas hoy presentes en los más variados discursos y actores sociales, y potenciadas por la acción pública, son sencillamente irreales, engañosas e insuficientes. Estas políticas ambientalistas apenas subvierten los parámetros centrales del desarrollo destructor al hacer una defensa de la compatibilidad entre el actual crecimiento de la economía globalizada y la protección ambiental mediante unas políticas medioambientales de carácter sectorial y subordinadas a 23

los intereses prioritarios de la productividad y rentabilidad económica.

c) El encierro en una burbuja:

la ilusión del mundo perfecto de Matriz

La película de matriz relata un mundo perfecto y feliz, sin presencia del mal y el sufrimiento, aunque en realidad solo responde a una alucinación colectiva sobre la realidad, ya que en verdad están todos conectados y prisioneros de una máquina. El mito del progreso promete una alienación similar: el paraíso terrenal, la prosperidad universal y la libertad humana realizada, dirige instituciones, leyes, gobiernos y sociedad a modo de religión política y cultural que confía en un final feliz con la ayuda de nuestra capacidad de razón aplicada a la gobernabilidad, la economía y la ciencia. Pero esta forma de religión moderna está muy distante de poder satisfacer las necesidades humanas centrales ya que mantiene la falsa idea de que existe un abismo separador entre los seres humanos y la naturaleza, y por ello carece de medios y poderes creadores que proclama para poder realizar el soñado rediseño de nuestras necesidades humanas básicas y las del mundo vivo. La idea moderna de progreso no responde sólo a un simple error de conocimiento sobre la explicación y el estado del mundo y el deseo de conocer la verdad sobre la realidad, sino que responde primariamente a una búsqueda de sentido y significado a nuestra existencia, que está sujeta irremediablemente a muchas fragilidades e incertidumbres no eliminables. Las necesidades e indeterminaciones de la condición humana en sociedad persisten al lado de la inseguridad y los peligros inamovibles. Los males y contratiempos a nuestras necesidades y deseos no son erradicables como seres vivos y sociales que somos, y como partes dependientes de delicadas y estrechas interdependencias ecosistémicas.

Ninguna cultura humana, ninguna ciencia ni nuevas tecnologías aplicables a los males inmemoriales de la vida humana puede 24

abolir la mortalidad, la enfermedad, la escasez, la elección y el miedo e inseguridad como básica respuesta emocional de adaptación humana. Por consiguiente, la fe en el progreso ilimitado resulta ser más bien una peligrosa ilusión sobre nuestras capacidades humanas de dirigir la historia y de rehacer el mundo a nuestra propia medida. Se trata más de un autoengaño del que resultan falsas percepciones y creencias que de un fallo, error o ignorancia ciega de nuestras percepciones y conocimientos. Es una delirante e indígena creencia cultural socialmente muy esparcida sobre nuestra capacidad de ser sujetos de control y dominio de la propia existencia, el cosmos y el futuro mediante el uso de unos distintivos poderes: la razón, la ciencia, la técnica, la economía y las leyes políticas, y prioritariamente adjudicados al selecto club de los humanos y de sus elites masculinas. Esta cultural fe pagana que orienta opciones y decisiones de todo tipo con consecuencias de barbarie, implica también una esperanza puesta en paraísos al final de la historia humana y se expresa en diferentes filosofías políticas y proyectos emancipatorios como son los socialistas. Las políticas e ideologías neoliberales desde los años 90 han triunfado, y son asumidas por estados y gobiernos a favor del mercado libre global y no supeditado a regulaciones políticas de los estados, internacionales o supra-estatales: Los optimismos tecnológicos están presentes en las agendas de cambio de la izquierda y la derecha, en las teorías científico sociales del siglo XIX y XX, y en la misma sociología desde su nacimiento en el siglo XIX.

Aunque en su forma ética, social y política esta fantasía de felicidad y salvación cada vez resulta menos creíble, este monoteísmo laico de salvación y mejora que son las creencias modernas del progreso, en su carácter normativo y cognitivo penetran en la mayoría de campos de actividad, y carecen de conciencia sobre su propia prepotencia y ceguera en su radical desadaptación a las necesidades ecosistémicas fundamentales de la existencia humana. Pero ninguna creencia sobre nuestra historia y su supuesto avance acumulativo puede eliminar la parte maldita 25

de nuestra existencia: las limitaciones, contradicciones e imposibilidades de muchas de nuestras conflictivas y contradictorias necesidades, intereses y deseos humanos. El sistema de patriarcado mundial y su delirante idea de desarrollo y cambio hoy amenaza la vida y continuidad humana en el planeta, y parece carecer del impulso vital de supervivencia y aprendizaje inherente a los organismos vivos que luchan por sobrevivir y autopreservarse. Implica una forma rígida y violenta de entender las relaciones con el mundo al ignorar la posibilidad de la otras formas de transacción menos consumidoras de los limitados bienes naturales y menos destructora de las simbiosis, las mezclas y las interconexiones que alimentan y mantienen básicamente los metabolismos de la vida y la evolución natural y social. La vida y la existencia son algo más que un mundo netamente dividido en dos partes y con relaciones de separación y dominio jerárquico sobre las mismas tras ser atomizadas, estandarizadas y homogenizadas. El orden patriarcal industrial impone los valores humanos por encima de los valores naturales, y decreta la superioridad de los valores masculinos sobre los femeninos considerando a estos como inferiores e invisibles. El patriarcado industrializador se basa en definitiva en un pensamiento simplificador y binario de pureza y de separación radical. Se trata de la "lógica del Uno" como centro y pauta de valor que excluye rígidamente al resto considerado solamente en referencia a la parte dominante: "un no Uno".

La cultura antropocéntrica de dominio de la naturaleza y propia del desarrollo industrial moderno constituye también una forma de androcentrismo practicado no solo con las mujeres, sino también con el medio natural. El esquema binario de dividir el mundo en dos y de feminizar la parte devaluada y oprimida además de ser aplicado al mundo humano, contra las mujeres y las formas femeninas de intercambio, también se aplica a una naturaleza considerada inferior y feminizada. Ambas dominaciones, la de las mujeres y la de la naturaleza parten del 26

falso supuesto de superioridad y desconexión masculina respecto de los otros situados en la parte dominada: las mujeres, la naturaleza y la producción de vida. Este peculiar y delirante modelo cultural es ciego a nuestra irremediable co-evolución y dependencia con los sistemas vivos, y entre mujeres y hombres. Esta fantasiosa identidad de pureza separadora construida históricamente comporta en su fondo una violenta simplificación de la complejidad y diversidad de nuestra existencia, lo cual a su vez ha servido para legitimar y eliminar cualquier responsabilidad ética expandiendo la semilla de la violencia sobre la naturaleza y las mujeres. e) La opresión patriarcal y la destrucción de la naturaleza van juntas Es necesario el desmantelamiento de los dualismos fundantes e implícitos en la cultura y el pensamiento de occidente (mente-cuerpo, cultura-naturaleza, hombre-mujer, razón-emoción...) y las políticas de dominación que comportan sobre la parte subyugada (mujeres y naturaleza), por amputar, empobrecer y llevar a un callejón sin salida al mundo mediante el establecimiento sistemático de relaciones de violencia y dominación con la parte devaluada o negada. La asimetría jerárquica y explotativa para con la naturaleza y las mujeres, y el dominio y la búsqueda de un absoluto control de sus capacidades espontáneas de creación de vida constituye una peligrosa patología de la sociedad atomizada moderna y masculinizada.

No se pueden comprender con profundidad ambos tipos de opresiones, la de las mujeres y la de la naturaleza, si no se tiene en cuenta los procesos y su historia de interrelación, cuestionando con ello la indiferencia ético-social del patriarcado industrial con sus innumerables víctimas humanas y no humanas. Por primera vez en la historia humana conocida, hoy las sociedades dirigidas por elites masculinas y bajo las concepciones de la cultura androcéntrica y antropocéntrica están expuestas a cientos de miles de sustancias y de cokteles de contaminaciones tóxicas que interaccionan pero que son desconocidas para los inmemoriales 27

metabolismos terrestres que son incapaces de realizar con ellas las funciones naturales de digestión y absorción. Se trata de una gigantesca catástrofe de origen industrial y humano que activamente produce sustancias y materiales de todo tipo: químicos, nucleares, genéticos, energéticos, electromagnéticos... que se esparcen colonizando y enfermando todo a su paso. Este nuevo ejército armado y a menudo muy silencioso e invisible está ya presente en nuestros contextos más inmediatos de relaciones cotidianas y en nuestros cuerpos, desde nuestra concepción hasta nuestra muerte. Muchos de estos biocidas se caracterizan por el enorme poder que tienen para introducirse en el corazón de los procesos vitales más básicos que alimentan los sistemas vivos, alterándolos o destruyéndolos, al tiempo que resultan ser absolutamente extraños y desconocidos para los metabolismos de la biosfera, los cuales han sido ensayados y estabilizados por la Madre Tierra en su larga historia evolutiva. Este antiquísimo aprendizaje no ha dotado a la naturaleza de las capacidades necesarias para poder reconocer y eliminar este nuevo batallón de sustancias colonizadoras y dañinas, y que dada su extrañeza, cantidad y dispersión masiva, la naturaleza se encuentra como víctima indefensa que carece de las mínimas capacidades necesarias que se requerirían para poder eliminarlas o neutralizarlas sin autolesionarse. Raquel Carson describió hace décadas en Primavera silenciosa la tragedia que acompaña a una pequeña ciudad estadounidense invadida silenciosamente por innumerables muertes originadas por los herbicidas de la agricultura química. Hoy puede verse en su retrato de las armas de la agroindustria modernizada una metáfora sobre miles de ciudades y pueblos del mundo que cada vez más padecen los infortunios y la tragedia callada que acompaña a la modernidad. ¿Qué ha hecho callar los cantos de los pájaros y las voces de la primavera en innumerables lugares? Después de varias décadas, ya ni siquiera las estaciones se dejan sentir como antes a efectos de las alteraciones climáticas en la atmósfera terrestre producidas por los efectos cancerígenos de nuestra civilización industrial. 28

f) Las mujeres como la naturaleza son productoras y cuidadoras de vida El mundo vivo de hoy está sometido a una creciente artificialización a consecuencia de nuestra formas industrializadas de producir y consumir que colonizan prácticamente todo el planeta. Este nuevo mundo creado a imagen humana y de creciente destrucción y desarraigo natural y espiritual produce numerosas víctimas y peligros esparcidos, y funciona hoy como un laboratorio a escala gigantesca en el que se hacen multitud de experimentos e invenciones que generan cócteles biocidas de todo tipo, y que tienen la indeseable consecuencia de matar la vida vegetal y animal, y convertirlas en inertes y antiproductivas. Pero nuestras interacciones y huellas de aprendices de brujo sobre la complejidad de la vida terrestre están llenas de incertidumbres y de ignorancia. Escapan al total conocimiento humano ya que en realidad no somos dueños ni podemos controlar los efectos y peligros diseminados por nuestra propia acción y por los mismos conocimientos científicos y las peligrosas tecnologías que ocultamente encarnan los sueños y fantasías del vejo mito moderno del progreso. Contrariamente a los valores entronados por la modernidad industrial de nuestra época, la cultura femenina está basada en las microrelaciones prácticas orientadas bajo principios y valores de compasión, afecto, reconocimiento del otro concreto y cercano, y su cuidado solidario. Estas microculturas femeninas que son practicadas y reinventadas a diario por numerosas y diversas mujeres concretas, hoy pueden poseer además un alto valor añadido: de supervivencia ecológica. Los sentimientos y el trato de cuidado y donación, y la ética femenina de la compasión pueden potencialmente ayudarnos a reciclar las erróneas y abstractas creencias del progreso material humano indefinido.

Las culturas femeninas del cuidado puede tener un valor estratégico añadido en medio de unas sociedades vorazmente sobreconsumidoras de los escasos recursos y equilibrios 29

biofísicos del planeta, y que caminan sin capacidad de autocontrol ni de futuro al dañar intensivamente sus propias fuentes biofísicas de supervivencia y de continuidad. Aunque las políticas de vida incorporadas en las prácticas de las culturas femeninas se desarrollan con un patrón histórico fruto de la socialización patriarcal y de la arbitraria división y diferenciación entre hombres y mujeres, en las actuales circunstancias pueden servir de semillas productoras y preservadoras de la vida y la supervivencia. Las prácticas de vida y cuidado son ejercidas por muchas mujeres en el mundo, que en su diversidad social y cultural las ponen en marcha diariamente. Este trabajo invisible y no asalariado pero vital y necesario es realizado masivamente por las mujeres, y llega a aportar ocultamente una enorme riqueza en los bienes y servicios que se producen, supone hasta un 50% del Producto Interior Bruto de las economías nacionales (PIB) según ha llegado a contabilizar el pensamiento económico. Esta riqueza se obtiene mediante el trabajo voluntario y la producción de básicos bienes y servicios domésticos gratuitos que ofertan muchas mujeres, aunque estén invisibilizados y faltos de reconocimiento social. La tradicional separación patriarcal entre los espacios públicos de la economía, el trabajo o la acción política, y las microrelaciones de los mundos domésticos y privados, históricamente ha avanzado junto a la emergencia de la economía liberal, el crecimiento del mercado y el trabajador asalariado. La opresiva y artificial frontera entre la esfera pública y la esfera privada, y las políticas de división y opresión sexual que implican, ha convertido en invisibles, devaluados y vulnerables los llamados "trabajos femeninos" de los mundos domésticos, que socialmente son considerados sin rendimiento económico inmediato y son imperativamente adjudicados a las mujeres desde las socializaciones y aprendizajes más tempranos.

Pero los valores femeninos de la vida y del cuidado del otro próximo son universalizables. Es decir, las relaciones y cultura femenina pueden ser adoptadas por individuos, grupos, leyes e 30

instituciones de todo tipo, y al margen de su pertenencia al colectivo de mujeres y de su identidad sexual. De hecho, ya existen muchos hombres que comparten y apoyan las demandas de igualdad de las mujeres junto a los compromisos domésticos con el cuidado de los otros cercanos. En estas situaciones las mujeres comparten, negocian y pactan estos espacios comunes desde sus condiciones concretas y situadas, y desde los principios de reparto equitativo y mayor igualdad, creando así nuevos saberes y éticas prácticas compartidas. Se trata de nuevas formas de relación entre mujeres y hombres con mayores dosis de igualdad, y que implícitamente conllevan una redefinición de las masculinidades y la feminidad tradicionales más acordes con los principios de equidad y solidaridad. Más allá de la arbitraria división y rangos patriarcales atribuidos al espacio público "masculinizado" y al espacio privado "feminizado", mujeres y hombres potencialmente pueden realizar estas prácticas feminizadas de cooperación en el trabajo de producción de bienes y servicios que dan énfasis a la producción de vida mediante el cuidado del otro y el compartir. Aunque los valores llamados tradicionalmente femeninos son puestos en práctica sobre todo por las mujeres dentro de los espacios domésticos de relación, constituyen en realidad esos "otros trabajos esenciales" aunque olvidados y no contabilizados por la macroeconomía oficial, pero que son condición necesaria y previa para el funcionamiento del resto de campos públicos de interacción. Apenas son reconocidos y valorados a pesar de que están al servicio del mantenimiento y la cíclica renovación esencial de la vida de los seres humanos en los microcosmos familiares y domésticos, y en la sociedad en general. Las mujeres en los espacios domésticos de intercambio satisfacen necesidades básicas para la supervivencia y la vida en nuestras sociedades opulentas y en países empobrecidos, como son las necesidades comunes de alimento, cobijo, abrigo, afecto, amor, cuidado, salud, higiene, identidad, dignidad, saber, libertad, alegría y disfrute. 31

Hoy resulta urgente establecer nuevos aprendizajes y cambios fundamentales en todos los campos sociales de relación, y en nuestras creencias y valores prácticos, si optamos por conservar la vida en la Tierra y detener el inmenso daño planetario autoinfringido. Necesitamos nuevos principios ecológicos de orientación básica en todos los campos prácticos de acción humana, y para ello pueden ser de utilidad las formas de relación "feminizadas" más cooperativas y de simbiosis con el otro singular y específico. Necesitamos valores y actitudes feminizadas para aplicarlas a nuestras maltrechas relaciones humanas con la naturaleza, ayudando con ello a la construcción de nuevos valores ecológicos prácticos que respeten y conserven nuestra frágil y limitada casa terrestre. Para frenar la colonización de las fuentes de regeneración de la vida y la crisis ecológica terminal que comporta una cultura y economía humanas en guerra contra la vida, tenemos que cambiar radicalmente nuestras relaciones y actitudes insensibles con las formas de vida y sus elementos. Será necesario el redescubrimiento y la celebración de nuestra inevitable simbiosis y dependencia con la naturaleza, y esto solo será posible con unas nuevas éticas y formas de regulación política junto a unas relaciones cotidianas reinventadas y basadas en el respeto y cuidado para el bienestar, la suficiencia y la integridad multidimensional de la vida. Pero contrariamente, nuestra cultura sobreconsumidora y opulenta no reconoce que sus prácticas erosionan la salud ecológica y la ponen en entredicho, ya que considera la supervivencia amenazada como algo trivial y dado por hecho, al igual que el trabajo femenino realizado para la producción de vida. Desde estas peligrosas creencias y cegueras socioculturales del industrialismo masculino se niega que los procesos vitales son fuente primera de valor y de riqueza esencial por encima de la estrecha rentabilidad económica a corto plazo y supeditada a la competitividad y el negocio en el mercado global. g) Los saberes de conexión y el invisible trabajo femenino 32

Existen dos modos diferentes y antagónicos de relación con la vida, aunque con límites borrosos y con posibilidades híbridas de mezclas entre ellos. El modelo visible y de regulación explícita y global de nuestras sociedades, se trata de un modo masculino de relación basado en la productividad y el crecimiento sin límites, el espacio público de relaciones, la economía mercantil y la ciencia reduccionista y mecanicista, y se caracteriza por elegir unas pocas tareas seleccionadas que aportan éxito profesional y económico. El modelo invisible y feminizado de relación se desarrolla en los espacios privados y espacios cercanos de relaciones informales, desarrolla vínculos y conciencia participativa, e integra a la vez la subjetividad, la cognición, la ética del cuidado del otro próximo, las emociones, la sensibilidad, y está abierto a múltiples tareas y posibilidades innovadoras en contextos concretos aunque tengan escaso efecto en los mercados económicos, las leyes o las decisiones de regulación política e institucional. Las mujeres realizan el inmenso trabajo de producir cotidianamente para la supervivencia y la vida de ellas y de sus familias en prácticas diarias. Establecen relaciones de mayor interdependencia y conexión directas a partir de la vivencia y el compromiso con las necesidades fundamentales de la vida. Muchas mujeres en todo el mundo están más cerca de los bienes y valores de vida en sus hábitos y variedad de relaciones como madres, productoras, consumidoras y ciudadanas. Muchas mujeres que viven en economías de mercado en nuestras sociedades basadas en la desigualdad patriarcal trabajan a favor de la supervivencia inmediata produciendo bienes y servicios básicos en los espacios domésticos de vida. También muchas de las mujeres que viven en economías agrícolas de subsistencia en las que no se separa la producción del consumo viven, trabajan y luchan por su supervivencia inmediata, las de sus familias y comunidades locales, y para ello desarrollan e innovan aprendizajes y culturas femeninas prácticas a favor de las necesidades de cuidado y de regeneración de la biodiversidad de la que dependen muy directamente para asegurar el abastecimiento de recursos básicos. 33

Aunque no se reconozcan y dignifiquen muchas de las prácticas sociales cotidianas comprometidas con las satisfacción de las necesidades materiales y espirituales de vida, y que son realizadas masivamente por las mujeres bajo las desiguales formas de socialización y división sexual, y aunque estén muy invisibilizadas y reciban escasa dignidad social, en la práctica se realizan desde el principio de vida y conservación en lo que son: una trabajo necesario y cotidiano para la vida y su reproducción. Las mujeres a lo largo de la historia humana y en sus papeles sociales como madres, campesinas, curanderas, cuidadoras, parteras,... han dado a luz saberes integradores y necesarios ya que sin ellos no habría sido posible el avance y la continuidad humana. Si estos saberes prácticos hoy se incorporaran en las tareas de gobierno, economía y ciencia sin abandonar el enfoque integrado y práctico que les caracteriza, seguramente podrían convertir en vitales sus aportaciones al pensamiento, la ciencia y a las mismas sociedades industrializadas en las que vivimos. Las mujeres aprenden en la historia su condición de subyugadas y excluidas, algo que paradójicamente también ocurre bajo las modernas promesas incumplidas de la igualdad, fraternidad, libertad de conciencia, y bajo las leyes formalmente universalistas y no sexistas. Muchas mujeres situadas desde el encierro obligado en su cotidianidad o con una doble o triple presencia en los espacios domésticos, públicos y ciudadanos, practican puentes y aperturas creativas y productivas mediante los lenguajes de los sentidos, la afectividad, la cercanía, la diversidad, lo que genera nuevas condiciones y abre posibilidades para la comunicación y el intercambio de experiencias interiores, dolores y alegrías individuales que crean y tejen experiencias colectivas.

En estos microespacios y microcosmos pueden confluir algunas condiciones esenciales para a vida y su continuidad: como son el aprender, la creación, el amar, el experimentar, la reflexión, la resistencia.... y ponen en práctica capacidades esenciales de supervivencia de la especie humana como son el amar, el hablar. el moverse, el reír el comer, el jugar, el soñar, el valorar, el 34

compartir..... Se trata de la vida concreta como creación y descubrimiento diariamente renovado. Las mujeres en sus diferentes roles y lugares sociales hacen que estas capacidades se conviertan en oportunidades de creación y de cultivo en los espacios informales domésticos. Tienen relaciones vivenciales con lo pequeño, lo concreto y singular, lo cercano y cotidiano, y todo ello ha permitido al mundo femenino el desarrollo de prácticas alternativas a los excesos y lesiones de la modernización industrial y el desarrollo en los ámbitos estructurales de la economía, el trabajo y la política. Desde sus situaciones específicas de opresión patriarcal también se pueden derivar otras oportunidades de aprender a vivir en los márgenes y en la periferia, en lugares concretos en los que muchas mujeres se afanan en sobrevivir y dignificar sus vidas creando y recreando sus identidades mediante estrategias de conciencia participativa y de cooperación en redes femeninas que unen a madres, hijas, familia, amistades y vecindad en tareas que implican un compartir las mismas experiencias, responsabilidades, y liberando tiempo para la formación propia y el disfrute personal mediante prácticas éticas del dar y recibir. En las microrelaciones domésticas que actúan ponen en acción prácticas culturales de cuidado sobre el otro singular, algo que es previo y fundante del "nosotros" de la vida colectiva.

Las mujeres en sus papeles domésticos pueden llenar con ética de donación solidaria y con el cuidado de los vínculos y transacciones con el otro concreto en la vida diaria. Con sus populares culturas femeninas situadas y encarnadas en la cercanía y en las redes de proximidad de los pequeños grupos permiten aflorar en muchas relaciones informales las necesidades esenciales de vida y satisfacerlas. Las estrategias múltiples y multifuncionales puestas en práctica por muchas mujeres promueven en la pequeña escala el cultivo de la diversidad y la sinergia en las relaciones, y ambos mecanismos ayudan a dar más estabilidad, comunidad y resistencia a los grupos humanos, algo parecido a lo que ocurre con los sistemas vivos. Se trata en el fondo de procesos de adaptación creativa en medio de contratiempos y a menudo en circunstancias desventajosas y poco 35

favorables en la inmersión e interacción histórica con sus contextos inmediatos bajo principios más cercanos a las reglas básicas de acción de la naturaleza, es decir, la capacidad de los seres vivos en general de usar a su favor los acontecimientos y situaciones de conflicto. Resistencia, resilencia e innovación adaptativa son practicadas por infinidad de mujeres muy diversas en todo el planeta, en el mundo occidentalizado y en otros contextos socioculturales diferentes. Los conocimientos tácitos y cotidianos construidos activamente por mujeres en sus vidas cotidianas son de enorme utilidad ya que pueden ayudar a satisfacer intereses y necesidades urgentes e inmediatas en medio de relaciones informales. Estos saberes de mujeres incorporados y actualizados en los mundos domésticos, aunque tienen un menor rango social y son vistos a menudo como secundarios y lugares que tienden a ser ocupados por engaños y falsas creencias en comparación con otro tipo de saberes como son los desarrollados por el conocimiento científico, sin embargo, al tiempo que están muy influenciados por las ideas y valores de la estructura social de una época y sociedad concreta, además pueden ser de una gran utilidad por su significado práctico y existencial. Sus virtudes pueden estar en que se trata de los saberes prácticos y beneficiosos para resolver problemas diarios de supervivencia básica para los seres humanos. Son un saberes construidos desde la socialización y la inventiva en el aprendizaje espontáneo, desde la experiencia personal y el pequeño grupo, y suelen estar muy teñidos de implicaciones subjetivas y emocionales.

Muchos de estos saberes populares son desarrollados por las mujeres en las tareas múltiples que realizan en los microcosmos de relaciones que establecen. Se asientan sobre aprendizajes intuitivos de socialización primaria y de transmisión osmótica en los procesos participativos y experiencias que en general se dan dentro de grupos y redes en pequeñas comunidades. Se trata de aprendizajes que funcionan como medios de percepción contextual incorporada y depurada de categorías conceptuales objetivadas y abstractas de comprensión, ya que surgen desde el 36

conocimiento práctico y las disposiciones que exigen y posibilitan los contextos inmediatos de acción, la red relacional bajo la forma de conexiones tácitas, graduales, y muy inconscientes. Son saberes para la supervivencia que producen en los contextos inmediatos de vida en los que se inserta el trabajo de aprendizaje y creatividad de los seres humanos. La racionalidad y la lógica separada "desde ninguna parte y sin contexto" ya no juega aquí un gran papel, ya que los saberes experienciales tácitos o explícitos así obtenidos integran elementos que han sido externalizados y separados por el conocimiento de la ciencia y su idea de neutralidad en valores y emociones. Al contrario, los conocimientos femeninos juntan y mezclan la razón y la emoción, el cuerpo y la mente, la naturaleza y el ser humano. El acervo de ideas, saberes, principios morales y métodos prácticos e intuitivos de resolución de problemas de la existencia cotidiana se dan en contextos en los que siguen las pautas del modelo femenino de relacionarse con el mundo: más holístico, más participativo, más integrador, más concreto y más relacionado con la experiencia y necesidades de vida y su renovación diaria. Se trata en definitiva de las necesidades y habilidades que surgen de la experiencia de estar vivos entre otros seres vivos semejantes.

Estos saberes femeninos se desarrollan de manera muy diversificada mediante aprendizajes y saberes prácticos contextualizados y útiles, entre las personas y su entorno inmediato. No son fijos ni están dados de una vez por todas al moverse bajo motivaciones morales y experienciales que varían en su construcción según contingencias y contextos inmediatos. Se caracterizan por nacer dentro de relaciones más circulares y participativas, y tienen grandes componentes afectivos por lo que han resultado ser muy útiles en la historia de las sociedades. Nacen y generan disposiciones cognitivas, morales y sensitivas para establecer capacidades y aprendizajes mediante relaciones y valores de solidaridad, de compartir y de apoyo mutuo. No buscan ni la objetividad ni la universalidad sino que sus fines son experienciales, prácticos e inmediatos. Conllevan en ellos la 37

semilla de la creación innovadora ya que realizan un continuo trabajo constructivo de interpretación y de búsqueda de soluciones a imprevistos y contratiempos. Resuelven e innovan en lo concreto al estar ligados a las exigencias del vivir diario. Es el contexto esencial de la vida cotidiana como seres vivos en grupo en el que se presentan problemas y en el que hay que tomar iniciativas y decisiones nuevas, que a su vez desarrollan desde la experiencia procesos integradores necesarios para la vida humana. Contrariamente al conocimiento desarrollado por la ciencia dominante tienen un carácter inclusivo y parten de una conciencia práctica y participativa que elude las separaciones y frontera radicales al integrar los aspectos morales con aspectos cognitivos, emocionales y sensitivos entre los seres humanos y su contexto inmediato. Hacen puentes necesarios entre la subjetividad humana y los medios concretos de de su supervivencia e integridad física. Conviene visibilizar y recuperar con dignificación estos saberes femeninos prácticos obtenidos por otras vías diferentes a las de las transacciones económicas del mercado dinerario, a las del método científico considerado como el saber superior, o a las de la unidireccional racionalidad instrumental que separa los medios de los valores y fines. La modernidad tardía de hoy día expande la prestigiosa racionalidad y los enormes poderes destructivos del conocimiento científico-técnico sobre innumerables relaciones de la vida cotidiana, e imprime su fría huella en los espacios de relación y convivencia humana mediante sus saberes formalizados y sus artefactos tecnológicos con poderes destructivos de gigantesco alcance espacio-temporal. Aunque socialmente se asigna una enorme validez objetiva y neutral a la ciencia, hoy sus simplificaciones mecanicistas están muy cuestionadas, y ya no son creíbles las viejas aspiraciones del paradigma positivista de la ciencia en sus pretensiones de generar verdades absolutas, universales, objetivas y neutrales en valores y fines sociales, y construido por hombres desvinculados del trabajo de vida en los hogares familiares. h) Ciencia ciudadana a favor de las mujeres, la naturaleza y la gente 38

Dado que la continuidad del actual modelo de desarrollo es imposible por sus extralimitación en el consumo de bienes biofísicos planetarios, el post-desarrollo solo será posible con una nueva alfabetización ecológica y un aprendizaje sociocultural que pueda corregir los excesos y errores destructivos con el mundo vivo basados en la radical separación entre los procesos físicos y la vida social, entre los sentimientos y la racionalidad, entre el cuerpo y la mente humana, y ha de poder reconducir los ámbitos que estructuran y organizan la sociedad industrial como son la el abastecimiento, la producción, la distribución, el consumo, los residuos, el empleo, la fiscalidad, la movilidad, el conocimiento, la ciencia y las tecnologías, las instituciones de gobierno, las leyes.... Las prácticas de la ciencia y los artefactos tecnológicos también han de participar en esta nueva sensibilidad ecológicamente fundada. Todo el conocimiento científico es partcipativo y social, y la ciencia y el método científico no pueden ser idealistamente considerados en torres aisladas de pureza y separación. La ciencia no es neutral en valores y fines sociales ya que no existe un posible observador científico totalmente independiente y que sea capaz de producir verdades universales. La ciencia y las comunidades científicas han de partir necesariamente de los límites y la particular parcialidad de la conciencia humana, los preconceptos y las expectativas. La huella humana está presente en nuestras capacidades cognitivas y en el mismo acto de conocer, y por tanto también actúa en los supuestos conceptuales y perceptivos de las verdades científicas así como en sus concepciones, métodos, resultados y conclusiones.

Contrariamente, un posible conocimiento y ciencia complejos podría partir de supuestos y demandas ético-políticas de ciudadanía, y cuestionar con ello la supuesta neutralidad y objetividad defendida por la ciencia dominante. Esta conexión y compromiso con el pensamiento y las luchas colectivas ciudadanas no ha de supeditarse a las artificiales fronteras dualistas y antropocéntricas con el mundo vivo, y ha de poder 39

comprometerse con las necesidades de vida en los numerosos microcosmos del planeta desde unos nuevos valores de humildad y convivencia ecológica. El no reduccionismo y la modestia han de poder ser nuevos valores orientadores del campo científico y sus aplicaciones tecnológicas junto a la recuperación y el reconocimiento de otros saberes sociales y experienciales que puedan ser capaces de integrar mejor las dimensiones habitualmente separadas entre el cuerpo y la mente, la sociedad y la naturaleza, la razón y la emoción. La diversidad de los saberes experienciales de las mujeres son más holísticos al incorporar los valores femeninos de relación con el mundo. Como el conocimiento científico, también es participativo el conocimiento en el que las mujeres observan, experimentan y crean conocimiento a su vez. No hay una radical separación entre ambos tipo de conocimientos construidos, el de la ciencia y el tácito de las mujeres. El conocimiento femenino es un saber contextualizado en la experiencia de la vida cotidiana y en la resolución de sus problemas con soluciones prácticas y locales, y que también implican procesos de racionalización reflexiva. Son saberes más inclusivos y menos desencarnados de los contextos inmediatos de acción, y potencialmente son más capaces de eludir las rígidas oposiciones entre seres humanos y medio físico, sujeto y contexto, al ser fruto de aprendizajes de disposiciones creadas en la inmersión en procesos que integran ámbitos fundamentales de necesidades y de producción para la vida humana como son la afectividad, el reconocimiento concreto del otro, la alimentación, la salud, la higiene, la sexualidad, la vivienda,......

Los conocimientos experienciales participativos de las mujeres en el campo de relaciones de la vida doméstica se desarrollan más pegadas a las necesidades básicas de supervivencia y continuidad como seres vivos, y en medio de vínculos inmediatos y próximos buscan más la resolución de una multiplicidad de problemas prácticos que el realizar una búsqueda de explicaciones generales. Inmersos en procesos microrelacionales son saberes contextuales adaptados al vivir diario, más que dirigidos por fines y valores 40

universales abstractos, y son producidos de formas muy diversificadas debido a que están situados en singulares contextos y divisiones sociohistóricas y culturales. Los saberes femeninos también integran más los vínculos implicados en nuestros intercambios con el mundo vivo que comienza con nuestros cuerpos, y en los que también están presentes el caos, los imprevistos y la incertidumbre, la enfermedad, la muerte, el azar, la circularidad de relaciones. Responden a formas de ver otras realidades y a un tratar más cooperativo y de apoyo mutuo, y en antagonismo con un mundo viviente dado por sentado y ausente en los campos públicos y masculinos de acción social al integrar los sentimientos y la razón, la mano y el corazón. Los saberes femeninos dan mayor visibilidad a nuestras relaciones directas con los otros humanos próximos sin negar el cuidado de nuestros cuerpos, su crecimiento y salud. Trabajan con la naturaleza más próxima en cuanto seres con cuerpo vivo que somos en tareas múltiples de aprovisionamiento cuidado y maduración. i) Culturas femeninas a favor de la vida y no la muerte Los valores femeninos están más cerca de la ética del cuidado y la moderación ecológica. Las prácticas femeninas del cuidado y la protección de los otros en las que son socializadas las mujeres bajo los códigos y normas patriarcales establecen una diversidad de formas de relación más amables y de convivencia que las prácticas de explotación del estado o del mercado sobre los seres vivos humanos y no humanos. Numerosas prácticas realizadas por las mujeres en sus vidas cotidianas aportan bienes y servicios de cuidado, protección y amor que la humanidad en su conjunto, los grupos, las comunidades, y los seres humanos individuales consumen y necesitan, y en están en clara oposición a la cultura y valores individualistas masculinos impulsados por el actual modelo de desarrollo industrial, una forma de desarrollo que supedita cualquier principio de justicia y ética a las ilimitadas ansias expansivas de una economía globalizada y homogeneizadora. 41

Las éticas prácticas del cuidado de los otros cercanos y reconocidos se basan en principios muy alejados de las violentas destrucciones y el dolor causado por las falsas creencias sobre el crecimiento ilimitado y el bienestar material. El maltrato al mundo vivo potenciado por el actual modelo globalizado de economía, producción y consumo, junto a las tecnologías y la racionalidad científica reduccionista, carece no solo de una mínima ética de solidaridad humana, sino que también es incapaz de mantener una convivencia y un uso respetuoso de los bienes y límites biofísicos terrestres. Por esta razón, la feminización de nuestras relaciones y valores además de ser semilla para la ampliación de nuestra moral individualista, materialista, y exclusivamente limitada a los humanos, supone un valioso potencial de conocimiento y de fuerza ético-social renovada a favor de una más auténtica calidad de vida para el conjunto de la humanidad, y entendida esta mediante indicadores cualitativos y biofísicos de bienestar, y no exclusivamente basada en los parámetros de la productividad, el crecimiento, la expansión económica y la colonización destructiva del desarrollo por todo el planeta. Una nueva mirada y convivencia responsable con la naturaleza exige fomentar aprendizajes nuevos, que sean capaces de adoptar una forma de vivir y conocer desde la experiencia de la fraternidad y compasión con el otro diferente y con identidad propia, mediante el reconocimiento de que los otros diferentes también son un ser vivo con necesidades básicas y dignidad propia, sea estos otros un ser humano, un ser animal no humano, un ecosistema natural o un objeto.

Dentro de las divisiones sexuales que configuran estructuralmente nuestras sociedades, las mujeres continúan en parte encarnadas en sus culturas femeninas de relación aunque muchas de ellas tengan también una presencia en las relaciones individualizadas del trabajo asalariado y del mercado. Las mujeres aún son expertas en la producción gratuita de satisfactores vitales para la humanidad mediante el ejercicio práctico de una fraternidad cotidiana y una responsabilidad con los otros cercanos y concretos. Ellas son 42

hábiles y activas donadoras de cuidados para el amor, la salud y la vida de los otros singulares en sus experiencias cotidianas y mundos privados en los que se relacionan. Los valores femeninos de relación constituyen una forma diferente y compleja de acercarse al mundo real y a su conocimiento porque en sus prácticas, ponen por delante la autocontención, el reconocimiento y las concretas necesidades básicas del otro cercano: hijos, nietos, padres, esposo, abuelos, enfermos, vecinos o pequeña comunidad local, el huerto, los animales domésticos, las plantes, las cosechas. Constituyen formas fraternas y específicas de mirar y de dar respuestas cooperativas a necesidades humanas básicas como son la regeneración, la nutrición, la higiene, el cuidado, el afecto, la seguridad o la protección. Además, estas formas de creación y donación fraterna demás gozan de la virtud de ser accesibles tanto a mujeres como a hombres, aunque sean generalmente las mujeres las que masivamente practican diariamente el trabajo de producción devaluada e invisibilizada de bienes y servicios de cuidado que en último término sustentan todo el conjunto de relaciones y campos sociales, incluidas los públicos del empleo, la economía o la política. En la vocación fraternal las éticas femeninas se incorporan y unen creativamente dimensiones fundamentales del orden de la naturaleza y la necesidad, aunque estas sean devaluadas y sometidas por los valores masculinos y sus lógicas de actuación individualizadas y separadoras. Estas prácticas feminizadas dan protagonismo a la satisfacción de los afectos del corazón, o a la nutrición y salud de nuestros cuerpos en la praxis del vivir, y como seres vivos que somos.

Cabe preguntarse si estos valores femeninos prácticos y cotidianos, podrían tener también la posibilidad de ayudar mediante su reconocimiento y difusión, a la emergencia de nuevas creencias y opciones capaces de afrontar actualmente los mundiales retos destructivos del maldesarrollo industrial que el orden patriarcal viene impulsando aceleradamente. ¿Pueden 43

ayudar iniciar cambios urgentes a favor de una convivencia más sencilla y humilde con el planeta?. En nuestras sociedades fundamentalmente organizadas en función de la diferencia sexual, los valores femeninos tradicionalmente devaluados y recluidos en espacios domésticos muy delimitados, pueden ayudar a construir la nueva y necesaria ilustración ecológica capaz de hacer las paces con el planeta frente a la insensible y dominante cultura racionalista y maquinística del desarrollo. Se trata de unos valores prácticos y populares de mayor conexión ecológica, son practicados desde la experiencia femenina por muchas mujeres en el mundo, y parecen estar más cerca del redescubrimiento y la priorización de los valores substantivos de vida junto al reconocimiento de nuestra común interdependencia humana con los intereses del mundo vivo y su integridad. La ética femenina tiene un potencial, si se expandiera y afectara a los principales órdenes que estructuran globalmente nuestras sociedades, para poder aliviar nuestra mala convivencia civilizatoria con un mundo biofísico terrestre que enferma y muere muy deprisa. Quizás los principios femeninos de vida puedan contribuir a impulsar la tarea pendiente de situar más realistamente a los humanos y sus sociedades, como parte modesta que son y responsables de la protección y preservación de la naturaleza y de sus equilibrios dinámicos básicos.

La cultura femenina aporta nuevos modos de ser, ver, sentir, pensar y actuar. Los valores solidarios de cuidado y protección se oponen a las graves amenazas socio-ambientales del maldesarrollo y a sus gigantescos poderes tecnológicos de destrucción y contaminación que se expanden incontroladamente por todo el planeta. Los modelos femeninos de relación parecen impugnan más las actuales formas individualistas de sometimiento humano y de la naturaleza terrestre limitada y frágil a la que pertenecemos. Muchas mujeres expresan de manera muy diversa en sus vidas cotidianas los valores llamados femeninos de cuidado, amor y de no violencia, mediante prácticas y relaciones de donación de bienes muy diversos, como son el afecto, los alimentos, la limpieza, la salud. El cuidado femenino practicado 44

en sus relaciones circunscritas a los mundos privados y familiares, y a las pequeñas comunidades y economías locales de subsistencia, constituyen en realidad modos alternativos de relación y conexión con el mundo que aportan valiosos valores prácticos de aprecio y dignidad de la vida. Los recientes cambios y avances de muchas mujeres en su posición social y legal, y en la adquisición de derechos de ciudadanía equiparables a los de los hombres, y junto a las mejoras en su estatus sociolaboral y educativo, paradójicamente también implican un desplazamiento parcial de los aprendizajes femeninos a favor de la incorporación en un mundo social regido por los valores jerárquicos masculinos de separación y de conquista destructiva. Esta doble presencia de relaciones femeninas y masculinas a la vez en la vidas de muchas mujeres y en los roles que desarrollan, da la posibilidad de no ser integradas y masculinizadas plenamente bajo los imperativos del patriarcado industrial al guardar como obstáculos y resistencias sus culturas feminizadas, y desde sus éticas relacionales y de cuidado pueden tener la oportunidad de ser redefinidoras creativas de los parámetros y reglas de juego propias de los mundos masculinos en los que se integran. j) Las mujeres en las economías rurales de subsistencia son guardianas de la biodiversidad

Las economías de muchas comunidades del Tercer Mundo dependen directamente de los recursos biológicos locales y cercanos para asegurar su sustento y bienestar, y con ello la biodiversidad es a la vez un medio de producción y un objeto de consumo en las economías de subsistencia que dependen directamente del uso sostenible y de la conservación de los recursos biológicos y su diversidad. Pero contrariamente, la modernización desplaza las tecnologías basadas en la biodiversidad y la destruyen junto a los medios de subsistencia de mujeres, familias y poblaciones. La uniformidad de los cultivos y alimentos producto de la modernizada y química agroindustria socava la diversidad y los equilibrios de los sistemas biológicos, y 45

con ello también lesiona el modo de vida de grupos y personas cuyos trabajos están asociados a los sistemas naturales, como son la explotación forestal, agrícola y ganadera desarrolladas mediante prácticas diversificadas y usos múltiples. El auge de la filosofía mecanicista y que acompañó a la revolución científica moderna en Europa fue aplicada a la naturaleza y a la sociedad humana, y se funda en un arbitrario y radical dualismo de separación entre la naturaleza y la humanidad con la consiguiente sobreexplotación de la parte natural externalizada e imperativamente convertida en simple recurso material. Esta violenta mentalidad separadora se basó en la eliminación de una intuición ancestral: que la naturaleza se organizaba y tenía poderes para regenerarse así misma a la vez que servía de sustento a toda la vida en general. Con las nuevas concepciones de la modernidad mecanicista, la biodiversidad y sus compleja red de interacciones perdieron su dignidad y respeto, ya que carecían de valor y por tanto podían ser expoliadas sin límites prácticos y sin constricciones éticas. Una gran erosión y pérdida de la biodiversidad a escala mundial se ha debido a la expansión de la modernización agrícola y su cultura basada en los monocultivos químicos y en la vulnerabilidad ecológica y social que comportan para las pequeñas economías agrícolas. Pero las mujeres han sido guardianas de las semillas desde tiempos inmemoriales, cualquier estrategia de mejora de cosechas y alimentos debería apoyarse en sus conocimientos y habilidades ya que en la mayoría de las culturas y grupos humanos ellas han sido las guardianas de la biodiversidad. Ellas producen, reproducen, consumen y conservan la biodiversidad en las prácticas agrícolas aunque esto se exprese bajo muy diferentes lenguajes y hábitos culturales en cada lugar y momento histórico, y más allá de que se presente socialmente como algo devaluado, como un "no trabajo", o como un no-conocimiento experto y profesional, a pesar de estar basados en prácticas culturales y en conocimientos complejos. Adaptados y exitosos. 46

El cuidado de la biodiversidad es un trabajo compartido por la naturaleza y las mujeres en las economías de subsistencia. En el llamado Tercer Mundo las exigencias de la supervivencia de los grupos humanos pasan a la vez por garantizar simultáneamente la sustentabilidad de los recursos físico-naturales y la de los grupos y comunidades humanas, puesto que sus modos de subsistencia están muy directamente basados en la reproducción de la biodiversidad local. El trabajo y los conocimientos prácticos de muchas mujeres son de un peso central y estratégico en la conservación y el uso de la biodiversidad, aunque estros trabajos de cooperación con los ciclos y la reproducción de los sistemas ecológicos a menudo los realizan invisiblemente mediante una multiplicidad de tareas prácticas que realizan, pero a la vez sin lenguajes explícitos ni palabras que los marquen, señalen o dignifiquen Estos trabajos femeninos de regeneración de la vida y de protección de la biodiversidad ha ido puestos en práctica por las mujeres en calidad de agricultoras, y a pesar de que han estado muy relegados o no tenidos en cuenta en los habituales análisis economicistas que no suelen considerar el trabajo informal aportado por las mujeres como parte del ámbito de la producción agrícola y la riqueza económica y social.

Numerosas mujeres trabajan para mantener a sus familias voluntariamente y sin ninguna contrapartida salarial. Muchas mujeres rurales realizan importantes tareas productivas en valor y volumen, pero se trata de un trabajo que a pesar de estar invisibilizado socialmente, exige muy a menudo numerosas habilidades y conocimientos muy especiales. Tienen que poseer conocimientos, y ensayarlo cotidianamente, sobre la preparación de las semillas, su germinación y la elección del suelo, lo que a su vez requiere otras habilidades para determinar los niveles de humedad y las condiciones metereológicas. La siembra también exige saberes del ciclo estacional, de climatología y de las necesidades de las plantas junto a otros factores microclimáticos. Además, las mujeres han de tener información sobre las enfermedades que pueden afectar a las plantas, la poda, el uso de 47

estacas, soportes, herramientas; saberes sobre las exigencias de agua y los cultivos asociados y depredadores, sobre la secuencia de cultivos, los ciclos estacionales de crecimiento, y sobre el mantenimiento del suelo. Las cosechas exigen también la adopción de evaluaciones y decisiones con conocimientos para la conservación y producción. Además, las mujeres suelen ser expertas en la crianza de animales de granja, en la silvicultura asociada a la agricultura. En las agriculturas de subsistencia el trabajo de las mujeres consigue transferir a los campos el poder fertilizante de los árboles de los bosques o los huertos. El trabajo y los saberes de las mujeres aplicados a la agricultura destaca sobre todo en espacios intersticiales apenas vistos por la mirada androcéntrica de expertos agrónomos o productores masculinos, se trata de trabajos que hacen de puente entre actividades y sectores visibles y objetivados. Actúan en los flujos ecológicos invisibles, y en condiciones de escasez de recursos o de crisis, la recuperación, la estabilidad y la productividad ecológica se mantiene mediante estos nexos que compensan los desequilibrios.

En cambio, el enfoque sectorial, mecanicista y fragmentador de técnicos y expertos, y adoptados por las regulaciones públicas y por la contabilidad económica, trata a los bosques, al ganado, a las plantas, a las tierras, al agua y a los cultivos como si no constituyeran una unidad sui generis y un orden conjunto, como si fueran independientes entre sí y no tuvieran necesidades y límites de integración en complejas y dinámicas transacciones ecológicas entre ellos. La modernización agrícola está basada en la reconversión industrial y comercial guiada por los criterios de productividad económica. Mediante una cadena de producción mecanizada y fraccionada prioriza los criterios productivistas de cantidad y rapidez, incorpora numerosos tratamientos químicos sustitutivos de las funciones naturales de digestión de los ecosistemas formados por los suelos, las plantas, el agua, el sol, las comunidades de microorganismos y los nutrientes. Mediante estos intensivos tratamientos químicos con productos comerciales fitosanitarios, y junto a la práctica del monocultivo sustitutiva de 48

la diversidad de cultivos, además de los desequilibrios y contaminaciones ecológicas que generan en ecosistemas, suelos, aguas, plantas y alimentos, se potencia la sustitución de las variedades locales y las estrategias autóctonas por las variedades más rentables en el mercado y por las semillas comerciales de alto rendimiento fruto del trabajo de los expertos y los laboratorios de las empresas. Esta eufemísticamente llamada "revolución verde", hija de la agroindustria y de los laboratorios científicos, y que está en la base de la modernización agrícola, ha sido aplicada en las pequeñas economías rurales de subsistencia y arrebata a las mujeres el conocimiento especializado y el control de las semillas y de los recursos genéticos. La biodiversidad implica relaciones en las que el valor de cada elemento y cada parte no se funda aisladamente en ella misma sino que depende de sus relaciones con el todo. El valor de la biodiversidad se entronca con las pautas centrales que animan a los sistemas vivientes en los que la sabiduría, el éxito adaptativo y práctico, y el valor de supervivencia y salud, vienen dados por su relación con el conjunto. Las mujeres en la pequeñas economías agrícolas de subsistencia a menudo también establecen este tipo de conexiones más holíticas entre múltiples elementos: conservan las semillas, la integridad de los ciclos y los nexos ecológicos, la biodiversidad, y por consiguiente también conservan las relaciones que implican equilibrio y la armonía en compleja red de interacciones.

La diversidad de cultivos es esencial para mantener la fertilidad del suelo, alimenta las necesidades de fertilidad de las tierras agrícolas y en oposición, los monocultivos con abonos químicos la destruyen, no restituyen la materia orgánica al suelo ni sus nutrientes como ocurre en los ciclos naturales al valerse de aportaciones periódicas de componentes químicos aislados. También eliminan la colaboración de los microorganismos en las tareas de digestión y alimentación de las plantas. Los productos químicos añadidos matan la flora y fauna que habita en los agroecosistemas de los suelos, y por ello los monocultivos de la agricultura químico-industrial también son causa de daños y 49

desequilibrios en la nutrición de los suelos al sacrificar por el exclusivo interés comercial los tradicionales cultivos de legumbres y oleaginosas que alimentaban las tierras. La biodiversidad también es esencial para las unidades agrícolas de producción para la subsistencia, donde se da producción y consumo a la vez y en todo caso son los excedentes los que se emplean en transacciones y mercado. Con las semillas adquiridas comercialmente aumenta la dependencia industrial, los costes de producción, y al tiempo disminuye el acceso a los alimentos obtenidos localmente. También las semillas comerciales desplazan a las mujeres en la toma de decisiones y control en su papel de guardianas y conocedoras de las semillas y sus usos, y las transforman en mano de obra asalariada, descualificada y dependientes de los mercados, las empresas y los expertos. Pero contrariamente a los destructivos procesos mecánicos, lineales y abiertos propios de la agricultura químico-industrial, el autoabastecimiento que caracteriza a la mayoría de sistemas agrícolas sostenibles implica todo un ciclo cerrado de producción y consumo, algo que es insensatamente desatendido por una reduccionista ciencia económica que solo contabiliza como producción la producción de mercancías para el mercado y define falsamente la producción de subsistencia como trabajo no productivo.

Pero los recursos biológicos han de tener un valor social, ético, cultural y económico añadidos y para ello es necesario cuestionar los supuestos centrales que fundan las concepciones agroindustriales y científicas de las prácticas agrícolas. Cuando se considera a la gente empobrecida del Tercer Mundo que obtienen sus medios de subsistencia directamente de la naturaleza cercana se tiende erróneamente a verlos como consumidores y como destructores del medio natural, y no como lo que fundamentalmente son: productores y conservadores del mismo. Las mujeres participan activamente en los ciclos agroecológicos como productoras y como conservadoras de la biodiversidad a pesar de no ser reconocida ni apreciado el trabajo productivo que realizan junto al trabajo de los sistemas naturales. Contrariamente 50

a la modernidad agroindustrial, la diversidad y las interrelaciones que caracterizan a los sistemas agrícolas sostenibles implica una coexistencia complejamente orquestada entre árboles, cultivos y ganado, algo que está muy alejado de la separación artificial y sectorializada de las nociones de producción, consumo y conservación que maneja la agricultura químico-industrial y las políticas agrícolas al uso. Estas rupturas fragmentadoras de las conexiones vitales ocultan en realidad algo central: la economía política de los procesos que están a la base de la destrucción de la biodiversidad bajo la modernización agroindustrial. La marginación y desigualdad con las mujeres y la destrucción de la biodiversidad son procesos a menudo muy vinculados. El imaginario patriarcal considera al hombre como referencia, medida y centro de todo valor sin admitir la diferencia y la diversidad de las mujeres y de los ecosistemas. Su orden simbólico niega la diversidad al partir de una rígida dicotomía y separación, y que establece a la vez relaciones de jerarquía, dominio y devaluación de la parte designada como femenina y propia de las mujeres. Bajo el imperativo del patriarcado industrial globalizador la biodiversidad es progresivamente desplazada bajo la prioridad de la rentabilidad y productividad económica. La construcción social y cultural de las mujeres como "segundo sexo" en nuestras sociedades muestra la incapacidad que tiene el orden patriarcal para poder aceptar la diferencia al igual que ocurre con el desarrollo agrícola modernizador, que en su intolerancia hacia la multiplicidad y diversidad interconectada también aniquila la riqueza de la diversidad biológica sustituyéndola por la uniformidad, el monocultivo y la homogeneidad uniformada de alimentos. Pero los principios de diversidad y diferencia son principios de riqueza y de seguridad muy vitales y necesarios en la trama de transacciones de los sistemas ecológicos y en las políticas de vida practicadas por las mujeres.

Resistiendo a los imperativos del patriarcado agroindustrial y tecno-científico, en el llamado Tercer Mundo muchas mujeres producen mediante la preservación de la biodiversidad. El trabajo 51

de las mujeres y sus medios de vida en las agriculturas de subsistencia se basa en el uso múltiple y la gestión inteligente y acoplada a los ritmos de los sistemas ecológicos, gestionan multifuncionalmente la biomasa para la obtención de forraje, abonos, alimentos y combustible, y se trata de actividades de gran importancia por su valor ecológico, económico y social. Contrariamente, la ciencia agronómica reduccionista y los técnicos y expertos al servicio de las grandes empresas producen por medio de uniformidad, y tan solo conciben la biodiversidad como materia prima para la industria biotecnológica y sus laboratorios "creadores de vida, y no como semillas en las que el valor está en ellas mismas, en el potencial que guardan para asegurar la continuidad de la vida, algo muy alejado de la producción y comercialización deliberada de semillas con premedita esterilidad diseñada en el laboratorio para que no puedan engendrar futuras generaciones y asegurar que los agricultores están obligados a comprarlas bajo rimbombantes etiquetas como la de "semillas híbridas protegidas por patentes". Las patentes privadas sobre la vida y las biotecnologías contribuyen a eliminar la biodiversidad de la producción de la Tierra, las mujeres y el Tercer mundo, y con ello también privan de alimentos sanos y sin riesgos a consumidores de todo el mundo. Con las patentes privadas, el mercado sobre las semillas, y los derechos privados de propiedad, las grandes empresas juegan a ser dioses al percibirlas como si fueran de creación y exclusiva invención propia al tiempo que despojan y vedan la posibilidad de producir el producto patentado salvo que se pague económicamente un derecho de licencia a la compañía económica que ha registrado la patente y ejerce sus derechos y control sobre las semillas.

Pero en realidad los científicos no pueden crear la vida ya que es solo la naturaleza quien crea las semillas de las que se apropian las grandes empresas aunque las conciban como si fueran sus exclusivas innovaciones y propias de genios. La patentes sobre la vida constituyen hoy una nueva forma de piratería a inicios del siglo XXI ya que despoja a las poblaciones rurales y a las mujeres 52

campesinas pobres de su custodia, control y cuidado mediante el saqueo ejercido por grandes empresas multinacionales y consentido por gobiernos y científicos. 53

k) La justicia ambiental y las desigualdades en el consumo planetario Los conflictos ambientales son multidimensionales al implicar relaciones de todo tipo: socioeconómicas, culturales, políticas y éticas, y comprometen a grupos humanos y a países con relaciones de enorme y creciente desigualdad entre ellos. La crisis ecológica que padecemos no es sólo un asunto de mentalidad cultural masculina, dualista y antropocéntrica, ni tampoco responde exclusivamente a un simple problema de desajuste con posibles soluciones técnicas de eficiencia, de rentabilidad económica, o de sustitución de los recursos naturales por materiales sintéticos y tecnologías, sino que es también producto de un mundo desigual e injusto entre la minoría humana de los centros del desarrollo industrial y la inmensa mayoría humana que habita el resto del planeta. Las causas centrales del colapso ecológico están en el Norte industrializado y minoritario en población, pero adicto y sobreconsumidor de los bienes naturales cada vez más escasos y envenenados. Para los países industrializados del norte y sus estilos de vida derrochadores todo el planeta es el supermercado y la fuente potencial para extraer recursos para la producción económica, y sus huellas de destrucción ecológica no paran de ampliarse. Una minoría de la población humana planetaria sobreconsume, debilita, y destruye la mayoría de los limitados bienes ecológicos al no respetar la capacidad de carga, de regeneración y de absorción de los desechos por parte de los ecosistemas naturales.

Las diferencias y desigualdades existentes en la presión humana sobre el planeta hace mucho más responsables y destructores al norte rico y desarrollado, que aunque tenga menos población ejerce mucha más presión destructiva mediante la ilimitada producción y consumo de recursos ambientales de todo tipo necesarios para sus estilos de vida materialistas y derrochadores. Muchos de los impactos medioambientales como por ejemplo son 54

la contaminación atmosférica global y el cambio climático afectan muy desproporcionadamente a los habitantes del sur, aunque principalmente son debidos a los derrochadores usos sociales de la contaminante energía fósil por parte de los habitantes del norte rico e industrializado. El norte sobreconsumidor junto a las minoritarias elites del sur arrastran una enorme deuda ecológica que no para de crecer, ya que existe un comercio ecológico desigual y una historia impune de saqueo medioambiental de los países y poblaciones empoprecidas, y que produce cada vez más huidos y refugiados ambientales. La economía globalizada y la industria agroalimentaria han degradado las aguas, el aire y las mejores tierras fértiles de los ecosistemas locales tradicionalmente mantenidos con métodos respetuosos con los ciclos de regeneración bajo las economías y culturas rurales de subsistencia. Estas pequeñas economías suelen ser ambientalmente mucho más respetuosas que las modernas economías agrarias dedicadas al monocultivo de agricultura química y dirigidas a la exportación hacia los países del norte. al tiempo. Las políticas de la modernización agraria esquilman recursos naturales vitales y ponen en peligro la suficiencia y la seguridad alimentaria de las poblaciones locales afectadas. El modelo y los cánones de valor del alto nivel de vida orientado hacia el consumidor que impera en los países del norte industrializado no puede mantenerse ya por mucho tiempo ni puede extenderse al esto del mundo sin que los equilibrios de la biosfera se colapsen. Sin la explotación pasada y presente de pueblos y países colonizados no se pueden mantener los inmoderados niveles de vida de los ricos sobre-consumidores del norte. Desde este punto de vista, el desarrollo no es ni podrá ser nunca un proceso lineal de mejora progresiva, sino que más bien se trata de un proceso enormemente polarizador en el que unos son cada vez más ricos porque empobrecen cada vez más al resto.

Una cuarta parte de la población mundial consume el 75% de los recursos del planeta y produce el 80% de las emisiones 55

contaminantes de CO2 junto a la proliferación en espiral de sus desechos industriales y domésticos. La continuidad del actual modelo de crecimiento industrial solo lleva a la destrucción ecológica y a una desigualdad mayor con un aumento de pobreza, y los primeros perjudicados será las mujeres y la infancia. El modelo de consumismo y de desarrollo emulador, y basado en necesidades y objetos sin fin que vienen de algún lugar de la naturaleza que sufre o muere, y que impera en el Norte y en las elites del sur, sencillamente no puede extenderse al conjunto de habitantes del planeta a la vista de las crecientes catástrofes ecológicas y deterioro de la vida material que a la vez comportan. Por ello, en los países ricos debe comenzar la superación de sus valores antropocéntricos, el productivismo y el consumismo mediante una reducción voluntaria del nivel de vida, y mediante un cambio en sus hábitos prácticos de consumo a favor de la simplicidad, la reutilización y el reciclado como valores alternativos para la buena vida y su disfrute. Esto supone que potencialmente existen modos muy diferentes de resolver las necesidades humanas básicas pero mediante satisfactores diferentes a los comerciales y al saqueo ambiental ejercido por una economía y una necesidades que se basan en un crecimiento sin fin. La liberación de este consumo social y ecológicamente irresponsable mediante el cambio radical en nuestros estilos de vida implicaría la elección de unos satisfactores de nuestras necesidades menos destructivos. Una necesidad básica profunda en el fondo no puede satisfacerse comprando compulsivamente objetos mercantiles que entran en la endemoniada espiral del usar y tirar. Además, también será necesario que los países del Tercer Mundo abandonen los estándares y hábitos de consumo imitativos a fin de librarse de la dependencia y colonización mental, emocional, cultural y económica, y para ello se necesitan estrategias no emulativas de transdesarrollo que hagan un uso más eficaz, precavido y sensato de los propios y limitados recursos ecológicos para el propio bienestar. 56

Las mujeres también son sujeto y objeto de los hábitos de consumo. En los años veinte se descubrió que los hogares eran un mercado potencial un suculento negocio si se invadían con mercancías producidas industrialmente, y para ello era necesario movilizar a las mujeres como agentes de consumo y perseguidoras de sueños y necesidades de todo tipo. Esta sociedad del desecho ha creado una enorme gama de nueva adicciones identitarias y de compulsivas aficiones a ir de tiendas, algo que está muy presente en las vidas de muchas mujeres sometidas a la influencia de las pautas de consumo difundidas por la engañosa publicidad de unos productos de la industria anunciados como mágicos convertidores de sueños de libertad y realización personal. l) La emancipación de las mujeres y de la naturaleza van juntas Si no queremos una naturaleza silenciosa y muerta será necesario cuestionar la demasiado optimista y metafísica idea ilustrada del desarrollo y el progreso indefinido ya que constituyen una ilusión peligrosa y dormitiva, una insensata religión moderna que desatiende los estrechos márgenes de maniobra humana y de tolerancia de la naturaleza. Hoy, muchos de los esfuerzos emancipatorios de las mujeres defienden también el mundo vivo que nos sustenta y la humanidad entera, y reconocen la necesidad de sanar las heridas de la Tierra generadas por el desarrollo. Incorporan con ello la crítica al proyecto patriarcal industrializador hoy dominante en su versión neoliberal y globalizadora para con el mundo vivo que nos sustenta y para con la humanidad entera, ya que la biosfera está transversalmente co-implicada con todas las esferas de la acción humana y no puede eliminarse como algo superfluo o como algo abyecto carente de valor.

Las luchas de emancipación de las mujeres guiadas exclusivamente por el acceso igualitario con los hombres al desarrollo industrial y a la participación en el reparto de los beneficios, supone una pobre solución estoica en su creencia de 57

que las mujeres nos podemos liberar con solo repartir más equitativamente todo tipo de recursos, osea: un "ser libre en las cadenas", ya que implica a la vez y ocultamente una mayor indiferencia destructiva hacia la naturaleza y el futuro. Paradójicamente, esta ceguera igualitarista de muchos esfuerzos emancipatorios de las mujeres que buscan igualarse con los hombres a cualquier precio, en realidad vuelven a meter por la ventana lo que quieren sacar por la puerta. Es decir, no consiguen reconocer que sus aspiraciones de igualación y reparto dejan intacto el contexto estructural patriarcal en que se integran, y que está caracterizado por un gran vacío moral y un maltrato con la misma vida. Las aspiraciones de un reparto equitativo en todos los campos sociales resultan ser más bien una integración acrítica y dócil en las formas de organización creadas históricamente por unas sociedades patriarcales modernas, que además de ser un producto muy particular y construido históricamente, conllevan una trágica agenda oculta: el prometeico dominio para con una naturaleza que sufre y que también es parte de nuestros cuerpos y de nuestras vidas. Para poder escapar de estos peligros y "cegueras liberadoras" en nombre de los principios de la igualdad con los hombres, las reivindicaciones de las luchas y políticas emancipatorias de las mujeres han de poder entrelazar y someter las políticas igualitarias a favor de repartos más equitativos con los hombres con las políticas ecológicas y las políticas del reconocimiento de la diferencia y la diversidad intercultural.

Por tanto, las diferentes versiones y proyectos emancipatorios ideados históricamente por las mujeres deberán ampliarse, complementarse y corregirse bajo el compromiso con las opciones a favor de la supervivencia y el futuro, mediante un programa de cambio ecológico y alternativo al de la actual hipermodernidad productivista del patriarcado industrial. Para ello será necesario reconocer que se dan formas de correspondencia compleja y numerosas co-implicaciones entre todas las formas de opresión (sexismo, racismo, clase, edad, naturaleza, Tercer mundo, étnica...). Estas específicas y diversas concreciones 58

históricas de opresión necesitan ser comprendidas y asumidas para posibilitar las alianzas de intereses y objetivos emancipatorios y estratégicos comunes, y todos ellos han de poder integrarse y compatibilizarse con la supervivencia y el respeto a los límites infranqueables de los sistemas vivos, su salud y su regeneración. Los proyectos emancipatorios de las mujeres tienen por delante la tarea de reconocer las vitales conexiones entre la Tierra y la sociedad humana, lo que implicará asumir que la mejora de la humanidad y de las mujeres no puede seguir dándose por en separado y dando la espalda a la salud de la Tierra y a la hermandad infrahumana con la que compartimos nuestro nicho terrestre. Por tanto, hoy resultan urgentes las estrategias de cambio de todo tipo y nivel, y no son suficientes ni los grandes cambios estructurales ni los pequeños cambios individuales en nuestras micro-interacciones cotidianas, si ambos se siguen dando por separado y en profunda desconexión. Estos macro y micro-cambios urgentes y acompasados han de poder expresarse mediante utopías concretas, prácticas y realizables que opten por afrontar realmente los enormes peligros y dilemas de una civilización industrial que avanza sin control, tal y como lo haría un avión llevado entre la niebla por una tripulación masculina que carece de mapas y de instrumentos de orientación. m) La espiritualidad de conexión con la naturaleza

El desarrollo del patriarcado industrial comporta una enorme ruptura de los nexos ecológicos, sensitivos y culturales con la naturaleza en el seno de las sociedades humanas. El desarrollo modernizador y su individualismo consumista promueve un estado creciente de desamparo cultural y espiritual de la gente y de las comunidades humanas en relación con los lugares, los paisajes y la propia tierra natal a la vez que impulsa la destrucción ecológica del propio hogar. Transforma las redes orgánicas en relaciones de grupos y de sujetos desarraigados que desarrollan aspiraciones de libertad y riqueza sin límites en sus búsquedas de identidades de seguridad, felicidad y riqueza abstraídas de sus 59

substratos biofísicos. En cambio, muchas luchas ecologistas y étnicas en países del Sur hacen defensa de identidades y raíces contra esta aislamiento y déficit se sentido para recuperar sentimientos de seguridad, dignidad y control del propio destino. La Tierra no es solo física y mecánica como propone la dualista y excluyente óptica cartesiana, también es posible una concepción ética de la Tierra y su conservación que reconozca que es fuente primaria de sustento y de nuestra existencia, además de ser un medio de trascendencia espiritual y cultural. En antiguas sociedades tribales y agrícolas las identidades culturales y religiosas emanan de la Tierra que se concebía como condición primera para regenerar la vida en la naturaleza y en las sociedad. Concebían la Tierra como hogar ecológico, cultural y espiritual., como fuente de sustento y no solo como un factor de producción o dinero. El fundamento de la Tierra actúa de principio de reproducción de la vida biológica y espiritual, y desde este lazo terrestre potencialmente se pueden construir mitos, memoria, antepasados, historia y vida cotidiana. El sol, la luna, el aire, los ríos, los árboles, son signos de continuidad humana y de nuestra primaria existencia conectiva y sinérgica, por tanto, la renovación de la sociedad puede presuponer la preservación de su integridad y un tratamiento de la Tierra como sagrada.

Pero la actual producción industrial y económica carece de corazón y de espíritu, y no está dictada por las necesidades fundamentales de la gente y grupos humanos, sino por las empresas transnacionales y los países industrializados que fomentan un modelo de economía extractiva de capitales naturales provenientes de cualquier parte del mundo. Esta riqueza económica se sustenta en una economía materialista basada en un creciente suministro de mercancías con la consiguiente depredación de la vida. En esta época de modernidad tardía la Tierra deja de ser fuente comunal de vida, y las actuales relaciones con la Tierra del desarrollo industrial están 60

desacralizadas y empobrecidas de sentido al reducida a simple objeto y materia para la conquista y la apropiación humana. La riqueza, la vitalidad y la diversidad de la naturaleza han sido distorsionadas por el simbolismo central de la dominación masculina que a menudo sólo ve en el hombre el principio activo para la transformación y la creación, y al tiempo la naturaleza es despojada de sus poderes y dignidad. La industria y sus artefactos tecnológicos extienden la mercantilización y el control de los "expertos" sobre los principios procreativos de la vida que habita en especies y ecosistemas que son irreponsablemente convertidos en pasivos, fragmentados y manipulables. Bajo la alianza entre el mercado, la gestión pública, y la ciencia positivista junto a sus saberes aplicados mediante tecnócratas por planificadores y expertos, lo destructivo en la naturaleza emerge detrás de cada nuevo proyecto de desarrollo. Las nuevas tecnologías reproductivas y las biotecnologías implican una vuelta de tuerca más en estos procesos destructivos llenos de peligros e incertidumbres ya que se encaminan a extender la mercantilización y el control de los "expertos" sobre los principios procreativos de la vida presentes en los complejos metabolismos genéticos del mundo animal y vegetal. Lo destructivo y una eugenesia liberal emergen así peligrosamente como proyecto delirante de salvación. La posible construcción de una cultura ecológica habrá de renunciar a la indiferencia ética y moral para con la supervivencia y la vida, y tendrá que alejarse también de las falsas retóricas verdes de supermercado propias de tecnócratas, de políticas ambientales y de una tecnociencia fragmentadora y reduccionista que aún mantiene la ilusión de poder compatibilizar la continuidad del desarrollo modernizador con la protección ambiental.

Una nueva espiritualidad verde ha de incluir el reconocimiento y dignificación de los aspectos de la experiencia humana y la realidad más cercanos a nuestras necesidades básicas y comunes 61

de supervivencia como seres vivos, y que habitualmente son relegados por el imperio destructivo del idealismo de la conciencia y la razón instrumental. La jerarquía organizada de sistemas vivos tiene un estatus de contexto desde el punto de vista de las sociedades y los sujetos humanos, por lo que toda acción humana debe dejar de ser entendida en abstracto y aislada de los ecosistemas naturales en los que necesariamente se encarna. Una ética y espiritualidad fundada en los lazos con la naturaleza habrá de impulsar unos conocimientos y una percepción humana que tenga al menos dos sentidos diferentes: uno que responda al conocimiento construido a partir de percepciones contextuales y locales que utilizan la información registrada por los sentidos y la conciencia, y el otro que responda al conocimiento originado mediante los impactos y procesos biofísicos que sin brecha de separación espacio-temporal tienden a extenderse y conectar todo, desde los genes a la estratosfera. El nuevo protagonismo que han de tomar nuestras transacciones con el medio natural y físico ha e expresarse y estar presente en nuestro vivir diario: los alimentos, el cuerpo, la naturaleza local y holística, lo cualitativo, la empatía, los sentimientos, las emociones, la estética, los objetos y artefactos, los elementos físicos, los animales, las plantas,..

Para la superación del desarrollo industrial en la dirección de recuperar una convivencia más armónica y respetuosa con nuestro planeta y nuestros cuerpos vivos, una nueva espiritualidad no productivista e inspirada en el reconocimiento de la naturaleza como primera fuente regenerativa de nuestro sustento y existencia, ha de tomar en serio el orden central de las cosas y de los acontecimientos en nuestro planeta, puesto que cada parte del universo y de nuestra vida están relacionadas como en un holograma, es decir, contiene la imagen del conjunto y del todo con el que nos conectamos y vivimos mediante nuestras experiencias cotidianas. Esta nueva cultura de conexión ecológica habría de poder interiorizar y autoimponerse conscientemente las restricciones que existen en el conjunto del universo, para con ello poder avanzar hacia sociedades más justas y en armonía con las 62

necesidades de continuidad y creación de la naturaleza en el tiempo.

o) Feminizar el mundo para liberar

a la naturaleza y a la gente Nuevos proyectos y esperanzas se necesitan para reconstruir la comunidad natural y humana bajo unos nuevos principios morales no arrogantes y alejados del idealismo antropocéntrico masculino. Nuevos bienes y valores ecológicos y femeninos han de poder orientarnos: suficiencia, equidad, parsimonia, simplicidad, conectividad, creación, holismo, cooperación, colectividad, sabidurías interculturales ,comunitarismo, individualización, autoconsciencia, biodiversidad, localización, glocalización, multilateralidad, tecnologías blandas y propias, placer y cultivo de mente y cuerpo, descentralización, democracia participativa, bioregionalismo... Las propuestas comprometidas con la liberación conjunta de las mujeres y de la naturaleza señalan la necesidad de nuevas concepciones valorativas y percepciones que no dividan ni separen binariamente la complejidad del mundo justificando el dominio de la parte definida como inferior: la cultura de la naturaleza, el espíritu de la materia, la mente del cuerpo, la razón de la emoción, la ciencia de los conocimientos prácticos y tradicionales, el sujeto del objeto, lo público de lo privado. Este reto del transdesarrollo exige un nuevo pensamiento, valores y prácticas de paz, cooperación, suficiencia y humildad frente a la violencia y arrogancia negadora de nuestros vínculos medioambientales y a menudo practicada contra las mujeres, la naturaleza y los países del Sur.

Nuevas utopías materiales y concretas son posibles y realizables. Frente a la imposibilidad de mantener por mucho tiempo más las sociedades basadas en las riquezas ilimitadas para una minoría y los derechos de propiedad privada que esquilman y afligen al resto de la sociedad y el planeta, es necesaria la transición hacia formas de vida más sencillas y cooperativas, con culturas que 63

fomenten los valores de simplicidad, comunidad y equidad mediante la suficiencia y la moderación frente al actual modelo de la abundancia y el despilfarro de las llamadas modernas sociedades sobreconsumidoras. Frente a la incertidumbre estúpida y banal presente en las endiosadas pretensiones de la actual modernización y su aparente fatalismo, se necesita el un compromiso responsable con las incertidumbres y amenazas dispersadas, mediante la asunción de principios y políticas prácticas de precaución y responsabilidad con la trama de la vida. Para ello, serán necesarios importantes cambios estructurales en el norte y en sus intercambios con otros países y lugares desde principios de justicia equitativa y desde una economía verde, junto a tecnologías ecológicas apropiadas. Significará exigir que las economías globales y locales se sometan a los condicionantes de la biosfera internalizando las externalidades y los costes ecológicos que se disparan irradiándolo todo a lo largo del ciclo económico (desde la montaña y extracción al residuo y vertedero), ya que hasta ahora tan solo son percibidos como consecuencias externas no computables en el sistema económico y productivo que aparece así falsamente inmaculado y limpio de toda culpa y responsabilidad. La economía ecológica deberá expresarse también en los precios de los productos, en el consumo, y ha de apoyarse en una fiscalidad de incentivos y de penalizaciones económicas a las prácticas dañinas no responsables con la protección ecológica, junto a medidas públicas que impulsen los cambios estructurales necesarios que inciten otros comportamientos y actitudes humanas mediante una amplia difusión de información y reflexión abierta, y con exigentes normas de calidad de vida y unas tecnologías medioambientalmente no dañinas.