Dando voz a los derechos de los animales

Escrito por Dra Marta Tafalla.

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No sé si han leído a Darwin. No suele formar parte de los planes de estudio de ninguna asignatura, ni en la educación secundaria ni en la universitaria. La comunidad científica considera correcta su teoría de la evolución y continúa trabajando en ella; toda persona culta sabe que las especies no fueron creadas tal como hoy las conocemos, sino que son el resultado de un proceso evolutivo; sabe que todas las especies están emparentadas y comparten un mismo origen, y que eso incluye nuestra propia especie. Pero la mayoría jamás ha leído los textos de Darwin ni sabe con exactitud qué es lo que dicen. Y esa ignorancia resulta sorprendente, dado que Darwin fue el primer científico capaz de responder a la pregunta ¿de dónde venimos?

Parece que ese sería un motivo para que la obra de Darwin encabezara todas las listas de lecturas, y sin embargo no es así. Probablemente, la gente no tiene el menor interés en saber de dónde venimos, o prefiere positivamente no saberlo.

Y si la mayoría de personas desconocen la teoría científica de Darwin, menos saben aún que, una vez Darwin hubo formulado esa teoría científica, publicada en el libro El origen de las especies el año 1859, se ocupó de pensar las implicaciones morales de su descubrimiento y de formular una filosofía moral. Darwin dedicó mucho tiempo a leer a los grandes filósofos morales, sobre todo a Hume y a Kant, y a formular su propia teoría moral. La publicó en 1871 en un libro que lleva por título El origen del hombre, y que debería ser de lectura obligada en todas las escuelas.

Es en ese libro donde Darwin propuso la expresión que yo he venido usando hasta ahora del círculo de la moral, y donde nos ofreció una explicación de por qué nuestras actitudes morales están encerradas en un círculo, y se basan en a quién incluimos y a quién excluimos. La explicación de Darwin, sintetizada, es la siguiente. La moral no es algo eterno, existente por sí mismo, que ya existiera en este planeta antes de la llegada de los seres humanos. La moral tal como nosotros la entendemos, la bondad, la justicia, todo eso nació con la especie humana, es un producto evolutivo, se desarrolló como se desarrollaron nuestras manos, nuestra posición erguida, la inteligencia o el lenguaje. Se desarrolló como una estrategia de supervivencia, una forma de vivir y de convivir mejor.

La moral humana se desarrolló cuando el ser humano todavía estaba emergiendo de la animalidad y convirtiéndose en lo que hoy es. Nació a la vez que se desarrollaba la inteligencia, el lenguaje, se aprendía a hacer instrumentos de caza, se decoraban las cuevas con pinturas o se enterraba a los muertos. Fue entonces cuando el ser humano comenzó a desarrollar las nociones de justicia, responsabilidad, los sentimientos morales como la culpa y el perdón, la simpatía o la compasión. Fue entonces cuando el ser humano aprendió a ser altruista, a compartir la comida, a ayudar a los demás, a cuidar de los enfermos, adoptar niños huérfanos.

Pero en aquel momento en que nació la moral humana, los seres humanos vivían en tribus, en grupos familiares de entre 15 y 30 personas que compartían un mismo hogar, la actividad de la caza y la recolección, y el cuidado de los hijos. Esas personas se ayudaban en todo porque eso hacía su vida más segura, más confortable y más placentera. Cada miembro de la tribu daría su vida por los demás, cuidaba de ellos, les era fiel. En esa tribu entraba su familia, quizás también parientes lejanos, a veces otros humanos con los que no tenía vínculos de sangre pero con los que había creado una relación de amistad. E incluso algunos animales de compañía, perros, o algún otro animal adoptado de cachorro. Pero su moral se acababa con los límites de la tribu, tenía el mismo tamaño que su tribu. Quienes no formaban parte del grupo, del círculo, podían ser maltratados, torturados, esclavizados, sin que ello causara el menor remordimiento.

Dentro del círculo se tejen fuertes lazos de responsabilidad moral. Cada cual se siente responsable de los otros, sabe que debe ayudarles si le necesitan. Sabe que tiene deberes hacia ellos, y que también tiene derechos frente a ellos. Firmes lazos de reciprocidad, de respeto mutuo, crean lo que llamamos una comunidad moral. De ese tejido se alimentan luego las normas de convivencia, las leyes, la institución judicial. Naturalmente, un día uno puede mentir o robar a un miembro de la tribu, pero eso suele despertar remordimientos, sentimientos de culpa y deseos de reconciliación. En cambio, los seres que existen fuera del círculo no nos despiertan el menor sentimiento moral; no son seres frente a los que tengamos responsabilidades, sino sólo instrumentos que usar, esclavos que explotar.

Eso era así para nuestros antepasados cazadores-recolectores, y los antropólogos han podido comprobar que sigue siendo así en las culturas de cazadores-recolectores que todavía sobreviven en algunos rincones del planeta. El origen de nuestra moral es tribal, y el problema es que cada uno de nosotros sigue pensando la moral en términos tribales. Seguimos pensando en términos de los nuestros y los otros, los que incluimos y los que excluimos.

Así pues, esa esquizofrenia moral en la que viven la mayoría de los seres humanos tendría una explicación natural, biológica. Pero que sea natural no quiere decir que sea insuperable. Al contrario, que conozcamos las raíces de nuestro problema nos ayudará a vencerlo. Darwin era optimista y creía que existía la posibilidad de un progreso moral, que las personas eran capaces de ampliar voluntariamente su círculo moral. Y creía que, de hecho, a lo largo de la historia de la humanidad se había producido un cierto progreso. Con la sucesión de las generaciones, muchos de esos círculos morales se habían ido ampliando más allá de la tribu para acoger a muchos más seres. Se trata de un progreso lento y difícil, pero Darwin creía ver que existía. Nuestra capacidad para la reflexión, la educación, el cultivo de los sentimientos morales, el viajar, conocer a personas de otras culturas, irían convenciendo a las personas, en cada generación, de ampliar un poco más su círculo moral.

En la historia de la humanidad, poco a poco, los límites del círculo se extendieron más allá de la tribu para abrazar a una ciudad de miles de habitantes, a una nación con millones de miembros, o incluso a toda una raza, con miles de millones de personas dispersas en países distintos. En ese proceso de ampliación, ha habido límites muy difíciles de superar. La raza es uno de ellos. El sexo es otro. Hay un momento significativo en la historia de la humanidad: cuando en el siglo XVIII los colonos europeos fundaron los Estados Unidos de América, fueron los primeros en incluir una declaración de derechos humanos en la fundación de un Estado. Esos padres fundadores eran intelectuales y políticos progresistas y tolerantes. Pero los derechos que se concedieron eran sólo para los varones blancos de origen europeo y cierta posición social. Los pobladores nativos de América eran tratados como animales y se les regalaban mantas infectadas de viruela para que murieran. Los negros eran objeto de comercio y esclavos en las casas de los blancos. Las mujeres mera propiedad de sus maridos. Los animales salvajes, cazados y exterminados. Las grandes riquezas naturales de Norteamérica, preservadas durante milenios por sus pobladores originales, comenzaron a ser destruidas.

Sin embargo, un siglo después, Darwin era optimista. Muchas personas defendían ya la abolición de la esclavitud, algunas activistas por los derechos de las mujeres comenzaban a ser escuchadas, e incluso nacía una cierta conciencia ecológica. Darwin confiaba en que pronto toda la humanidad quedaría abrazada por un solo círculo moral que nos uniría a todos, de forma que cualquier ciudadano de cualquier país del mundo, fuera de la raza, la nación o la religión que fuera, se sentiría afectado si cualquier otra persona era tratada de forma injusta o sufría una gran desgracia.

La esperanza de Darwin pareció realizarse cuando el año 1948 la ONU promulgó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Muchas personas viven hoy creyendo firmemente en esa universalidad. Aunque basta con mirar un telediario para comprender que en la práctica esos derechos no se respetan, al menos, podemos hablar de universalidad, y tenemos instrumentos para exigir el respeto de esos derechos.

Darwin creía que, en un futuro próximo, el círculo uniría a toda la humanidad, y que una vez eso se hubiera conseguido, el progreso no se acabaría ahí. Sino que se ampliaría una vez más para acoger a todos los animales. Hasta que no quedara fuera ningún ser capaz de sentir dolor.

“A medida que el hombre avanza por la senda de la civilización, y que las tribus pequeñas se reúnen para formar comunidades más numerosas, la simple razón dicta a cada individuo que debe hacer extensivos sus instintos sociales y su simpatía a todos los que componen la misma nación, aunque personalmente no le sean conocidos. Una vez que se llegue a este punto, existe ya sólo una barrera artificial que impida a su simpatía extenderse a todos los hombres de todas las naciones y de todas las razas. La experiencia viene a demostrarnos, desgraciadamente, cuán largo tiempo transcurrió antes de que miráramos como semejantes a los hombres que difieren considerablemente de nosotros por su aspecto exterior y por sus hábitos. Una de las últimas adquisiciones morales parece ser la simpatía, extendiéndose más allá de los límites de la humanidad. (...) Esta virtud, que es una de las más nobles que el hombre posee, parece tener su origen incidental en que nuestras simpatías, al hacerse más delicadas y extenderse por mayor esfera, alcanzan, por último, a todos los seres sensibles; pues una vez esta virtud es honrada y practicada por algunos pocos individuos, se esparce por la instrucción, por ejemplo, a los jóvenes, y concluye por formar parte de la opinión pública.”1

Cada vez que ese círculo se amplía para vencer un obstáculo, se producen las mismas reacciones de quienes están en contra de esa ampliación. El racista que se niega a que las personas de color tengan los mismos derechos reacciona de la misma forma que el machista que no quiere que las mujeres puedan acceder al mismo puesto de trabajo. No quiere ser igualado al otro, al negro, al gitano, a la mujer. Lo que le sucede es que siempre se ha sentido superior al otro, siempre ha sentido que estaba legitimado a maltratar, usar, despreciar, al otro, y no puede soportar ser igualado. Teme perder un privilegio: el de su supuesta superioridad para despreciar y maltratar.

“No nos gusta considerar nuestros iguales a los animales que hemos convertido en nuestros esclavos.

Quieren un círculo lo más estrecho y reducido posible, como si la moral fuera un club privado para varones blancos europeos ricos, que entre sí se tratan con educación y esmero, mientras fuman puros en elegantes salones, pero que cuando regresan a casa por la noche pegan a sus hijos, desprecian a sus esposas, violan a la criada, y le pegan una patada al perro. Quieren ser los únicos con derechos, y poder así dominar a todos los demás. Por tanto, buscan a la desesperada razones contra esa ampliación del círculo. Se dice que el indígena no es más que un animal, que las mujeres no tienen la misma inteligencia que los hombres, que los animales no tienen alma… se trata siempre de buscar una razón que permita justificar la superioridad de unos sobre otros, el dominio de unos sobre otros.

III

¿Cómo podemos ampliar ese círculo?

En primer lugar, tenemos buenas razones: sabemos que los animales sufren física y psíquicamente, y por ello deberíamos evitar causarles dolor. También sabemos que ser crueles con los animales nos entrena en la crueldad y a la larga nos hace crueles con los humanos, como defendían Tomás de Aquino o Kant. Pero las razones, aún cuando las comprendamos, no siempre nos conmueven, no necesariamente nos llevan a actuar de acuerdo con ellas.

En segundo lugar, tenemos sentimientos morales: la simpatía hacia los otros, en la que se basa la optimista y vital filosofía moral de Hume, o la compasión, en la que se fundamenta la filosofía mucho más pesimista de Schopenhauer. Pero no todo el mundo posee en el mismo grado esos sentimientos, y cuando no surgen de forma natural necesitan ser educados y cultivados desde la infancia, lo que no resulta fácil.

La filosofía lleva siglos intentando cultivar ambos caminos, dando buenas razones y tratando de educar los sentimientos morales. Pero el problema de la filosofía es que no suele llegar a muchas personas; su lenguaje es abstracto, difícil. A la mayoría de las personas les preocupan los problemas filosóficos y hacen reflexiones filosóficas en muchos momentos de su vida. Pero les resulta difícil acercarse a los profesionales de la filosofía, que suelen manejar un lenguaje tan técnico como el de los médicos o los abogados.

Ese es el dilema al que se enfrentó un buen día la filósofa Martha Nussbaum. Nussbaum es una excelente filósofa estadounidense, de origen judío, mundialmente conocida por sus libros sobre filosofía moral, el desarrollo en el tercer mundo, o por sus colaboraciones con el economista Amartya Sen. Nussbaum fue contratada hace unos años por la facultad de derecho de la Universidad de Chicago con el encargo de que diera clases a sus estudiantes, es decir, a los futuros abogados, fiscales, jueces, políticos, legisladores, y les ayudara a desarrollar razones y sentimientos morales que les hicieran ser más justos y sensibles en su trabajo. Esa es una gran oportunidad para un filósofo, poder formar a las futuras generaciones que van a tener poder para construir una sociedad más justa. Pero, ¿cómo se les enseña nociones de moral a jóvenes de veinte años que están haciendo estudios durísimos, que tal vez sólo aspiran a tener un buen trabajo con un buen sueldo?

Martha Nussbaum meditó largamente sobre esa cuestión, y al final, se presentó el primer día a su clase de derecho sin llevar ni un solo libro de filosofía. En vez de eso, llevaba una novela de Charles Dickens. No les dio clases de filosofía, los puso a leer novelas. Sobre esa experiencia educativa escribió después un magnífico librito titulado Justicia Poética, publicado en 1995.

¿Por qué lo hizo? Porque el lenguaje abstracto de la filosofía sólo le llega a la razón tras muchas horas de trabajo y tarda todavía mucho más en llegarle al corazón. Mientras que una buena novela, igual que una buena película, nos captura al instante la razón y el corazón. La literatura nos abre la mente a un mundo nuevo, estimula nuestra imaginación, nos enseña a ponernos en situaciones completamente distintas a las nuestras, hacer el ejercicio de ponernos en el lugar del otro, comprender perspectivas diferentes, experimentar sentimientos que no hemos tenido todavía en nuestra vida. Con las novelas, los futuros abogados y jueces descubrían en los personajes de ficción qué siente una persona inocente que es condenada de forma injusta, qué siente una persona marginada por su raza o su religión. Les hace ponerse en su piel, conmoverse por su destino. Aunque esos personajes son irreales, son ficción, simulan individuos con nombre y apellidos, con un rostro.
Contar historias es tan antiguo como la moral. Nuestros antepasados cazadores-recolectores se contaban historias junto al fuego. Durante siglos, padres y abuelos han narrado a sus hijos cuentos y fábulas. Hoy nos llegan a través de los libros, y también de las pantallas de cine, de televisión o del ordenador. Los formatos cambian, pero contar historias sigue siendo lo mismo. La ficción tiene muchas funciones, divierte, enseña a soñar y a imaginar lo nunca visto, hace olvidar por un rato los problemas cotidianos, pero también es un laboratorio donde experimentar sentimientos, donde imaginar qué es el amor, la envidia, la injusticia, el dolor. La ficción educa a la vez a nuestra razón y a nuestro corazón. De este modo, las buenas historias son quienes pueden traernos la voz de aquellos a los que hemos dejado fuera del círculo y hacernos comprender que sienten y sufren como nosotros y que no merecen nuestro olvido. Necesitamos literatura sobre animales y sobre la naturaleza. Necesitamos reunir todas las buenas historias que ya existen, desde clásicos como Moby Dickde Melville, hasta obras recientes como Tombuctú, de Paul Auster, Gatos, de Doris Lessing,Desgracia, de Coetzee, o El hombre que susurraba a los caballos, de Nicholas Evans, reunir todas esas obras y divulgarlas mucho más, conseguir que las lean los niños, los jóvenes. Y más aún, escribir nuevas historias que narren los problemas de los animales y de la naturaleza en la sociedad de hoy. Más allá de las cifras o de los conceptos abstractos, necesitamos volver a contar historias.

 

Marta Tafalla,
Universidad Autónoma de Barcelona
Departamento de Filosofía

 

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