Por qué unos niños le han roto la columna a un gatito

Escrito por Julio Ortega Fraile.

Este suceso no es un accidente, tampoco una negligencia o una “travesura” cuyos efectos fueron más graves de lo que podían prever sus autores. Lo que ha ocurrido es simplemente la consecuencia lógica y previsible de los conceptos y valores que los niños interpretan como admisibles, y lo hacen así porque ese es el mensaje que les transmite la Sociedad y por lo tanto, del que se nutre su proceso educativo.

La observación y la imitación son conductas fundamentales durante la infancia que ayudan a conformar el carácter de la criatura y que contribuyen a su peculiar discernimiento entre el bien y el mal.   Lo ocurrido en la Provincia de Sevilla debe de hacernos reflexionar de forma inmediata sobre cuál es nuestra responsabilidad, como adultos, en las acciones de nuestros hijos y sobre todo, en su particular análisis acerca de sus propios actos, porque ellos no son más que el producto de la formación que se les imparte, de los estímulos que reciben y de las pautas de comportamiento que les inculquemos sus mayores. Si mi hijo crece viendo a su alrededor que robar es algo normal y admitido, probablemente mi hijo robará, y si en su proceso de aprendizaje la violencia se le presenta como un recurso aceptable, seguramente será violento.

En La Puebla, una pequeña Localidad sevillana, unos niños de entre 9 y 10 años acudieron a la piscina municipal. En esas instalaciones suelen deambular unos gatos acostumbrados a las personas y por lo tanto confiados. Uno de los rapaces quiso demostrar a sus amiguitos cómo se mata a un conejo y para ello atrapó a uno de los gatitos de pocos meses y le propinó un fuerte golpe en la columna. El animal, malherido, consiguió ocultarse entre unas enredaderas y allí permaneció hasta que miembros de una Asociación de ayuda a los animales de la zona se hicieron cargo de él. Ha conseguido sobrevivir pero al parecer no podrá volver a andar y para desplazarse, ha de hacerlo impulsándose con las patas delanteras y arrastrando su cuerpo. La “gracieta” del chaval ha dejado al gatito inválido de por vida.   La Guardia Civil fue avisada pero al conocer que el autor había sido un crío dijeron que lo mejor era no hacer absolutamente nada. Tampoco se ha podido hablar con sus padres, pues los que los conocen se niegan a decir quiénes son. La cuestión es que a día de hoy a ese niño y a sus compañeros nadie les ha explicado el significado de tal conducta y por lo tanto, es presumible que sigan considerando lo que hicieron como algo normal y hasta divertido, lo que lleva a que lo repitan en el futuro con otro gato, con un perro o con cualquier animal porque, “no pasa nada por hacerlo”.   Yo no pido un castigo para ese niño al que ni tan siquiera considero culpable de lo ocurrido. Y me temo que sería inútil exigir responsabilidades a unos padres que seguramente, son el espejo de los actos del chaval. No porque ellos vayan rompiéndole la columna a los gatos, que dudo que lo hagan, sino porque nunca han pensado que fuese importante ni necesario infundirle a su hijo el respeto a los animales y un rechazo absoluto a cualquier tipo de maltrato que se les pueda infligir. Y si no han considerado imprescindible que aprendiese tal principio inexcusable que ha de regir nuestros actos, es quizás porque ellos tampoco le otorgan mayor trascendencia y contemplan a ese gato como otro juguete que su hijo ha roto, nada más.   Lo que pido, lo que exijo y estoy en mi derecho a hacerlo entre otras razones porque soy padre, es que los que ostentan la responsabilidad de legislar y de dictaminar las normas de convivencia y de conducta para todos los ciudadanos, entierren de una vez por todas su miserable actitud frente al maltrato a los animales en España, con una normativa permisiva con la crueldad y un Estado defensor de todo tipo de actuaciones depravadas con estos seres, porque son los gobernantes los culpables de atrocidades como la ocurrida en la piscina municipal de La Puebla. Lo son por su permisividad y complicidad en múltiples situaciones basadas en el sufrimiento de animales a manos de los hombres y en la mayor parte de las ocasiones, también con su beneplácito y participación.   Vivimos en un País en el que los niños observan a cientos de criaturas abandonadas caminando perdidas o sus cuerpos aplastados sobre el asfalto y ya no les conmueve esa estampa; en el que asisten a encierros, a capeas, a tradiciones con maltrato animal y están deseando tener la edad mínima exigida para clavarle lanzas a un toro o para perseguirlo y golpearlo con un tractor; en el que se hacen fotos junto al cadáver del toro, muchas veces encima, ante la sonrisa orgullosa del padre; en el que existen escuelas taurinas infantiles; en el que tienen acceso a ver corridas en la televisión y en el que a matadores se les entregan medallas al mérito artístico; en el que con catorce años ya pueden empuñar legalmente una escopeta y matar animales, aunque desde mucho antes lo vengan haciendo acompañados de adultos; en el que ven como algo atrayente los circos con animales o su encierro en zoológicos. Vivimos en un País en el que a los niños, se les enseña que la utilización de estas criaturas no está sujeta a ningún tipo de consideración moral más allá de unas pocas leyes tibias, insuficientes y con unas excepciones aberrantes, en el que amparándose bajo intereses económicos o lúdicos, el padecimiento que se les causa es lícito, público y en muchos casos, motivo de orgullo y de una vehemente defensa.   Nadie puede echarse las manos a la cabeza ni asombrarse por lo que han hecho esos niños y después, no inmutarse porque en su localidad presencien un toro embolado, porque su padre tenga el salón adornado con trofeos de caza o porque su madre compre entradas en la reventa para ver a José Tomás torturando y “asesinando “a un animal. No seamos hipócritas, si no han aprendido a respetar a un toro, nada les obliga a hacerlo con un gato o con un perro. ¿Cuál es la diferencia?, ¿una conveniencia social, una Ley, un negocio?. La Sociedad y sobre todo el Estado, en este País, imbuyen en la mente de los críos que martirizar a animales está bien y sólo unos cuantos padres se ocupan de remediar esa lacra institucional, por lo tanto en gran número de casos estamos formando criminales en potencia. No se escandalicen, me da lo mismo que el derecho penal no contemple esta figura para estos casos, porque podría denominarlos como malvados, sádicos, sanguinarios o infames, poco importa el término empleado cuando el resultado de la acción no varía. El que después rechacen esos valores pervertidos, que los admitan pero no los practiquen, o que los conviertan en realidad, es cuestión de las circunstancias, pero la labor estatal no deja lugar a dudas: fomentan el que los niños se conviertan en maltratadores de animales y que no en pocos casos, avancen un paso y esa violencia adquirida y “legítima”, la empleen también contra seres humanos.   Romperle la columna vertebral a un gato no es peor que atravesar con acero los pulmones de un toro. Si lo segundo está bien visto y el Estado se encarga de destinar mucho dinero a que ocurra, ¿cómo podemos exigirle para nuestros hijos una educación basada en el respeto, en la solidaridad y en la tolerancia?. Se pasan Ustedes, Señores Gobernantes, la Declaración de los Derechos del Niño de la ONU por el forro de su ruindad y el afán de lograr una Sociedad realmente civilizada por la entrepierna de un torero o de un cazador, y no miren allí en la zona inguinal, sinó encima de sus hombros, porque sus decisiones no son fruto de la racionalidad sino de una hombría mal entendida, degenerada y rancia, llevan los testículos por montera. El valiente no es el que tortura y mata animales, ese es un cobarde al igual que aquel que los ampara, el coraje se demuestra luchando contra los que pervierten la educación de nuestros hijos y pretenden mantener la brutalidad con los seres vivos como un bien común. Por eso sigo sin comprender cómo no existe una repulsa más contundente y generalizada contra estos desmanes sangrientos protegidos por el Estado. Lo cierto es que más que la ferocidad de algunos hombres, me asombra la indiferencia y el apocamiento del resto.

Julio Ortega Fraile


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