Lo sencillo de mutilar, cegar y lapidar a un perro

Escrito por Pilar Izquierdo Teruel y Julio Ortega Fraile.

Les traigo el desayuno Sres. Políticos y espero que se les atragante, aunque lo dudo, porque Ustedes sólo se estremecen ante la pérdida de votos y de poltrona. Así que, anúdense la corbata para ir a justificar los muchos cientos de euros que perciben diariamente por su labor, pero por favor, antes de salir de casa échenle un vistazo a las fotos que acompañan a este escrito. Si después de hacerlo no devuelven encima de su traje, ese cuyo precio supera el subsidio de desempleo mensual de muchas familias españolas, es que no tienen conciencia, ni corazón, ni vergüenza.

Su repulsión no debería de estar tanto provocada por la visión de tan espantosas imágenes, como por saber que esto sigue pasando, día tras día, por su culpa. Si dispusieran de un mínimo de dignidad sentirían repugnancia de Ustedes mismos. Pero no es así, estoy convencido.

Las fotografías se corresponden con los siguientes episodios: el primero fue el pasado 2 de Septiembre, cuando un podenco canario que hambriento y en los huesos deambulaba por la Barriada de la Constitución, en Güimar (Tenerife), fue atacado brutalmente por un joven de dieciséis años que según testigos, venía amenazando con matar al perro. Y lo cumplió con una piedra de grandes dimensiones, pero no sin antes vaciarle un ojo. Una mujer de una Asociación canaria contra el maltrato que acudió al lugar tras una llamada de la policía, relató como el muchacho, que tenía las manos manchadas de sangre, y la madre de éste, también presente, se reían de ella cuando desesperada les preguntaba que dónde estaba el animal. La policía halló su cadáver en el interior de una zanja. La autopsia indicó: “múltiples fracturas expuestas en la cabeza con pérdida de piel, músculo y hueso, así como exposición de la masa encefálica, fracturas en huesos frontales, occipitales, maxilar, mandíbula, vértebras cervicales, en las zonas atlanto oxipital y atlanto axoidal con desgarros musculares, y el globo ocular totalmente fuera de la cavidad orbital…”.

El segundo suceso tuvo lugar el día 6 de Septiembre en una parcela particular de Utrera (Sevilla), y el desgraciado protagonista fue un pastor alemán que se encontraba dentro de un recinto cerrado en la finca. Los agresores rompieron la malla de cerramiento y atacaron al can con objetos cortantes. Las fotos son espeluznantes y muy explícitas, muestran perfectamente el feroz encarnizamiento con el que estos monstruos actuaron. Un detalle escalofriante: el pobre perro todavía fue capaz de mantenerse en pie hasta la llegada de su amo, en ese momento cayó desplomado muriendo poco después.

De los autores del asesinato de éste último no se sabe nada. El engendro que cometió el primer crimen y su tutora legal fueron localizados por la policía y pasaron a disposición judicial. Pero la pregunta es: ¿va a tener lo que han hecho, para uno como autor material y para la otra como responsable del menor, alguna consecuencia legal?. Es más que dudoso, puesto que en este País casi nunca le ocurre nada a los que perpetran acciones similares. No sólo son pocos los medios que se disponen para investigar estos casos y muy contadas las ocasiones en las que ofrecen resultados satisfactorios, sino que una vez detenidos, lo que sigue es un pequeño trámite que apenas les acarrea problemas, ya que para que matar a un animal conlleve efectos punitivos es obligatorio demostrar que se ha actuado injustificadamente y con ensañamiento. Al parecer el cadáver no les sirve como prueba, pues hace falta que “el autor no tenga motivos y que se haya prolongado y aumentado deliberadamente más allá de lo necesario (sic) el sufrimiento del animal”. Resulta increíble pero eso es lo que dice la Ley.

Pero claro, ni aún por esas tenemos garantizada la justicia, porque luego llegan jueces como el que decidió sobre el caso de Javier Ferrero, el “Matagatos de Talavera”, o el que juzgó a un joven que colgó a su perro de un saco de boxeo y le cosió a puñaladas hasta esparcir sus vísceras por toda la habitación, y no encuentran razones para sancionarlos; magistrados que no tienen el menor reparo en permitir que estos canallas se vayan a sus casas el mismo día de la vista al considerar que no existe delito y ni tan siquiera falta.

No acaba ahí la aberración, porque en las contadas ocasiones en las que se dicta un veredicto de culpabilidad, la sentencia se reduce a una pequeña multa que servirá para ayudar a que los políticos a los que estas palabras van dirigidas se compren nuevos trajes, o para pagarles viajes con “corazonadas”, pero en ningún caso el criminal es condenado a una pena que le obligue a entrar en prisión,

La consecuencia es que los que planean acciones similares, pueden permitirse el lujo de reírse como hacía el muchacho de Güimar después de asesinar salvajemente al desdichado podenco, sabiendo que si le cogen unas cuantas monedas serán suficientes para compensar el inmenso padecimiento provocado al perro. Seguramente quien haya hecho lo de Utrera tampoco alberga la menor inquietud y repasa satisfecho su hazaña. Esta gente suele sentirse complacida contemplando lo que a nosotros nos produce arcadas.

Por eso la historia se repite una y otra vez, porque no existe el temor a ser castigados de un modo acorde al daño causado, con lo que el efecto disuasorio del Código Penal se pierde y España permanece convertida en un gigantesco cementerio, en el que se pudren los cuerpos de animales con los sesos desparramados, despellejados, con las cuencas de sus ojos vacías, quemados, mutilados o ahorcados. Y detrás de cada uno de ellos hay un ser humano que se ríe y disfruta por lo que ha hecho. A veces son casi niños, también orgullosos de su acción, y en ocasiones como la de Tenerife, con su madre delante defendiéndole y despreciando a quien recrimina su actitud.

Pero por encima de las conductas envilecidas de algunos ciudadanos, más allá de su agresividad desmedida, de su tremenda cobardía y de su absoluta falta de consideración hacia el padecimiento de criaturas desamparadas, está la vergonzosa apatía de los políticos, a los que no les conmueve la visión de un perro con el hocico seccionado, con su masa encefálica esparcida o con las cavidades oculares vacías, ni les inquieta que sigan libres quienes fueron capaces de cometer tales atrocidades.

No pueden aducir desconocimiento, ni tampoco, asumiendo ya que el sufrimiento de los animales no les afecta, hacer como que no conocen todos los estudios que indican que muchos de los que comienzan ejerciendo la violencia con estos seres, acaban escogiendo como víctimas a los hombres, informes avalados por infinidad de historiales delictivos que así lo corroboran. ¿Cuál es entonces el motivo de una indiferencia negligente hacia estos sucesos?, ¿por qué están siempre dispuestos a endurecer, por ejemplo, las penas por infracciones al Código de la Circulación, pero no muestran la misma diligencia cuando se trata de enjuiciar casos de tortura y de muerte de animales?.

Termínense sus cafés, Sres. Políticos, instalen en sus rostros la sonrisa populista y mediática y súbanse en sus coches oficiales para ir a sus despachos. Yo espero que durante sus días y sus noches, les asalten continuamente las imágenes de estos perros brutal y cobardemente asesinados en Güimar y en Utrera, sólo dos de una inmensa lista que no para de crecer, y confío en que cuando el único identificado, el joven de dieciséis años que mató al primero sea actualidad por haber asestado treinta puñaladas a una persona, Ustedes se estremezcan pensando que ambos muertos, perro y hombre, lo están porque no tuvieron ni el valor, ni la dignidad, ni la decencia, ni la honestidad, de trabajar por la implantación de una Ley de Protección animal adecuada.

Déjense de Olimpiadas y empiecen por traer a este País la justicia y la civilización. Su “Pan y Circo” cada vez resulta menos efectivo como táctica política y se están quedando desnudos ante los ciudadanos, porque despojados de sus golpes de efecto, de su retórica vacía y de la credibilidad popular ante sus falsas promesas, lo que permanece de Ustedes es su desprecio hacia la construcción de una Sociedad en la que no prevalezcan la violencia y el abuso como conductas impunes, mientras los cadáveres de aquellos que parecen no tener derechos fundamentales como consecuencia de una situación histórica de desamparo, se amontonan en sus conciencias sin que el hedor que despiden parezca servirles de revulsivo.

Me gustaría que en todos los colegios, por más duras que sean, se exhibiesen las fotografías de los perros de Güimar y de Utrera, acompañadas de la aclaración de que los autores de esas salvajadas están en libertad y que en el caso de ser encontrados y juzgados, ninguno de ellos acabará en la cárcel, que sería el único lugar en el que puede permanecer alguien que alberga esos instintos criminales y capaz de torturar con tanta saña y de matar a esas criaturas.

Claro, que unos cuantos lo verían como un atentado contra el derecho de los niños a no ser expuestos a imágenes que puedan causarles algún tipo de trauma, pero curiosamente parte de estos valedores infantiles, son los mismos que no tienen el menor reparo en que los mismos críos vean corridas de toros, acudan a festejos taurinos de todo tipo, practiquen la caza con sus padres o vayan a circos con animales. No será, Sres. Políticos, que lo que realmente les ocurre es que tienen miedo de despertar en los infantes una actitud de rebeldía ante la permisividad con el maltrato a los animales y tal vez, en el fondo, prefieren asumir el riesgo de que un adolescente de dieciséis años le vacíe los ojos a un podenco y lo mate a pedradas, que alguien seccione vivo a un pastor alemán, o que unos niños de diez años le partan la columna vertebral a un gatito, como ha ocurrido no hace muchas semanas, antes que el de afrontar soluciones para lo que ha adquirido la magnitud de tragedia.

Julio Ortega Fraile

 

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