Colombia: pedagoga atiende animales convalecientes

Escrito por Nuria Querol i Viñas.

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AGRADECIMIENTO. Julia Torres es “besada” por uno de sus cuatro leones africanos

Ana Julia Torres, una pedagoga y dueña de un colegio, impulsa desde hace más de una década en un pobre barrio de esta ciudad colombiana un peculiar sanatorio que acoge a animales convalecientes.

Para felicitarla: http://www.villalorena.com
 
 

Colombia: mujer atiende animales convalecientes

INALDO PEREZ
Associated Press

Ana Julia Torres, una pedagoga y dueña de un colegio, impulsa desde hace más de una década en un pobre barrio de esta ciudad colombiana un peculiar sanatorio que acoge a animales convalecientes.

Todo comenzó cuando un amigo le regaló un búho. Ahora atiende a decenas de animales maltratados, heridos o ancianos. Y, desde su colegio, trata de inculcar el amor por la fauna.

"Aquí tenemos animales cojos, mochos, ciegos, bizcos, inválidos, algunos hasta violados. Nos llegan en estado de desnutrición, heridos, quemados, apuñalados, con tiros", relató Torres.

Cinco tigres, cuatro leones, 10 jaguares, 10 pumas, tigrillos, ocelotes, águilas son parte de la fauna de Villa Lorena.

A algunos animales los rechazaron sus amos, otros fueron hallados en las calles, rescatados de la brutalidad de personas que los golpeaban o son salvados de los rigores del cautiverio en circos y ahora reposan en el refugio que fundó Torres hace más de una década en Cali, la tercer ciudad en importancia de Colombia a 300 kilómetros al suroeste de la capital.

La mujer recuerda que empezó a involucrarse en el tema cuando hace unos 12 años les pidió a los alumnos que llevaran a clase a sus mascotas y "me di cuenta que mucha gente tiene fauna en sus casas".

Luego un amigo le regaló un búho que tenían abandonado y ahí comenzó a acoger animales.

"En este momento tengo 800 animales, pero han pasado muchísimos por nuestras manos", aunque no siempre sobreviven, indicó.

Adquirió varios ejidos que ahora suman 25.000 metros cuadrados en donde edificó el albergue, en un empobrecido barrio de la ciudad, que mantiene con sus propios recursos y unas cuantas donaciones de empresas que le donan algunos alimentos.

"La historia más cruel es la de Yeyo, que ya murió... un mono araña que vivía con un borracho y cada vez que llegaba lo agarraba a patadas y el animal gritaba y un día la policía llegó, encontró la pared llena de sangre y en el suelo una masa de pelos, sangre, dolor... lloramos de rabia de ver qué le habían hecho", expresó.

Aunque perdió un ojo y los dientes por las golpizas, con la ayuda de dos veterinarios lo salvaron.

Yeyo quedó traumatizado, cuando escuchaba los pasos de una persona "se tiraba al último rincón de su jaula, metía la cabeza entre sus patas y se tapaba con las manitas, quería morirse", indicó. Poco después quedó ciego.

"Cuando creímos que estaba bien, empezó a desfigurarse a raíz de los golpes, le salieron tumores en sus ojos, cara, boca y se convirtió en un monstruo, le brotó mucha sangre... y murió", relató.

El otro caso fue una elefante de circo a la que "le cercenaron media oreja, no tenía cola, tenía un ojo ciego, artritis, heridas en las patas, un color horrible. Hicimos labor con otras fundaciones y con la policía, en medio de protestas logramos quitarles el elefante".

Con los cuidados de Torres, la elefante "aumentó dos toneladas, le alivié la pata, le creamos un encierro grande, le hice una piscina a la que nunca se metió porque le tenía pavor al agua... y cuando me veía me buscaba con su ojo bueno, me apretaba y abrazaba con su moco. Duró cuatro años y murió a los 84".

Torres confiesa que odia los circos por como maltratan a los animales, por eso no recibe público en su albergue.

"Queremos que vivan en paz... toda la vida estuvieron en exhibición, en circos, espectáculos, este es un paraíso para que puedan descansar", expuso.


 

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Clase de Humanidades
Una crónica de
José Alejandro Castaño
Fotografías del autor


La profesora Ana Julia Torres es dueña de un zoológico en el que están prohibidas las visitas. Es un refugio en Cali para animales mutilados, moribundos o arrebatados por la Policía de Colombia a los narcotraficantes. Ana Julia Torres es morena, de cabello muy corto, ojos rasgados y tiene unas manos anchas y gruesas, con uñas puntiagudas. Si es verdad que uno termina pareciéndose a lo que más quiere, ella ya se parece a uno de sus felinos tristes. A veces la entrevistan en periódicos y en programas de televisión para que hable sobre Villa Lorena, ese albergue de animales que bautizó con el nombre de su hija. Algunos creen que Ana Julia Torres está loca. La acusan de aprovecharse del sufrimiento de los animales para ganar celebridad.

E., un político del Partido Conservador, se pregunta por qué Torres no envenena a las fieras más enfermas en vez de prolongar sus vidas: «Es igual que Michael Jackson –dijo–. Se hizo un parque de diversiones para ella sola». Pero la dueña del refugio de animales no se inmuta. Dice que la mueve un instinto animal. No humano, sino animal. Su zoológico a puerta cerrada tal vez sea producto de esos dos impulsos en conflicto: uno humano, de quienes acorralan, cazan y mutilan. Otro animal: el suyo, que rescata, sana y protege bestias castigadas como si se tratara de sus propias crías.

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El albergue de animales está en el noreste de Cali, en un suburbio de casas apeñuscadas a orillas de un río contaminado que recoge los desagües de esta ciudad. Los animales llegan a Villa Lorena desde varias ciudades de Colombia, casi siempre de zoológicos donde ya nadie paga por verlos. Por lo general, envejecieron o enfermaron de pestes incurables. Algunos llegan tan flacos y débiles que mueren a los días de haber llegado a Villa Lorena. Pero la mayoría de animales parece de pronto recuperarse, quizá por la ausencia de visitantes, de cámaras fotográficas y golosinas y de niños bulliciosos.

Los animales más golpeados suelen ser los que fueron propiedad de narcotraficantes, hombres con poder y gustos excéntricos. En Villa Lorena viven un cocodrilo con una extremidad cortada a machetazos y un tigrillo sin patas delanteras. Le dicen Canguro porque camina dando saltitos. En aquel refugio de animales también hay un perro de monte con una pezuña cortada, una pareja de monos sin cola, una guacamaya con el pico cercenado, y siete tortugas a las que alguien les hizo agujeros en sus caparazones para poder encadenarlas. Algunos de los animales que mueren en el zoológico son disecados y exhibidos en un corredor que parece un museo del maltrato.

El albergue de animales queda en el barrio Floralia. Para llegar hasta allí hay que recorrer un camino sin pavimentar, con huecos y remolinos de polvo donde los niños juegan fútbol. Sus casas son de ladrillo sin pintar y las puertas casi siempre permanecen abiertas. Los televisores suelen estar encendidos. Un hombre flaco y con el torso desnudo explica la dirección del albergue apuntando con un control remoto. Dice que para llegar al «zoológico de los tigres sin dientes» hay que girar a la derecha y contar diez casas hasta una puerta metálica de color rojo.

La entrada de Villa Lorena parece la fachada de una fábrica clandestina: las paredes son altas, y no hay un letrero ni ventanas ni agujeros que permitan husmear. Encima de un mural descolorido de animales salvajes, hay un timbre. Son dos cables pelados que hay que unir con precaución. Adentro suena una sirena de ambulancia. Entonces alguien abre la puerta.

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Por aburrimiento, la especie humana siempre busca nuevos modos de entretenerse. Uno de ellos consiste en aparear a leones con tigres. El resultado fue un felino que parece un anciano pero al que le dicen Muchacho. Se trata de un ligre, una aberración genética que resultó del cruce de un león africano con una tigresa de Bengala. Ahora es sólo un gato de huesos flacos. Tiene las costillas pegadas a la piel y el hocico tembloroso. Muchacho va y viene dentro de su jaula sin apoyar del todo las patas traseras, como si pisara vidrios. Vive ahora en el albergue de Villa Lorena porque, después de veinte años de ser exhibido en el zoológico de la ciudad de Pereira, a doscientos kilómetros de Cali, ya nadie pagaba por verlo. La idea original era llevar más público a los zoológicos y Pereira fue uno de los lugares de Sudamérica donde se pudo lograr ese cruzamiento deliberado. Allá veneraban y temían al tigre.

A Muchacho nunca le creció melena, y sin embargo, cuando se le ve, es más parecido a un león que a un tigre. Las rayas más visibles que le cruzan el rostro, justo arriba de los ojos, parecen un zarpazo. El veterinario que lo cuidó cuando todavía era una atracción en aquel zoológico de Pereira recuerda que el ligre llegó a pesar doscientos cincuenta kilos y que en las noches su rugido podía escucharse en el centro de la ciudad, a quince cuadras de distancia de allí. Por entonces, iba a visitarlo gente de toda Colombia. El presidente César Gaviria se tomó fotografías delante de su jaula. Pero la antigua grandeza del ligre ya es una anécdota. Ahora Muchacho pesa setenta kilos y no logra espantar a los gallinazos que se aprovechan de su vejez para escabullirse en su jaula y picotear las raciones de carne que le dan en el albergue. El ligre, como todos los felinos que llegan a viejos, está muriéndose a causa de una insuficiencia renal. Su propia orina lo envenena. Pero el ligre está condenado a la extinción por otra causa: los cruzamientos de felinos de distintas especies ya están prohibidos en casi todo el mundo. Es probable que Muchacho sea el último cruce de león con tigre que sobrevive en Sudamérica. Pronto será una lámina en los libros sobre curiosidades animales.

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Hay un león en Villa Lorena al que sus antiguos dueños solían sedar con tragos de aguardiente y whisky. Su nombre es Rumbero. Era propiedad de un grupo de sicarios de la ciudad de Armenia –a ciento cincuenta kilómetros de Cali– hasta que la policía lo rescató. A veces, Rumbero era obligado a devorar gente. No sería la primera vez. Durante la guerra de las mafias, que duró unos nueve años, los jefes del Cártel de Medellín y del Cártel de Cali alimentaban los cocodrilos, leones y panteras que criaban en sus haciendas con los restos de hombres asesinados. Los policías que confiscaron a Rumbero cuentan que sus antiguos dueños se lo llevaban de juerga, montado en la parte de atrás de sus camionetas de vidrios blindados. Parece que el león se habituó tanto a oír canciones de salsa, vallenatos y rancheras, que los empleados del albergue Villa Lorena dicen que ahora extraña la bulla. Por eso, cuando Rumbero se niega a moverse y cae en un sopor de casi absoluta quietud, ellos quieren animarlo poniéndole discos. Pero en Villa Lorena está prohibida la música.

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¿Puede una tortuga sobrevivir después de haber sido lanzada del séptimo piso de un rascacielos? En Villa Lorena hay una que un taxista recogió de la calle, al pie de la Torre de Cali, el edificio más alto de esta ciudad. Un desconocido la había lanzado desde casi veinte metros de altura. Una caída similar habría matado a un hombre, pero la tortuga sobrevivió. Tenía el caparazón roto y la dueña del zoológico tuvo que soldarlo con ese cemento que usan los dentistas para reconstruir sonrisas. La imaginación también interroga. ¿Pudo aquel desconocido reírse mientras la tortuga volaba por los aires?