Encierro en Pinseque, un niño muerto y la tradición viva

Escrito por Julio Ortega Fraile.

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Un niño ha resultado muerto durante un encierro en un Pueblo de Zaragoza. Por parte del Ayuntamiento luto, duelo, pésame y después, a seguir con tradiciones subvencionadas que ocasionan sufrimiento y muerte a hombres y animales

Un niño de diez años lleva cuatro días metido dentro de un ataúd. Su cuerpo resultó golpeado y su cabeza reventada, pero nada de eso le duele ya, a él no, sin embargo, ¿queda en nosotros algún tipo de secuela por nuestra responsabilidad en lo ocurrido?.

El Ayuntamiento de la Localidad zaragozana en la que se produjo su muerte durante un encierro, ha “lamentado la tragedia que ha conmocionado al Pueblo” y ha decretado un día de luto oficial, no sin antes indicar que “tenían todos los permisos en regla”, una especie de “curarse en salud”, si tal actitud es posible cuando estamos hablando de que una criatura ha perdido la vida de una forma terrible y EVITABLE, por culpa de una tradición abyecta y LEGAL.

No es el primer muerto, van muchos, demasiados teniendo en cuenta de que esta forma de divertirse tan común en España, conlleva dos aspectos que serían suficientes en cualquier sociedad que se las diese de civilizada para abolirla: el riesgo real y más que comprobado de muerte y heridas muy graves para seres humanos, así como un maltrato a los animales tanto físico como psicológico.

Y el que la Ley se cumpla escrupulosamente – habrá que ver por qué un niño de diez años estaba en el recorrido de las vaquillas – no mitiga en modo alguno el horror que produce esta tragedia absurda, más bien, habría que reflexionar utilizando el cerebro y no los órganos testiculares, acerca de la necesidad y de la conveniencia de entretenerse con el padecimiento de animales que a su vez, pueden provocar la muerte de personas. Y no son ellos los responsables, son irracionales, sino nosotros, que en teoría disponemos de la capacidad para evaluar las consecuencias de nuestros actos; sólo en teoría...



Ni un día de luto, ni las banderas a media asta, ni las actividades suspendidas, ni todos los comunicados oficiales repletos de desconsuelo y de solidaridad con la familia, podrán cambiar una realidad: que la muerte de este chaval y las docenas de muertes que en los múltiples encierros de este País llevamos acumuladas, en un suma y sigue que de momento parece no tener final, son el resultado de la permisividad de la administración con una tradición salvaje, insensata y lo que es peor, subvencionada por los ayuntamientos, los mismos que después manifiestan muy afectados su duelo por lo ocurrido. Tal vez, deberían de haber pensado antes que sin su colaboración económica y organizativa el encierro no habría sido posible, ese crío seguiría vivo y muchos no nos sentiríamos asqueados de una situación que se repite una vez tras otra sin que le dé la gana de ponerle remedio a quien tiene la capacidad y la obligación de hacerlo.

Razones para su prohibición hay muchas, interés desde los estamentos oficiales muy poco, pero si en sus actuaciones prevaleciese la preocupación por la seguridad de los ciudadanos, por la protección a los animales, por apoyar la cultura y la educación y por erradicar la crueldad en prácticas bárbaras y montaraces, entonces no tendríamos que lamentar pérdidas de seres humanos, niños o adultos, por culpa de estas costumbres cafres, ni tampoco exigir que el sufrimiento de animales deje de ser un motivo de esparcimiento sufragado con recursos públicos y que esté tan extendido, en concreto y contabilizando los diferentes tipos de encierros, unos 20.000 cada año en toda España y muchos millones de euros destinados a la barbarie.

En lo que se refiere al padecimiento de los animales y dejando aparte tradiciones tan cruentas y vandálicas como los Toros Embolados, los Ensogados, las Vaquillas del Aguardiente, el Toro Alanceado, el de Coria o el Medinaceli entre otras muchas, que poca explicación necesitan acerca de lo real de la tortura a la que son sometidas las desdichadas criaturas a las que les toca el papel de víctimas en el espectáculo, los defensores de los habituales encierros, en los que se sueltan toros o vaquillas por las calles y se corre delante de ellos, aseguran que el animal no sufre durante estos festejos indignos. Una vez más mienten, su angustia psicológica y su daño físico son hechos demostrados, sólo los niegan aquellos para los que el antropocentrismo, el egoísmo y la majadería, son las varas con las que miden su comportamiento y valores.

Estos animales sienten miedo durante los recorridos; en un entorno extraño, asustados ante la muchedumbre y aturdidos por el ruido, el desasosiego frente una situación extrema y desconocida para ellos, son causas de un profundo suplicio psicológico. Quien dude de esta realidad sería recomendable que leyese los trabajos de la Dra. Nuria Querol, fundadora de GEVHA o del Dr. José Enrique Zaldívar, Vicepresidente de AVAT, llenos de rigor y exentos de atávica visceralidad. Y por otra parte el mal físico, teniendo que correr sobre superficies a las que no están habituados, víctimas de resbalones y de torceduras de patas, que no en pocas ocasiones terminan en la rotura de sus huesos; todos hemos visto cómo se estrellan contra las talanqueras al no poder coordinar sus movimientos en tales circunstancias. Y no olvidemos que al fin, esos toros acabarán muriendo en la plaza. El sufrimiento previo durante el encierro es sólo la antesala de un tormento mucho peor, más sangriento e intolerable todavía cuyo momento máximo es la agonía y muerte del animal atravesado repetidas veces por la ferocidad humana.

Un niño ha muerto pero nuestra tradición gloriosa sigue viva. Otros acabarán corneados, pisoteados y sus con sus cuerpos sanguinolentos desvencijados sobre el asfalto pero, ¿qué es realmente más beneficioso para los que nos gobiernan: seguir dando pan (cada vez menos) y circo al Pueblo, o tener la valentía y la decencia de perder unos cuantos votos pero legislar con la mente y el corazón apuntando al progreso, a la civilización, al respeto y al bienestar de todos, hombres y animales?. Un Pueblo que se divierte de tal modo está dando pruebas de su ignorancia y de su veneración por la brutalidad, y unos políticos gracias a cuya intervención esas costumbres siguen siendo lícitas y viables económicamente, demuestran que su promesa de trabajar por el bien común, no es más que un trámite necesario para poder percibir su sueldo.

Julio Ortega Fraile

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